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jueves, 27 de noviembre de 2008

El vuelo dulce del colibrí...

De vuelta en el puerto, vuelve la tranquilidad, busco el espacio para detenerme y pienso......






Hoy estaba sentado en el jardín de la plaza de armas, mucha gente revoloteaba por el lugar. Los elegantes sombreros de copa alta y los sombreros de las damas, pintaban de hermoso colorido el lugar. Los casquillos de los caballos que tiraban de las victorias, marcaban el compás del lugar. Era una hermosa mañana primaveral, los jazmines y rododendros ponían esa nota de fragancia tan particular. Los jardineros de la municipalidad, regaban y arreglaban los frondosos árboles del lugar, todo transcurría en un tiempo cansino. La tierra mojada aceleraba los sentidos, sólo el táctil y el sabor no se habían echo presente. Curioso, pero no tardaría en llegar.

Sentado en la banca de la plaza, dejaba que el tiempo se detuviera envolviendo de escenas brillantes el lugar. Un vuelo caprichoso de un colibrí llenó el lugar. Este revoloteaba afanosamente entre los azahares del lugar, Las Fuccias le coqueteaban a lo lejos, abriendo sus pétalos e invitándolo a probar.

La vista se aferró a su vuelo, y lo seguí entre las flores sin despegar la vista de él. Se detuvo frente a una flor, sus alas se batían mientras su cuerpo permanecía inmóvil.... que destreza...que habilidad. De pronto una imagen se disparó en mi mente. Podía entender porqué había tantas mujeres insatisfechas en este mundo. Yo muchas veces me había detenido a observarlas, la manera en que se acercaban a una flor, como eran capaces de detenerse en el tiempo y el espacio, la manera que agitaban sus alas creando ligeras ventiscas en la flor... Esta avecillas invitaban a las flores a abrirse ante ellas para recibir la más exquisita de las caricias. Su lengua entraba en ellas con tanta delicadeza, que hacían gemir a las flores. Éstas soltaban su fragancia para abrirse a las caricias susurrantes de su habilidad. Los pétalos entregados al roce de sus picos, dejaban escapar el exquisito olor, para luego soltar el néctar de su interior, para que estas aves bebieran de ellas los más sabrosos sabores que le iban regalando a cada sorbida de la afanosa lengua de delicada suavidad. La clave a mis ojos estaba, en la menera que agitaban sus lenguas, nunca era igual hasta que estas empezaban a soltar el sabor. Sus primeros movimientos eran rectos, directo al centre de la flor, luego esa lengua se agitaba en todas direcciones, una vez en diagonal, luego vertical, después en círculos exquisitos, hasta que la flor se rendía a sus deseos, hasta extraer de ellas todo lo que soltaba su interior... ese espectáculo era hermoso, y de ellas aprendí a acariciar a una mujer, a beber de ellas, a extraer todo el jugo que pueda haber en su interior, es así como me acercó a ellas, lentamente, luego soltando el aliento tibio entre mis labios, las invito a separar sus piernas para entregarse a mis deseos y a lo más íntimo de sus fantasías. Luego el banquete que hago de esa labor las invita a soltar su ternura, a abrir su flor para que suelten el aroma que de ellas escapa, el sabor que sus gotas intimas derraman, la suavidad que ese néctar va dejando sobre su piel... me alejo para mirarlas abiertas, me acercó para hacerlas temblar, para que mi lengua suave roce su piel, luego las olas se apoderan de su vientre, y el mar de pasión se vuelve tormentoso y agradable para sus caderas. Finalmente ellas lo dejan escapar todo, y como el colibrí, lo guardo entre mis labios para besarle su boca y devolverles su sabor.... de ahí siento y veo como sus ojos se cierran, el mar vuelve a la calma y busco una nueva flor....

Las campanas del tranvía me despiertan de este trance, es la hora del café... su aroma golpea mis narices, ¿con qué le iré a acompañar hoy?.....

Gustab, alma libre.... como el colibrí.

martes, 25 de noviembre de 2008

Malena....



" Algún día escribiré un poema que se limite a pasar los dedos por tu piel"... eso leía cuando sentí herizarse mi piel, ahí, detrás de la barra estaba ella... de rostro cabizbajo ... de ojos cristalinos y una sonrisa entre lágrimas. Entre sus dedos, una boquilla de mentolado aroma a tabaco inglés. Alguien me habló alguna vez de una mujer de sensual mirada, poeta, y que se pasaba los días tarareando algún tango encontrado por ahí, en alguna vieja fonola de quizás que bar..., al otro lado de la barra..., su procedencia no la sé, le llamaban Malena, aquella que alguna vez inspiró un tango...Me acerqué a ella y........

