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miércoles, 31 de diciembre de 2008

Crisis económica...

El mundo se encontraba en jaque, wall street caía irremediablemente, las bolsas europeas seguían de lejos los movimientos que se daban en USA, y aquí la cosa no era distinta, los políticos anunciaban nuevas medidas para detener la caída, pero los empresarios locales no esperaban.
El desempleo hizo crisis, y yo no lejos de esa realidad dejaba el diario El magazim el día 31 de Diciembre, como para esperar un muy buen año nuevo. Reducción de personal fue la escusa, noble a mi personalidad, no dije ni discutí nada, entregué mi puesto y me encamine hacia las escalinatas. Ya era tarde, el sol se perdía en la linea del horizonte, y las luces del puerto empezaban a titilar a lo lejos, como un inmenso árbol de pascua se encendían los faroles uno a uno, cumpliendo la trágica frecuencia.
Entré al bar sin decir palabra, pedí un vaso de aguardiente y me dejé llevar por la circunstancia del momento. Al final de la barra había una mujer cabizbaja, un anís mojaba sus labios haciéndolos brillar por el dulce néctar. Mi mirada se perdía y aislaba de los demás parroquianos sin notar que hubiese más gente presente. La vida se venía encima, tendría que pensar como sobrevivir a este momento sin cargar una bala en el viejo colt heredado del abuelo. Ella hizo el intento de levantarse, pero la fila de vasos que se alineaban en el mesón no la dejaron, yo ya llevaba unos cuántos en el cuerpo. Me acerqué a ella y la levanté de un brazo, le pregunté donde vivía y salimos del bar sin rumbo fijo, una botella de ron se escondía en mis bolsillos. Caminamos cerro arriba buscando un lugar donde sentarnos. Caminamos largo rato hasta que enfrentamos la puerta de un viejo hotel, el Riviera, conocido por los revolcones de marineros y prostitutas de la ciudad.
Al entrar, el olor a encierro se pegó a nuestras narices, el portalón de madera y lata, nos presentaba una vista desordenada, la cama estaba aún desecha, nos tiramos en ella mirando el oscuro cielo del cuarto, donde en los rincones las telarañas adornaban la vieja pintura enmohecida, y con rasgos de hongos por la humedad.
El ron salió rápido de mi bolsillo, lo abrí para sorber un trago, el cuerpo de ella estaba tirado a todo su largo sobre las brazadas, y sus vestidos enrollados por la dura y descentrada caída en la cama, dejaba sus enaguas a la vista, mientras sus muslos separados mostraban su sensual secreto escondido entre costuras corridas por la incomoda posición.
Mis manos no se detuvieron ante el espectáculo, y se deslizaron bajo su falda para sentir la suavidad de su piel. Hasta alcanzar las bombachas de delicada seda. Las yemas de mis dedos pudieron sentir como sus vellos se escondían bajo la delicada tela, crespos y enredados, fueron escapándose al roce de mis manos, mientras mis manos despejaban los elásticos para ver su moreno color. Mis uñas se enredaban entre los cabellos rizados de su intimidad, hasta sentir la piel viva dejando escapar el jugo de su interior. Bajé la delicada tela para hundirme en su humedad, y sorber del interior el fuerte sabor. Sus gemidos se perdían entre las cuatro viejas murallas del cuarto. Luego ya desnudos ambos y borrachos por el alcohol, nos dejamos amar libremente. Su rozada piel era como la seda de oriente, tan suave como el aceite de miel que cubría su piel para mantenerla joven. Los sabores y la fragancia, nos hicieron olvidar lo patético del lugar. Los cuerpos enredados por la pasión y el sexo se fueron prendiendo en fuego , hasta enterrarse en uno dentro del otro, las manos urgaban entre sus plieges haciendo brotar de sus labios gritos de placer, y desenfrenada, engullía con su boca cada pedazo de prendida carne que erguida entre mis piernas clamaba ser devorada por sus labios. Volví a enterrarme entre sus carnes para saciar mi fuerte apetito sexual, hasta que los jugos del intenso momento lo inundaron todo para caer rendidos sobre las rasgadas sabanas del hotel.
Esa noche se volvió eterna, no había mejor manera de pasar la depresión, los vaivenes de nuestros cuerpos incendiaron de calor la fría habitación, y los gemidos y sútiles quejas acompañaban el silencio del lugar. De pronto las luces de los fuegos artificiales iluminaron el oscuro y nublado cielo del puerto, para convertir esa noche en la última del año.
Al despertar el puerto ya escondía otra historia más de amantes desconocidos, que ni siquiera, el nombre de cada uno conocían.




Gustab, sin trabajo y en depresión.



jueves, 27 de noviembre de 2008

El vuelo dulce del colibrí...

De vuelta en el puerto, vuelve la tranquilidad, busco el espacio para detenerme y pienso......






Hoy estaba sentado en el jardín de la plaza de armas, mucha gente revoloteaba por el lugar. Los elegantes sombreros de copa alta y los sombreros de las damas, pintaban de hermoso colorido el lugar. Los casquillos de los caballos que tiraban de las victorias, marcaban el compás del lugar. Era una hermosa mañana primaveral, los jazmines y rododendros ponían esa nota de fragancia tan particular. Los jardineros de la municipalidad, regaban y arreglaban los frondosos árboles del lugar, todo transcurría en un tiempo cansino. La tierra mojada aceleraba los sentidos, sólo el táctil y el sabor no se habían echo presente. Curioso, pero no tardaría en llegar.

Sentado en la banca de la plaza, dejaba que el tiempo se detuviera envolviendo de escenas brillantes el lugar. Un vuelo caprichoso de un colibrí llenó el lugar. Este revoloteaba afanosamente entre los azahares del lugar, Las Fuccias le coqueteaban a lo lejos, abriendo sus pétalos e invitándolo a probar.

La vista se aferró a su vuelo, y lo seguí entre las flores sin despegar la vista de él. Se detuvo frente a una flor, sus alas se batían mientras su cuerpo permanecía inmóvil.... que destreza...que habilidad. De pronto una imagen se disparó en mi mente. Podía entender porqué había tantas mujeres insatisfechas en este mundo. Yo muchas veces me había detenido a observarlas, la manera en que se acercaban a una flor, como eran capaces de detenerse en el tiempo y el espacio, la manera que agitaban sus alas creando ligeras ventiscas en la flor... Esta avecillas invitaban a las flores a abrirse ante ellas para recibir la más exquisita de las caricias. Su lengua entraba en ellas con tanta delicadeza, que hacían gemir a las flores. Éstas soltaban su fragancia para abrirse a las caricias susurrantes de su habilidad. Los pétalos entregados al roce de sus picos, dejaban escapar el exquisito olor, para luego soltar el néctar de su interior, para que estas aves bebieran de ellas los más sabrosos sabores que le iban regalando a cada sorbida de la afanosa lengua de delicada suavidad. La clave a mis ojos estaba, en la menera que agitaban sus lenguas, nunca era igual hasta que estas empezaban a soltar el sabor. Sus primeros movimientos eran rectos, directo al centre de la flor, luego esa lengua se agitaba en todas direcciones, una vez en diagonal, luego vertical, después en círculos exquisitos, hasta que la flor se rendía a sus deseos, hasta extraer de ellas todo lo que soltaba su interior... ese espectáculo era hermoso, y de ellas aprendí a acariciar a una mujer, a beber de ellas, a extraer todo el jugo que pueda haber en su interior, es así como me acercó a ellas, lentamente, luego soltando el aliento tibio entre mis labios, las invito a separar sus piernas para entregarse a mis deseos y a lo más íntimo de sus fantasías. Luego el banquete que hago de esa labor las invita a soltar su ternura, a abrir su flor para que suelten el aroma que de ellas escapa, el sabor que sus gotas intimas derraman, la suavidad que ese néctar va dejando sobre su piel... me alejo para mirarlas abiertas, me acercó para hacerlas temblar, para que mi lengua suave roce su piel, luego las olas se apoderan de su vientre, y el mar de pasión se vuelve tormentoso y agradable para sus caderas. Finalmente ellas lo dejan escapar todo, y como el colibrí, lo guardo entre mis labios para besarle su boca y devolverles su sabor.... de ahí siento y veo como sus ojos se cierran, el mar vuelve a la calma y busco una nueva flor....

Las campanas del tranvía me despiertan de este trance, es la hora del café... su aroma golpea mis narices, ¿con qué le iré a acompañar hoy?.....

Gustab, alma libre.... como el colibrí.

martes, 25 de noviembre de 2008

Malena....



" Algún día escribiré un poema que se limite a pasar los dedos por tu piel"... eso leía cuando sentí herizarse mi piel, ahí, detrás de la barra estaba ella... de rostro cabizbajo ... de ojos cristalinos y una sonrisa entre lágrimas. Entre sus dedos, una boquilla de mentolado aroma a tabaco inglés. Alguien me habló alguna vez de una mujer de sensual mirada, poeta, y que se pasaba los días tarareando algún tango encontrado por ahí, en alguna vieja fonola de quizás que bar..., al otro lado de la barra..., su procedencia no la sé, le llamaban Malena, aquella que alguna vez inspiró un tango...Me acerqué a ella y........

Las luces de Buenos Aires se apagaron de una vez, el bar a oscuras dejaba escapar lamentos de los parroquianos que estaban allí:

- Muchachos el toque de queda a caído una vez más...-

Las farolas de la entrada al bar fueron encendidas para proteger la salida, y los ánimos se calmaron, voltee para mirar a Malena, ahí sólo unas brazas de un cigarrillo aún anunciaban su presencia, le quise hablar, pero de la oscuridad se escucho la voz de un tango ensordecedor, el bandoneòn inundó el lugar, volví la vista para mirar, era Carlos, un joven que recién empezaba a cantar, pero con una voz que enmudeció al lugar, impávidos escuchamos la música y la voz que parecía llorar los viejos amores perdidos de algún cristiano enamorado...Volví para entrar en conversaciòn con la morena de la boquilla mentolada, pero ya no estaba allí.
La soledad se apoderaba de mi alma y mis lánguidos ojos no dejaban de buscar. El opio nublaba la mirada, y ella no estaba.
Una canción tras otra fue mareando el lugar, la vista nublada no dejaba escapar ni una sola mirada más, pero volvió la luz a la capital, y en un rincón del bar, la chica Malena levantaba sus vestidos para sacar una nota del portaligas envuelto en encajes, un mozo la tomó, y ella se perdió tras las cortinas de terciopelo azul. Al rato el mismo muchacho se acercó para entregarme la nota en mis manos, y se alejó sin decir nada, la mano estirada quedó arrugando un viejo billete sin poder entregar una propina.
Al leerla sólo pude descifrar un número, el 202, y tres letras que terminaban una palabra ...ero. y alguna T perdida entre las arrugas húmedas que hacía el papel. Quebrada la nota por el sudor de sus piernas se volvía ilegible, pero supuse que se trataba del número de una habitación y que la T y el ...ero, era un te espero.... corrí por el pasillo que llevaba a las cortina de terciopelo y una escaleras me hicieron tropezar. Al llegar al segundo piso, divisé el dichoso número, 202, y una puerta comida en parte por las termitas y su olor a humedad, estiré el puño para golpear, pero algo me decía que sólo debía entrar... mis manos se aferraron a la vieja manilla de bronce, y la puerta se abrió sin esfuerzo alguno. El humo choco con mis narices y el olor a tabaco inglés mentolado me anuncio , que mi instinto me había llevado al lugar correcto. Al entrar, Malena estaba tendida en la cama desnuda, el humo se disipaba por la comisura de sus labios, la vista de la piba se clavó en la mía, y de ahí .... Me acerqué a ella, su cuerpo desnudo me excitaba, mis dedos se dejaron caer sobre sus dedos de los pies, estos se deslizaron por la delicada piel, mientras mis pasos recorrían su cuerpo extaciados. Su piel fue armando el camino, y mis dedos fueron dibujando su cuerpo hasta llegar a su vientre, sin antes enredarse en los crespos bellos que cubrían su entrepierna, al tocar ahí, su vientre empezó a dibujar pequeñas olas, y sin detenerse, mis dedos siguieron su camino. Estos se detuvieron en sus redondos y carnosos senos, para terminar en su rosado casquillo endurecido por el candente recorrido.
Las brasas del cigarrillo se desaparecían hasta caer al cenicero de cristal y apagarse para no volverse a encender. Su espalda se arqueó para alcanzar mi sudado pecho, y abriendo los botones de la camisa, su boca y labios se apegaron a mis pezones, sus dientes se clavaron en ellos al límite del dolor.... Luego estábamos acostados dejando que nuestros besos y caricias se explayaran con libertad. Me dejó caer sobre la almohada, y desnudo, montó mis caderas a pelo para dejarse llevar por el apasionado encuentro en la 202.....


Gustab, Amando a Malena.







lunes, 24 de noviembre de 2008

El Hotel de la Barriada...