Las luces de Buenos Aires se apagaron de una vez, el bar a oscuras dejaba escapar lamentos de los parroquianos que estaban allí:

- Muchachos el toque de queda a caído una vez más...-

Las farolas de la entrada al bar fueron encendidas para proteger la salida, y los ánimos se calmaron, voltee para mirar a Malena, ahí sólo unas brazas de un cigarrillo aún anunciaban su presencia, le quise hablar, pero de la oscuridad se escucho la voz de un tango ensordecedor, el bandoneòn inundó el lugar, volví la vista para mirar, era Carlos, un joven que recién empezaba a cantar, pero con una voz que enmudeció al lugar, impávidos escuchamos la música y la voz que parecía llorar los viejos amores perdidos de algún cristiano enamorado...Volví para entrar en conversaciòn con la morena de la boquilla mentolada, pero ya no estaba allí.
La soledad se apoderaba de mi alma y mis lánguidos ojos no dejaban de buscar. El opio nublaba la mirada, y ella no estaba.
Una canción tras otra fue mareando el lugar, la vista nublada no dejaba escapar ni una sola mirada más, pero volvió la luz a la capital, y en un rincón del bar, la chica Malena levantaba sus vestidos para sacar una nota del portaligas envuelto en encajes, un mozo la tomó, y ella se perdió tras las cortinas de terciopelo azul. Al rato el mismo muchacho se acercó para entregarme la nota en mis manos, y se alejó sin decir nada, la mano estirada quedó arrugando un viejo billete sin poder entregar una propina.
Al leerla sólo pude descifrar un número, el 202, y tres letras que terminaban una palabra ...ero. y alguna T perdida entre las arrugas húmedas que hacía el papel. Quebrada la nota por el sudor de sus piernas se volvía ilegible, pero supuse que se trataba del número de una habitación y que la T y el ...ero, era un te espero.... corrí por el pasillo que llevaba a las cortina de terciopelo y una escaleras me hicieron tropezar. Al llegar al segundo piso, divisé el dichoso número, 202, y una puerta comida en parte por las termitas y su olor a humedad, estiré el puño para golpear, pero algo me decía que sólo debía entrar... mis manos se aferraron a la vieja manilla de bronce, y la puerta se abrió sin esfuerzo alguno. El humo choco con mis narices y el olor a tabaco inglés mentolado me anuncio , que mi instinto me había llevado al lugar correcto. Al entrar, Malena estaba tendida en la cama desnuda, el humo se disipaba por la comisura de sus labios, la vista de la piba se clavó en la mía, y de ahí .... Me acerqué a ella, su cuerpo desnudo me excitaba, mis dedos se dejaron caer sobre sus dedos de los pies, estos se deslizaron por la delicada piel, mientras mis pasos recorrían su cuerpo extaciados. Su piel fue armando el camino, y mis dedos fueron dibujando su cuerpo hasta llegar a su vientre, sin antes enredarse en los crespos bellos que cubrían su entrepierna, al tocar ahí, su vientre empezó a dibujar pequeñas olas, y sin detenerse, mis dedos siguieron su camino. Estos se detuvieron en sus redondos y carnosos senos, para terminar en su rosado casquillo endurecido por el candente recorrido.
Las brasas del cigarrillo se desaparecían hasta caer al cenicero de cristal y apagarse para no volverse a encender. Su espalda se arqueó para alcanzar mi sudado pecho, y abriendo los botones de la camisa, su boca y labios se apegaron a mis pezones, sus dientes se clavaron en ellos al límite del dolor.... Luego estábamos acostados dejando que nuestros besos y caricias se explayaran con libertad. Me dejó caer sobre la almohada, y desnudo, montó mis caderas a pelo para dejarse llevar por el apasionado encuentro en la 202.....


Gustab, Amando a Malena.







lunes, 24 de noviembre de 2008

El Hotel de la Barriada...