Una vez que logré recuperar la libertad, viaje a la capital para tomar un carro, que me llevaría a buenos aires. El frío de Santiago me hacía tiritar, aunque esta ciudad me fascinaba, no dejaba de pensar en aquellas calles fuertemente iluminadas, la humedad del hambiente que se apoderaba por las noches de esa bella ciudad, las tanguerías, los arrabales, los bares copados de cristianos enardecidos por el bullicio de la gran capital. Al llegar allá buscando la libertad, me encontré nuevamente un mundo que vivía de noche,calles adoquinadas como mi puerto querido, faroles a medio encender, ese aroma rústico del café fuerte, el ron, los perfumes que maleaban el hambiente, los choros tirados sobre el pavimento mojado gruñiendo las desgracias del mundo entre sus nudillos, ese vaso medio vacío, y el particular bandoneón que no dejaba de tocar, las pibas de cortas faldas a media luz y aquellas portaligas que nos hacían soñar, aquellas que ahogaban los muslos blancos de brillante carnocidad, ese mundo del cual habían tratado de alejarme encerrándome entre rejas, pero ese sería sólo unos días mientras en el puerto algunos me buscaban para hacerme regresar a ese lugar. Me gustaba el mundo que se habría a mis ojos, alguna vez teresa me había hablado de un barrio muy especial, En Buenos Aires, al este de la plaza Miserere, en la calle Junín, conocida como "La tenebrosa", se instaló una sucesión interminable de prostíbulos, donde los parroquianos dejaban volar su desenfrenado pensamiento carnal. En ese lugar Teresa decía que se acariciaban las más suaves y hermosas pieles de sudamérica, en ese lugar no se tenía sexo ni religión, y los colores políticos se mezclaban en orgías interminables.
Los enfrentamientos frecuentes de tauras y malevos trenzados en duelos criollos, chistidos de yiras y taqueras resonando en las calles surcadas de marineros entregados a los paraísos de la droga y del alcohol, homosexuales, fumaderos de opio regenteados por chinos y que motivaban la adhesión de un alto número de adictos, y algún tango rezongón sirviendo de música de fondo.
Existían los cafés de camareras, particularmente en La Boca; las mujeres que atendían las mesas, que vestían de negro, bailaban con los parroquianos, entre café y café, o entre copa y copa. Y también... en el mismo lugar se hacía el amor detrás de las cortinas, desde donde de vez en vez, se asomaban algunas piernas, que entre movimientos dejaban caer la bombacha negra con piedras incrustadas entre las telas, y los movimientos rítmicos de las cortinas, indicaban que la mina se agachaba para servir algún galán con laboriosos y apasionados labios de seductor grosor. Las nalgas se dibujaban en las livianas telas de aquellas cortinas, y el vaivén de la tela, indicaba el principio y el fin de una acalorada relación carnal. Más de algún malebo, se aprovechaba para tirar las manos a cada sacudida de cortina, para tocarle las carnes a las chicas del burdel, que sin distraerse, seguía en su apasionada labor.
En los cabaré de Buenos Aires, que no eran similares a los europeos, había reservados donde se hacía al amor; había algunos famosos, en el mismo centro de la ciudad. En uno de esos fuí a dar buscando las rosadas pieles que alguna vez habían servido de bocado para los hábidos labios de Teresa, donde, según describía ella, las chicas desnudas se paseaban en los oscuros pasillos del lugar buscando algún embriagado amante de bondadosa riqueza, para llevarse a un rincón a medio oscuras para sacear su sed y recibir algunos morlacos a cambio.
Al entrar, una chica de delicado cuerpo y hermosa piel, rozó mis labios susurrando sus servicios al oído de este escritor galán. Dejé que sus dedos se escurrieran por mis bolsillos, mientras sus manos de diestra habilidad, iban levantando el miembro entre las telas. Sus suaves manos me hacían vibrar, mientras las mías se deleitaban en sus redondos senos coronados por rosados pezones, y la otra entre sus muslos, deliciosamente perfumados, iban soltando una falsa humedad producida por aceites de vaselina estrategicamente untadas en aquellas partes que olían a aromas cítricos o jazmines en flor. Que delicia de piel, que delicada consistencia, que ricas carnes para degustar. Y fuimos a dar entre cortinas que olían a sexo y placer.
La maravillosa textura de sus labios, fue sasonando mis carnes desnudas que brotaban entre manos de delicada ternura y suavidad, hasta tocar sus amigdalas no dejaba de tragar, y entre ahogos y sofocos fue liberando toda el néctar salado que había acumulado por semanas dentro de mi piel. La corrida más exquisitamente trabajada me llevó a tocar el centro mismo del infierno, y a desear cremarme entre sus labios de ardiente pasión. Luego me pidió que me arrodillara, y sentándose en el borde de la mesa, me invito a hacerle sexo oral. Que consistencia más dulcemente salada, que carnes tan llenas de suavidad, ese era el paraíso de más singular escencia que jamás había visitado..... y así transcurrió mi primera noche en la ciudad luz del fin del mundo.

Sólo al día después desperté en la fría habitación de un pobre hotel de la barriada.

Gustab, en Buenos Aires.

martes, 18 de noviembre de 2008

La brisa del mar....

Por fin había logrado escapar del mundo de barrotes, ella había dejado la puerta abierta, la oscuridad se disipaba y yo corría por los pasillos mientras los demás gritaban como locos. Aferrados a los barrotes gemían como verdaderos simios, otros ladraban como los perros. Entre gritos divisé la luz, los muros parecían juntarse al fondo, pero corrí sin mirar atrás, hasta que por fin de un golpe se abrió la última puerta de barras de fierro alemán fundido en canteras germanas.
La brisa del mar golpeó mi cara, y aunque oscuros los adoquines brillaban mojados por las lloviznas que se dejaban caer sobre el puerto. Ese olor a tierra mojada me gritaba que estaba en libertad, y las nalgas redondas de la última enfermera, habían dejado un aroma a jazmines sobre mis labios y nariz, un sabor profundo me impregnaba la boca. Era dulce y fuerte, fragante como un amanecer en primavera.
Estaba desnudo, ella se había guardado mis ropas para no olvidar esa última noche. Esa que había decidido que sería su última vez. Me dejó tendido en la cama luego de introducir la última pastilla blanca bajo mi lengua, luego besó mis labios y se despidió. Cuando sentí los fríos adoquines bajo las plantas de mis pies, pude reconocer la vida nuevamente.
Corrí sin rumbo por varias horas en la oscuridad de la noche, muchos de los faroles a Kerosene sólo soltaban un horrible olor que se mezclaba con el aroma a mar. En el puerto, un carguero alemán hacía sonar sus bocinas roncas en la soledad de la noche, todo me hacía volver a la realidad, a mi mundo, a mi alma... de pronto escuche una voz en el fondo de un callejón, era Ibón, la argentina que venia de Buenos Aires envuelta en elegantes abrigos de pieles, en sus manos una botella de agua ardiente que ella me ofreció. ¿Se acuerdan de ella?, alguna vez les hablé. A sus 50 y tantos, aún era una mujer hermosa, de gruesos labios, y voluminosos senos. Se sacó el abrigo de piel y lo puso sobre mis hombros. Me acarició lentamente, recorriendo mis pechos de rizados vellos castaños entre canos, luego me besó y preguntó que me había hecho. Le conté mientras servía de la botella. Ella sólo acariciaba mi piel enchida en granos de frío dolor, mi piel se erizaba a cada caricia que ella daba, y fue besando desde mi cuello para terminar en mi sexo endurecido por sus labios, y mientras disfrutaba del sabor que él retenía, decía:
- Pobre Gustab....- y hacía desaparecer mis gozos entre sus labios.
Yo bebía el agua que quemaba mi garganta mientras sentía sus gruesos labios gozando de mi cuerpo y el mezclado sabor de mi piel con las fragancias de la enfermera que había liberado mi vida tras un cobró que no podría eludir...
-Pobre Gustab...- repetía una y otra vez.
Cuando logró extraer la última gota de placer, dejó que me fuera sin dejar de decir esas dichozas palabras. Corrí escaleras abajo hasta llegar al mar, donde dejando caer el abrigo me sambullí para nadar desnudo entre las saladas aguas me mi mar......luego de un rato, volví por fin a mi departamento, donde el polvo lo cubría todo, la llave que escondía bajo el macetero, me sirvió para abrir.... ahí estaba la vieja royal con finas telarañas cubriéndolo todo, y una hoja enquistada entre el rodillo y el metal, que hablaba de Don Juan De Marco, y su última mujer... la que no lo olvidaba, pues su fragancia y temblor de voz, habían quedado grabadas en su alma para siempre. Pero no estaba terminada, me senté frente a ella desnudo, cubierto por el abrigo de piel, mientras mi cuerpo azulado temblaba por la humedad que guardaba mi cuerpo mojado... pero mis dedos endurecidos, temblaban ante las teclas de metal, sin poder golpear nada....... Ante mis ojos dos luceros verdes iluminaban mi cuarto, que aunque no estaban allí, calentaban mi alma.
Las voces del hospital, seguían golpeando mis oídos, no podía distinguir entre la realidad y la fantasía de mi libertad.


Gustab, después del infierno...

viernes, 24 de octubre de 2008

Mi cárcel de cristal...

Siento el ardor por dentro, siento como el fuego va quemando mis vísceras, mi cuerpo se encoge con gran dolor… quema… quema… hoy la sangre brota desde adentro, sin aviso, sin sentir, el púrpura cubre mis desechos, y siento como la angustia se apodera de mi. Mi alma sangra por dentro, mis ojos lloran angustias, pero al caer la noche , la brisa del mar me alcanza, la brisa del puerto entra fresca entre los barrotes, pareciera que las olas golpean bajo mi ventana. Al encaramarme sobre la ventana, veo las luces del puerto titilantes a lo lejos, los neones se reflejan en los adoquines mojados y una que otra mujer de cortas faldas y portaligas negros me miran, sus caras llenas de angustia reflejan su desazón, ellas quisieran liberarme, pero saben que estoy preso de mis sentimientos, ellas quisieran responder a mis gritos de auxilio, pero los gritos se van ahogando en la noche porteña. Sangro en silencio, y las caricias de aquellas manos suaves que me atienden, suelen recorrer mi pecho desnudo, y cada caricia se convierte en dolor. Adormecido por las pastillas siento como bailan los adoquines en la noche.
A lo lejos, la luz de boulevard sigue prendida, como esperando que ese grito de angustia se pierda entre sus murallas.
Mi piel sigue prendida, mi estomago vuelve a arder… las gotas color rubí no dejan de caer, una tras otra se llevan mi vida, y los tachos que han puesto para recogerla se desbordan cubriendo las baldosas blancas del lugar… las enfermeras escuchan tras de las paredes blancas, la luz el puerto se refleja en el cielo de mi celda de cristal.
Siento como las aldabas de mi puerta rechinan en la oscuridad, una pastilla más en la noche, luego unas manos que van recorriendo el velludo vientre que se quema por dentro, hasta alcanzar con increíble ternura mi sexo que empieza a crecer entre sus dedos. Muere mi cordura, y me dejo llevar sin poder detener el recorrido frenético de las suaves manos que no dejan de tocar. Luego la humedad rodea la delgada piel que lo cubre, y el vaivén de aquel cuerpo de prominentes caderas, y el dolor apaciguado por los besos tiernos de aquella que poco a poco me empieza a matar. Su cuerpo arde como el mío, pero no sangra, sólo gime en la oscuridad de mi celda de cristal.

Gustab , sangra mi vientre...Quema.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Entre los barrotes...

" A través de la pequeña ventana,un cálido rayo de luz,calentaba el cuerpo desnudo de Gustab. Sus ojos semicerrados se dejaban acariciar por el cálido resplandor. Fija la mirada entre los barrotes buscaban liberarse, de aquella blanca habitación en la que vivía recluído desde hacía días. El sueño que le producía la blanca pastilla, le hacía caer minuto a minuto en sueños de resplandeciente belleza. La aguja cortaba sus muñecas para sacar la tinta que aún brotaba de las heridas.
Uno tras otro los poemas se ensangrentaban en las servilletas. Gustab, perdido en la depresión y la soledad esperaba que algún alma caritiva le liberara. ¿Cómo hacer para que sus notas se convirtieran en alas que le ayudaran a salir volando por los barrotes?, ¿Cómo hacer para que su propia sangre se convirtiera en el combustible para cargar la nave que lo llevaría a los brazos de aquel señor del que tanto le habían hablado cuando niño?.
Hoy atrapado por la soledad sólo espera el momento para volar y atravesar las nuves que le van a alejar de este orate mundo en el que fué a parar sin su consentimiento, arropado por frazadas de desconzuelo, y el cuerpo de alguna enfermera desnuda que había entrado por él."


-¿Porqué tanta indiferencia amigo Gustab? ¿ porqué tanto desconzuelo?


- Sueño con cerrar mis ojos para que no se vuelvan a abrir jamás, y no producir dolor a quienes algún día me amaron.


Gustab, para Gustab.

viernes, 26 de septiembre de 2008

La ventana...


"Dejame entrar como cada noche por tu ventana, deja que sea la brisa que recorra refrescando tu cuerpo. Sentirás mi presencia cuando los vellos se ericen en tu piel.
Como cada noche abriré tu ventana, sin despertar tu sueño tranquilo. Me acercarè a los pies de tu cama, tiraré de la colcha que cubra el tesoro que vine a buscar. Sentirás como tu cuerpo se refresca al bajar las telas deslizándose por tu piel, serena y tranquila, tus ojos cerrados me esperaràn llegar."
Como un delirio, y detràs de las gruesas rejas de la prisión, deliraba Gustab, tras la atenta mirada de las enfermeras, mientras el cuerpo desnudo del escritor, dejaba que sus manos les posehieran.
" Abriré tus piernas y dejarè que mi sabor te recorra, que tu piel se abra entre telarañas de deseo, el jugo de la vida correrá por tu sexo càlido y abierto, beberé del manantial que florezca de èl..."
Así escribía en la pequeña servilleta, el la que la sangre de las heridas, servía de tintero para los poemas delirantes del escritor, y de pluma, una vieja aguja que habìa logrado esconder entre sus ropas roidas por el desengaño y la soledad.
Luego, las enfermeras dejaban caer en su lengua la blanca pastilla, que lo harìa desaperecer por una noche más, de la vida poco cuerda que le ayudaba a sobrevivir. Una de ellas comentaba el sabor de su semen, y el glorioso aroma de su deseo.
Gustab, tràs su ùltimo delirio.

sábado, 30 de agosto de 2008

Colapso....