Una vez que logré recuperar la libertad, viaje a la capital para tomar un carro, que me llevaría a buenos aires. El frío de Santiago me hacía tiritar, aunque esta ciudad me fascinaba, no dejaba de pensar en aquellas calles fuertemente iluminadas, la humedad del hambiente que se apoderaba por las noches de esa bella ciudad, las tanguerías, los arrabales, los bares copados de cristianos enardecidos por el bullicio de la gran capital. Al llegar allá buscando la libertad, me encontré nuevamente un mundo que vivía de noche,calles adoquinadas como mi puerto querido, faroles a medio encender, ese aroma rústico del café fuerte, el ron, los perfumes que maleaban el hambiente, los choros tirados sobre el pavimento mojado gruñiendo las desgracias del mundo entre sus nudillos, ese vaso medio vacío, y el particular bandoneón que no dejaba de tocar, las pibas de cortas faldas a media luz y aquellas portaligas que nos hacían soñar, aquellas que ahogaban los muslos blancos de brillante carnocidad, ese mundo del cual habían tratado de alejarme encerrándome entre rejas, pero ese sería sólo unos días mientras en el puerto algunos me buscaban para hacerme regresar a ese lugar. Me gustaba el mundo que se habría a mis ojos, alguna vez teresa me había hablado de un barrio muy especial, En Buenos Aires, al este de la plaza Miserere, en la calle Junín, conocida como "La tenebrosa", se instaló una sucesión interminable de prostíbulos, donde los parroquianos dejaban volar su desenfrenado pensamiento carnal. En ese lugar Teresa decía que se acariciaban las más suaves y hermosas pieles de sudamérica, en ese lugar no se tenía sexo ni religión, y los colores políticos se mezclaban en orgías interminables.
Los enfrentamientos frecuentes de tauras y malevos trenzados en duelos criollos, chistidos de yiras y taqueras resonando en las calles surcadas de marineros entregados a los paraísos de la droga y del alcohol, homosexuales, fumaderos de opio regenteados por chinos y que motivaban la adhesión de un alto número de adictos, y algún tango rezongón sirviendo de música de fondo.
Existían los cafés de camareras, particularmente en La Boca; las mujeres que atendían las mesas, que vestían de negro, bailaban con los parroquianos, entre café y café, o entre copa y copa. Y también... en el mismo lugar se hacía el amor detrás de las cortinas, desde donde de vez en vez, se asomaban algunas piernas, que entre movimientos dejaban caer la bombacha negra con piedras incrustadas entre las telas, y los movimientos rítmicos de las cortinas, indicaban que la mina se agachaba para servir algún galán con laboriosos y apasionados labios de seductor grosor. Las nalgas se dibujaban en las livianas telas de aquellas cortinas, y el vaivén de la tela, indicaba el principio y el fin de una acalorada relación carnal. Más de algún malebo, se aprovechaba para tirar las manos a cada sacudida de cortina, para tocarle las carnes a las chicas del burdel, que sin distraerse, seguía en su apasionada labor.
En los cabaré de Buenos Aires, que no eran similares a los europeos, había reservados donde se hacía al amor; había algunos famosos, en el mismo centro de la ciudad. En uno de esos fuí a dar buscando las rosadas pieles que alguna vez habían servido de bocado para los hábidos labios de Teresa, donde, según describía ella, las chicas desnudas se paseaban en los oscuros pasillos del lugar buscando algún embriagado amante de bondadosa riqueza, para llevarse a un rincón a medio oscuras para sacear su sed y recibir algunos morlacos a cambio.
Al entrar, una chica de delicado cuerpo y hermosa piel, rozó mis labios susurrando sus servicios al oído de este escritor galán. Dejé que sus dedos se escurrieran por mis bolsillos, mientras sus manos de diestra habilidad, iban levantando el miembro entre las telas. Sus suaves manos me hacían vibrar, mientras las mías se deleitaban en sus redondos senos coronados por rosados pezones, y la otra entre sus muslos, deliciosamente perfumados, iban soltando una falsa humedad producida por aceites de vaselina estrategicamente untadas en aquellas partes que olían a aromas cítricos o jazmines en flor. Que delicia de piel, que delicada consistencia, que ricas carnes para degustar. Y fuimos a dar entre cortinas que olían a sexo y placer.
La maravillosa textura de sus labios, fue sasonando mis carnes desnudas que brotaban entre manos de delicada ternura y suavidad, hasta tocar sus amigdalas no dejaba de tragar, y entre ahogos y sofocos fue liberando toda el néctar salado que había acumulado por semanas dentro de mi piel. La corrida más exquisitamente trabajada me llevó a tocar el centro mismo del infierno, y a desear cremarme entre sus labios de ardiente pasión. Luego me pidió que me arrodillara, y sentándose en el borde de la mesa, me invito a hacerle sexo oral. Que consistencia más dulcemente salada, que carnes tan llenas de suavidad, ese era el paraíso de más singular escencia que jamás había visitado..... y así transcurrió mi primera noche en la ciudad luz del fin del mundo.