La angustia del frío y sombrío invierno en el puerto habían sumergido a Gustab en una profunda depresión. Las reiteradas embriagadas con agua ardiente y el fuerte tabaco que fumaba día a día, habían deteriorado la salud del escritor. Un mundo repleto de desenfreno erótico habían llevado al personaje a un mundo oligofrénico, casi tan distante como su razón. La soledad que le acompañaba lo iba arrinconando en un pasaje de su vida, donde los laberintos se sucedían uno tras de otro, donde las puertas se iban cerrando a su paso, hasta sumergirlo en una angustia que le arrancaba de cuajo cualquier atisbo de creatividad.
La empolvada Royal, con hoja enquistada, parecía predecir el rumbo donde el desaparecería hasta convertirlo en un alma delirante y congestionada de ideas inconclusas. Un alma sin rumbo determinado.
Sensuales imágenes ocupaban su mente, cuerpos desnudos que habrían sus piernas para ofrecerle cálidas caricias húmedas. El mundo del bacanal encuentro amoroso con el erotismo y la vulgaridad, lo convertían en un cuerpo sin alma, en un cerebro seco y sin vida. El prostíbulo mantenía las puertas abiertas para recibir noche a noche a este cuerpo ungido en sudor de hormonas que revoloteaban sin dirección determinada, listo para satisfacer las excentricidades de este lunático escritor. Las chicas se peleaban la figura indómita y salvaje para recrearse en los más bajos instintos que su mente pudiese crear. Dos, tres y hasta cuatro damas acompañaban sus locas noches de desvarío y desazón. Sus deseos eran cumplidos por difíciles y raros que pareciesen. Tres a cuatro bocas que recorrían su cuerpo haciendo temblar su alma, seis a ocho manos dispuestas a acariciar todo cuánto el cuerpo invalido les pidiese. Las chicas eran traspasadas en el límite de su imaginación, mientras la noche caía sobre el muelle maltratado por las olas tormentosas que se peleaban por romper, castigando los viejos tablones de roble enmohecido.
Sumergido en su erotismo desenfrenado, Gustab no dejaba de acudir a las vigilias orgiásticas del burdel. Buscaba respuesta a su loca necesidad de amar sin compromiso, de justificar su descuidada vida y su sequía literaria. Sólo los ojos verdes de aquella escritora lograban calmar su sed cuando se dignaba a acceder alguna de las invitaciones que el escritor le hacía. Pero su cuerpo siempre pedía más, terminando sin conciencia en las puertas del puterío local que se escondía entre las estrechas calles adoquinadas del puerto.
Una vez más me encontré sin rumbo al bajar las empinadas escaleras de piedra, donde perdí el paso, caí entre piedras afiladas rodando sin parar, ni poder defenderme de los golpes que se sucedían cortando con afilada precisión cada rincón de piel que no estaba protegido por alguna prenda de ropa. Los cortes y la sangre me bañaron de rubí el rostro curtido por el frío y la descarriada vida que llevaba. No entendía nada, la vida pasaba frente a mis ojos reflejando cada momento con exquisita precisión. Mis ojos ensangrentados, bañaban las imágenes de mi vida, dándole un marco rojo a cada momento....... desperté entre sabanas blancas, mientras los ojos de Teresa me miraban con desconsolada pena. Su escote abierto me dejaba ver la redondéz de sus endurecidos senos, donde una gota transparente, resbalaba hasta perderse en el infinito, aquel que no terminaba de sorprenderme. Su mano bajo desde mi rostro, recorrió el velludo pecho y se perdió entre mis piernas. Al cerrar nuevamente mis ojos, pude sentir sus cálidos labios acariciando mi endurecido sexo. Mi cuerpo tembló por unos instantes hasta caer en la inconsciencia absoluta.
Hoy entiendo que mis dedos no se pueden detener, ni la royal dejar de teclear. Trabajo en un nuevo libro, le titularé, "Don Juan De Marco, romanticismo y sensualidad sin límites".
Gustab.

lunes, 4 de agosto de 2008

Irónico Placer....



Estaba angustiado, muchas veces había sentido mi cuerpo hervir, ese día la lluvia caía incesante sobre los adoquines, y los faroles se oscurecían tras la cortina de agua que no dejaba de caer. Mi cuerpo mojado, no resistía el frío anochecer. Caminé entre callejas viejas, donde el agua cubría las escalinatas cayendo como cascada por las frías piedras de caliza cortada a pulso por quizá que cantero, pero estaban ahí. Alguien las había puesto para que alguien las pisara, y resbalara por los duros escalones. El barro lo cubría todo, el frío congelaba mi piel.
El farol del prostíbulo aún ardía en el callejón, y entre sin titubear a ese mundo que me acogía cuando la angustia y la depresión se apoderaban de mi. Golpe a golpe fui anunciando la visita de un cliente más, que todo lo que deseaba era el cuerpo tibio de una mujer. El portalón de roble se abrió de para en par para recibirme, mi cuerpo se encendió al entrar, eso era lo que buscaba, un mundo impúdico, grosero y blasfemo, que me acogiera sin preguntar. La vieja comadrona, miraba tras de su bastón, y apoyando la pera en la cabeza del bastón me ofreció entrar.
Las imágenes se agolparon a mis ojos. Muchas mujeres semi desnudas y desnudas se paseaban sin pudor frente a los invitados, algunas no esperaban siquiera un cuarto para atender a los caballeros de corbata y sombrero que se agolpaban en el lugar. Los sillones eran una cama más dentro del vulgar mundo que me rodeaba.
Hechizado por las curvas de las voluptuosas mujeres me deje tomar de la mano y fui arrastrado al comedor, en un rincón, un chico era iniciado por la más bella del lugar. Ella con sus polleras arremangadas se dejaba penetrar por el inexperto amante. Ella disfrutaba cada pedazo de virginal piel, y le ofrecía sus nalgas para que éste se regocijara de ella. El joven era rápido para eyacular, pero la bendita juventud le favorecía, su miembro erecto no dejaba respirar a la joven prostituta, y no terminaba de acabar, cuando la giraba para penetrarla por donde ella se le ofreciera. En un rincón, su padre se jactaba de su hijo, y golpeaba las nalgas de otra mujer.
Otras chicas jugaban entre ellas riendo a carcajadas, mientras otra chica, les abría las nalgas para recoger el fruto de la intensa orgía que en ese lugar se vivía. Los vasos de agua ardiente, quemaban los labios de los presentes mientras se cogían a la que pasara por delante de ellos. El espectáculo de los cuerpos desnudos impúdicos, alimentaban mi imaginación. Sobre esto me gustaba escribir, sobre la desvergonzada vida del bulevar, donde obreros y políticos follaban sin distinguir rangos o deseos. Nadie preguntaba nada, sólo follábamos para satisfacer nuestros cuerpos ávidos de placer.
La chica que me acompañaba tirando de mi mano, arremango su falda para ordenarme chupar. Sus crespos vellos púbicos eran hermosos y bien cuidados, tupidos como la selva del amazonas, ella rubia y blanca como el paraíso, y arrodillándome, sin pudor, sin vergüenza, abrí sus piernas para hundirme entre sus muslos y desgarrar cada uno de mis deseos. El frío rápidamente seso, y mi cuerpo ardiendo en fiebre se dejó poseer por cuánta chica quisiera probarlo. Entre muslos, nalgas y regordetes cuerpos, me dejé llevar, alcanzando una y otra vez el paraíso. Los sabores mezclados de los diferentes sexos que probaba me drogaban sin poder pensar en que era lo correcto, o que me había inculcado mi madre. Nunca me pare a pensar que hacía, sólo disfrutaba de cada rasgo de piel, de cada pliegue que se habría a mi ser. Sudaba sexo en el lugar, los cuerpos desnudos no dejaban de excitar mi cuerpo, y una y otra vez, como el jovencito, dejaba que mi sexo volviera a empezar.
Así pasó la noche, entre agua ardiente, senos, nalgas, dulces y saladas flores que se abrían o eran abiertas por mis labios. Penetraba cada puerta que se abría, el sexo oral, los besos dulces de las doncellas, las nalgas ardientes enrojecidas por las nalgadas que daban todos a diestra y siniestra, hacían más poderosa la experiencia del desenfreno irracional que se vivía en el lugar. Al entrar las luz del sol por la ventana, la comadrona del lugar iba abriendo cortinas, una tras otra. Un chico negro la seguía, mientras ella sujetaba sus faldas para que el oscuro hombrón le lamiera el sexo una y otra vez. Hasta que se tiró en un viejo sofá enmohecido por el tiempo y la humedad del lugar, para que este hombrón negro la lamiera y penetrara según ella le iba indicando una y otra vez. Sus labios murmuraban palabras déspotas y agresivas, el negro bajaba la cabeza y volvía a chupar. Luego los gritos de la veterana despertaron a los invitados. Ordenándoles que se vistieran y salieran del lugar. Los cuerpos desnudos de las chicas brillaban a la luz del radiante sol que cubría el puerto. Yo me vestí rápidamente mientras salía del lugar. El chico seguía dándole sexo a dos chicas jóvenes que borrachas se habían entusiasmado con él.
El chico ya no era virgen, y a mi, de caballero, nada me quedaba, mi cuerpo aún ardía sin bajar la fiebre que acumulaba ya desde hace varios días. Una chica me detuvo en el dintel de la puerta, bajo el marrueco desgarrado, y metiendo mi sexo en su boca, replicó....
- te vas a ir sin despedirte de esta perra?
Mi sexo no lo pudo aguantar y reventó una vez más entre los labio de esa mujer.... el sol se reflejaba en los adoquines ensegeciendo mis ojos, y el agua ardiente no me dejaba caminar, rodé por las escaleras, y ahí mismo me quede dormido para no despertar hasta tres horas después, el dolor de cabeza era inaguantable, y la farra, no me dejaba de sorprender.

Gustab........

sábado, 5 de julio de 2008

Los ojos de Teresa...

Melancólica tras la barra de un bar la vi por primera vez, el vaso del fuerte licor mantenía su mirada extraviada en algún punto lejano. Fijos, herejes, apasionados, rebeldes, extraviados, irreverentes, amenazantes, sugestivos, extraños, pero bellos sus ojos iluminaban el bar, no había nadie que no los hubiera notado. Teresa era así, tras sus pupilas se agolpaban las ideas más revolucionarias, su vanidosa personalidad la convertía en estrella donde iba. Los hombres y las mujeres solían enamorarse de ese ser luminoso que las seducía con esos verdes manantiales de infinita profundidad, hasta la languidez de su mirada ocupaba los sentidos que poseíamos, atrapaba cada uno de los ojos que revoloteaban a su alrededor.

Ese día Teresa tramaba algo, tras el humo del cigarrillo y los brillos del dorado licor, las ideas se iban dibujando en su mente, cada detalle parecía pensado con detención, las horas no pasaban por la pausada existencia de esta joven escritora. Sus ojos verdes dejaban entrever una profunda melancolía, parecía que el amor y su pasión por vida, por los hombres, y la seducción de los placeres terrenales, las llevaba por caminos desconocidos, abstractos, casi sin sentido para aquellos que la observaban desde lejos. Quizás por que temían al carácter de esta mujer tan irreverente, tan rebelde como la fuerza de la naturaleza, esa que fijaba sus propias reglas para enfrentar la vida, sin temor a las consecuencias que ella le trajera.
Me senté al otro lado de la barra, pedí un agua ardiente y encendí un cigarrillo. Mis ojos no dejaban de mirarla, como un deseo incontrolable. Al pasar mi vista a través del humo del espeso escenario, iba desnudando su cuerpo. El imaginar su piel blanca, sus nalgas carnosas, y la sublime forma de sus senos, la angustia se apoderaba de mi ser. Ella era magnifica, sus ojos embriagaban cada vez que se alejaban de la superficie del mesón, la intensidad de sus ojos llamaban a seducir a esa extraña mujer,, que sin modificar su postura, no dejaba escapar la mirada de un extraño que la intentase seducir. Ella jugaba con su belleza, encarcelaba la mirada de los don Juan que se quisiecen seducirla. Ella era un torbellino de pasiones desenfrenadas, de abismos interminables, ella era una marejada que se llevaba todo lo que iba encontrando a su paso. Ella era pura pasión.

En un momento me transmute a algún lugar donde era difícil escapar de sus caricias, sentía que mi alma se envolvía entre enredaderas, que unos barrotes me aprisionaban sin poder escapar. El agua ardiente me hacía volver a la realidad, la garganta se quemaba tras cada sorbo y despertaban mi onírica existencia. Aunque no estaba cerca de ella, nuestro dialogo parecía fluir, sus pensamientos me alcanzaban queriendo decir algo, que aunque no lograba deducir, me cubrían de gemidos y palabras susurradas a mis oídos. Podía sentir la caricia de sus labios, las tibias manos resbalando por mi rostro, y su sexo tan cerca, que no cabía ni una hoja de papel entre nosotros. Y estábamos lejos, tan lejos como nuestras miradas y nuestras vidas enajenadas por el alcohol y el opio que solíamos consumir antes de entrar en aquellas fiestas donde los cuerpos desnudos de hombres y mujeres se enredaban entre orgías. Saltábamos de un cuerpo a otro experimentando la pasión en todo su ámbito. Los sabores de las distintas pieles, la dulzura de los distintos labios , sus fragancias y sabores en cada rincón de la piel. El opio adormecía tu cuerpo reventando los sentidos haciendo que nuestros deseos se volvieran más intensos. Todos los cuerpos buscaban el placer y experimentar a fondo las sensaciones. Esas fiestas de opio y alcohol eran una moda fascinante. Todo era lujuria y placer. Luego corríamos a nuestros escritos para empezar una nueva historia o terminar algunas que iban quedando inconclusas, así nuestros nombres iban resaltantando en los círculos literarios.Eramos una estirpe sin nombre y sin identidad. Así terminó nuestro encuentro en aquel café, sin haber sentido en carne propia el rose de nuestra piel. Con una vaga sensación de soledad y de una vida sin rumbo ni final determinado. Teresa se levantó de su silla y desapareció en entre los cuerpos que seguían excitados por el bullicio del lugar. Mi cigarrillo se había consumido del todo junto con mi sueño de la imagen de Teresa. Los ojos verdes más brujos de la bohemia porteña.

Al salir, los adoquines me envolvían entre fríos pensamientos, y el alma comprimida por los sueños de soledad.

Gustab.

viernes, 4 de julio de 2008

La esencia, Teresa.