Sólo al día después desperté en la fría habitación de un pobre hotel de la barriada.

Gustab, en Buenos Aires.

martes, 18 de noviembre de 2008

La brisa del mar....

Por fin había logrado escapar del mundo de barrotes, ella había dejado la puerta abierta, la oscuridad se disipaba y yo corría por los pasillos mientras los demás gritaban como locos. Aferrados a los barrotes gemían como verdaderos simios, otros ladraban como los perros. Entre gritos divisé la luz, los muros parecían juntarse al fondo, pero corrí sin mirar atrás, hasta que por fin de un golpe se abrió la última puerta de barras de fierro alemán fundido en canteras germanas.
La brisa del mar golpeó mi cara, y aunque oscuros los adoquines brillaban mojados por las lloviznas que se dejaban caer sobre el puerto. Ese olor a tierra mojada me gritaba que estaba en libertad, y las nalgas redondas de la última enfermera, habían dejado un aroma a jazmines sobre mis labios y nariz, un sabor profundo me impregnaba la boca. Era dulce y fuerte, fragante como un amanecer en primavera.
Estaba desnudo, ella se había guardado mis ropas para no olvidar esa última noche. Esa que había decidido que sería su última vez. Me dejó tendido en la cama luego de introducir la última pastilla blanca bajo mi lengua, luego besó mis labios y se despidió. Cuando sentí los fríos adoquines bajo las plantas de mis pies, pude reconocer la vida nuevamente.
Corrí sin rumbo por varias horas en la oscuridad de la noche, muchos de los faroles a Kerosene sólo soltaban un horrible olor que se mezclaba con el aroma a mar. En el puerto, un carguero alemán hacía sonar sus bocinas roncas en la soledad de la noche, todo me hacía volver a la realidad, a mi mundo, a mi alma... de pronto escuche una voz en el fondo de un callejón, era Ibón, la argentina que venia de Buenos Aires envuelta en elegantes abrigos de pieles, en sus manos una botella de agua ardiente que ella me ofreció. ¿Se acuerdan de ella?, alguna vez les hablé. A sus 50 y tantos, aún era una mujer hermosa, de gruesos labios, y voluminosos senos. Se sacó el abrigo de piel y lo puso sobre mis hombros. Me acarició lentamente, recorriendo mis pechos de rizados vellos castaños entre canos, luego me besó y preguntó que me había hecho. Le conté mientras servía de la botella. Ella sólo acariciaba mi piel enchida en granos de frío dolor, mi piel se erizaba a cada caricia que ella daba, y fue besando desde mi cuello para terminar en mi sexo endurecido por sus labios, y mientras disfrutaba del sabor que él retenía, decía:
- Pobre Gustab....- y hacía desaparecer mis gozos entre sus labios.
Yo bebía el agua que quemaba mi garganta mientras sentía sus gruesos labios gozando de mi cuerpo y el mezclado sabor de mi piel con las fragancias de la enfermera que había liberado mi vida tras un cobró que no podría eludir...
-Pobre Gustab...- repetía una y otra vez.
Cuando logró extraer la última gota de placer, dejó que me fuera sin dejar de decir esas dichozas palabras. Corrí escaleras abajo hasta llegar al mar, donde dejando caer el abrigo me sambullí para nadar desnudo entre las saladas aguas me mi mar......luego de un rato, volví por fin a mi departamento, donde el polvo lo cubría todo, la llave que escondía bajo el macetero, me sirvió para abrir.... ahí estaba la vieja royal con finas telarañas cubriéndolo todo, y una hoja enquistada entre el rodillo y el metal, que hablaba de Don Juan De Marco, y su última mujer... la que no lo olvidaba, pues su fragancia y temblor de voz, habían quedado grabadas en su alma para siempre. Pero no estaba terminada, me senté frente a ella desnudo, cubierto por el abrigo de piel, mientras mi cuerpo azulado temblaba por la humedad que guardaba mi cuerpo mojado... pero mis dedos endurecidos, temblaban ante las teclas de metal, sin poder golpear nada....... Ante mis ojos dos luceros verdes iluminaban mi cuarto, que aunque no estaban allí, calentaban mi alma.
Las voces del hospital, seguían golpeando mis oídos, no podía distinguir entre la realidad y la fantasía de mi libertad.


Gustab, después del infierno...