Hay miradas que a uno lo pueden transportar al infinito o a esferas que van más allá de lo comprensible. Pero hay otras (las menos) que aparte de llevarlo a uno lejos, definitivamente lo matan, lo hacen replantearte este viaje llamado vida como un nuevo ser, como un iniciado. Cuando me enfrenté por primera vez a la mirada de Teresa Wilms, en esa preciada fotografía tomada en Buenos Aires en 1916, comprendí realmente lo que significaba conocer una mujer con esa clase de mirar, a una "mujer fatal". En ese momento pasaron a mi olvido voluntario mujeres como Matta Hari, Isadora Duncan, Anais Nin o las hembras de Gustav.
Pero esta mujer, tan poco conocida, pitonisa de las letras, generadora de tantas pasiones e incluso de un suicidio, ha sido una heroína olvidada por el pueblo chileno, como suelen decir acá, en la patria del sur: Ha recibido "el pago de Chile". Intentando resarcir, en parte mi olvido, de tantos años.Esta primigenia Marilyn Monroe, arquetipo verdadero de la mujer fatal, mito de la intelectual maldita y bohemia de los albores del siglo XX, que a larga su vida se convirtió en la joya para cualquier artista o profano del arte, cosa que finalmente detestó.
Su alma inquieta comenzó a manifestarse desde la cuna de ébano, sus ojos se paseaban por el paisaje dejando una estela de melancolía que la acompañó hasta su muerte, su mirada dejó en todos lados un rastro como el que dejan los focos de los faroles sobre los adoquines mojados por la lluvia. Sus días de infancia transcurrieron entre la literatura, el bordado, el cuestionamiento, los sueños, la elegancia, el aprendizaje para el matrimonio y el Santo Rosario. Al cuidado de severas institutrices extranjeras, entre las que se cuenta una antigua actriz francesa, de gran sensibilidad que, sin dudas, influyó en la personalidad de Teresa.
Los años fueron generosos con Teresa, la transformaron en una mujer de espolón de proa, en una mujer escultural y lozana, de gráciles movimientos y profundizaron su mirada nostálgica con una luminosidad desconocida hasta entonces para la raza humana. "Ella era un cóctel sanguíneo de Venus catalana y Elsa germánica, con la tristeza de las ciudades nórdicas en sus enormes ojos verdes". En esos ojos cayó Gustavo Balmaceda Valdés, con quien recorría el cielo hablando de literatura y de óperas, estos dos se casaron cuando Teresa tenía 17 años, sin el consentimiento de sus padres.

Santiago bullía por la celebración de los 100 años de la independencia de Chile, pero la muerte de su pariente don Pedro Montt, Presidente de la República, estuvo a punto de suspender todas las actividades, pero el ánimo fiestero y nuestra idiosincrasia se impuso: primero fiesta, después lloramos un rato. La capital del Reino se transformó rápidamente en la "ciudad luz" del fin del mundo: en las plazas destellaban las bombillas. Se organizaron actividades para el vulgo; hubo tómbolas populares, funciones nocturnas del biógrafo en la calle, concursos de cachacascán y de canto, juegos deportivos en general, y por cierto, de fútbol. El vino hacía olas por las calles capitalinas, los intelectuales veían que su ambiente nocturno se poblaba cada día más de herejes, parapetándose en tertulias y ateneos privados. Ese fue el ambiente que encontró Teresa, comenzó a frecuentar la bohemia artística, esa tan pesada a veces y tan leve en otras; ese mismo hecho hizo que su dualidad se convirtiera en unidad y comenzó a sentirse plena, la noche fue suya, el alcohol también. Se mezcló con músicos, literatos, artistas plásticos e intelectuales locos, por primera vez no se sintió sola en el mundo, pensó que habían más de su especie. Craso error.
La bestia que llevaba en su interior se potenció en estas tertulias, los intelectuales se hipnotizaron y descontrolaron a raíz de sus sobrenaturales encantos; le dedicaban escritos, versos, canciones, melodías, pinturas, dibujos... Las mujeres envidiosas no tenían la altura moral siquiera de maldecir a una virgen. Balmaceda, su marido, comenzó a incomodarle la situación, sumando además que los comentarios sobre la bella mujer, rápidamente recorrieron las calles de la urbe como una mala noticia; y de todos lados venían los hombres, mujeres y niños a contemplar en directo a la musa-vate-diosa-heroína. Para Balmaceda ya no era divertido ver a los hombres y a algunas mujeres perder la cabeza por ella, así comenzaron las discusiones, los celos, los excesos de alcohol que derivaron en golpizas que lo único que hicieron fue mantener firme el espíritu libertario de esta mujer.
Gustavo, mientras tanto, se entrega de lleno al alcohol y a la literatura.

Hoy, como hace bastante tiempo no puedo dejar de pensar en ella, recuerdo esas fotos que vi, esas hechas en Buenos Aires en 1916 y me avergüenzo algunas veces de ser hombre, de verla como un premio, como un regalo, como una presa, como un símbolo sexual y sensual, como una virgen deseada; así como todos los hombres de su tiempo, que fueron incapaces de amarla como ella hubiese deseado, alguien que la mirara a los ojos y no cayera en su embrujo, alguien que no la tratase como la mujer más importante que haya pisado la tierra, sino como la única de la historia.




GUSTAB... Amores que matan.

jueves, 26 de junio de 2008

El maestro de violín....

En mi vida he pasado por muchas cosas, entre ellas en la juventud, estudié música en el conservatorio, mi madre me había obligado a estudiar violín desde niño, y mi padre insistió en que siguiera en el conservatorio.


Tenía 16 años cuando me presentaron con el maestro Paolo, un maestro italiano que había dado su vida por el estudio de uno de los instrumentos más complejos que pueda existir. Obsesivo y proteccionista hasta la muerte. En esos años el ser músico era tan importante como tener un hijo sacerdote, y así me fui perfeccionando a través de los años hasta convertirme en un mediocre músico de bar.

Éste maestro era conocido por su esquisofrénica mirada a la música y el perfeccionísmo. Tenía como alumna a una chica de 18 años, Slova Kusinka, una soviética hermosa y talentosa, a la que venía preparando muchos años para el día de su debut, eramos compañeros, y muy competitivos, pero los años de practica hacían de esta chica una eminencia de las cuerdas. Exquisita mezcla de músico sinfónico y salvaje intuición para el instrumento, casi una autodidacta. Sus características la hacían ser deseada por los más importantes músicos de la época. Todos querían ese diamante en bruto para pulirlo y hacer de sus escuelas un símbolo de la burguesía. pero sólo había uno que la podría convertir en la estrella que llegó a ser con los años.El día de su debut en el teatro Opera del puerto, había creado las espectativas más altas del maestro, quién orgulloso mostraría su obra de arte llevada a la maxima expresión.

Al abrirse las cortinas Slova, dio un pequeño tirón de cuerdas que hizo enmudecer a los que habíamos ido a escucharla, el silencio se apoderó del lugar, la cuerda vibró por algunos segundo creando una tensión que nunca habíamos sentido en nuestras vidas. El arco bajó lentamente hasta las cuerdas, posándose en ellas, y un gran arqueo de brazos hizo llorar al violín, las notas fueron tomando altura a cada movimiento de esos angelicales dedos, el arco desaparecía a la vista, haciendo que el violín flotara en el aire ensegueciendo a los ojos de quienes la veíamos.

Mozart, inundó nuestra mente, hasta la locura. Pero la pasión con que tocaba, en unos de los momentos más cruciales, hizo que unas de las cuerdas se cortara creando un momento de tensión sin igual, pero sus dedos no pararon de tocar, el arco jamás se detuvo, y la música siguió brotando de las maderas, el silencio en el público era aterrador. Una segunda cuerda saltó entre las maderas dando un golpe en el rostro de la intérprete, el corte y la sangre, hizo del espectáculo algo sobrenatural, .... y la música no se detuvo hasta que la última nota que arrancó de las cuerdas diera el gran final. Al terminar la sangre rodaba por las maderas del violín, como si éste llorara la furia y la pasión de la mujer. La ovación no se hizo esperar, pero tras las cortinas, los ojos del maestro mostraban su furia por los errores de su pupila, y sacando los brazos la tiró hacia las cortinas, y sin dejarla disfrutar de los aplausos se la llevó a una sala lejos del escenario.

Yo sabía que la esquizofrenia del maestro, su obsesión por la perfección, le traería conflictos a Slova. corrí tras de ellos tratando de alcanzarlos, pero para cuando logré alcanzarlos, ya era tarde. El maestro esgrimía el arco en contra de las nalgas de la chica dándole de golpes hasta hacerla sangrar. Ella, con sus bombachas en las rodillas, gritaba de dolor, sus nalgas redondas sangraban hasta manchar el suelo y la ropa del artista. Me abalance contra el maestro logrando liberar a la chica, mientras ella corría por las salidas de emergencia hasta el oscuro callejón, que iba a dar al muelle, donde se dejó caer de rodillas para llorar por su injusto castigo.

Me acerque a ella cuando la pude hallar. Trate de subir sus bombachas, pero el ardor que ella sentía no me dejó terminar, no pude llevar la delicada prenda de vestir a su lugar, y sin poder contenerme, acaricié su carnosas carnes tratando de aliviar su dolor. Ella gemía, mis manos no se podían detener. Al pasar mi mano entre las hermosas nalgas, pude sentir que la humedad entre sus piernas brotaba con intenso calor. Sus manos desabotonaron mi pantalón, mientras sus dedos buscaron mi sexo, el que no tardó en florecer entre sus caricias, luego giro su cuerpo, y tomando el hinchado sexo, lo acomodó entre sus nalgas, para dejar que yo me enterrara entre sus carnes ensangrentadas, los gemidos y quejidos de dolor y placer, se perdieron entre el ruido de las olas.

Lentamente fui abriendo el espacio hasta entrar por completo en su interior. Sus caderas sujetas por mis manos fueron creando el más exquisito de los bamboleos, hasta que el climax nos alcanzó, y nuestros cuerpos se enredaron hasta sentir que el dolor desaparecía reemplazado por el placer de dos cuerpos salvajemente unidos, dos cuerpos que no dejaron de agitarse hasta que el sol de la mañana nos cubrió, y alcanzado por los ojos de los curiosos nos hizo saltar al mar y desaparecer entre las aguas, para volver a salir cerca de los roqueríos.

Un beso sello nuestros labios para siempre, juramos nunca decir como había terminado la noche, y cual había sido la última nota del recital.

Gustab

sábado, 14 de junio de 2008

La ventana del sanatorio...

La lluvia caía intensamente, las bajadas por las escalas de piedra eran verdaderas cataratas, sentía mis pasos inseguros. Me apegue a las murallas para no resbalar, y cuando pasaba frente a la ventana alguien golpeaba adentro. Su rostro detrás de los cristales era extraño, su mirada perdida en le lejanía me perturbo los sentidos. Sus ojos eran tristes, su mirada extraviada, sus gritos de auxilio pasaban los cristales.
No se que me hizo entrar, pero pidiendo resguardo a la lluvia, me introduje en un mundo muy extraño. Miles de caras se agolparon sobre mí. Sus cuerpos estaban desnudos, el frío parecía no existir ahí. La morfología que escondían estas murallas me transmutaron a otra dimensión, una dimensión que no me dejaría escapar dócilmente.

Una mujer mayor empezó a desnudarme, cuando traté de impedirlo, otros se vinieron encima, sin poder escapar, perdía la cordura entre rasgados trapos que apenas cubrían mi cuerpo.
Los ojos estaban puestos sobre mi, impúdico me paseé desnudo entre esos cuerpos amorfos y maltratados. Estiré mi mano a una mujer que trataba de cubrirse los ojos, mientras una de sus manos se aferraba firme a mi sexo, dejaba su estado de inconsciencia, y entre los dedos arrugados de la mujer tomaba dimensiones desvergonzadas. No podía negarlo, el extraño lugar producía morbo en mi. Otra mujer, gorda y desnuda metió una pastilla en mi boca. Mi mente se llenó de sensaciones, temblaba de frío, pero estaba excitado. Ya esos cuerpos me parecían tan familiares como cualquiera. Mis manos se detenían en los senos de las internas; chicas jóvenes, ancianas delgadas, los pezones de una gorda me invitaron a tirarlos sin misericordia, hasta hacerlos arrugar entre mis dedos.
Reía sin razón aparente, las figuras se desformaban a mis ojos, los rostros se borraban, hasta que caí sobre las rústicas piedras que hacían de piso. El suelo estaba helado, pronto sentí el roce de unas manos suaves sobre mi pecho, y otras que estiraban mi pene hasta hacerlo doler, pero no dolía con terror, era un dolor que quería y me gustaba sentir. La humedad de unos labios lo cubrieron, sentí como gozaba mi mente con eso. Mis manos se deslizaban por su piel gruesa, y se juntaban sobre la carne de unos generosos pechos que estaban coronados con grandes y llenos pezones.

Al bajar por su espalda, pude sentir las nalgas de la mujer, heladas por el frío, su carne cubierta por la piel de gallina, se sentía curiosamente exquisita. Al rato las piernas de una mujer, abiertas, se posaban sobre mi boca obligándome a lamer, mientras las fuertes manos de un hombre me inmovilizaban. Los rostros desgenerados por la pastilla me parecían lindos. La locura me atrapaba para no dejarme escapar de esa cárcel de piel que me apresaban. De pronto sentí correrme sin control, sentí labios y lenguas de muchas mujeres sobre mi cuerpo alimentándose de la lujuria oscura y fría del lugar.
Al día siguiente amanecí tirado sobre los mojados adoquines. Frío y medio desnudo, me levanté para volver a mi departamento.

Abrí la ducha tratando de pulir mi piel de una sensación que me asqueaba, pero no podía dejar de excitarme cada vez que pensaba en ella. Mis manos no dejaban de tirar mi sexo erecto, hasta sentir dolor.

El agua caliente fue lavando mi cuerpo, mis párpados pesados me llevaron hasta mi cama donde caí, para no despertar en muchas horas.


Hace frío, el sanatorio retumba en mis oídos como gritos desesperados, y la angustia se apodera una vez más de mi.




Gustab