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viernes, 26 de octubre de 2007

El Angel


Ese hombre extraño sabía que tenía una misión en la vida. ¿Pero cual era? . Lo dejaron caer entre arrabales y boites, el no sabía que cosas le tenía deparada la vida, pero a cada esquina aparecía un alma errante.

El ángel como le llamaban las mujeres siempre estaba para conceder los deseos de quien lo necesitara, se sabía que el se comunicaba de una forma especial con las mujeres sobre todo, ellas veían en él, la imagen del hombre con el que se podía copular dejando fluir la vida. Al caer la noche en el puerto, su alma vagaba entre cafés , boites, bares y encumbradas calles tapizadas de adoquines, su imagen aunque oscura, reflejaba un halo de luz a su paso. Los perfumes que emanaban de su figura, marcaban la ruta a su paso cansino. Siempre con sus manos en los bolsillos del pantalón y el abrigo al viento. Muchas deliraban a su paso, pocas se atrevían a dar el paso que las llevaría a la cama, aquella que rodeada de barrotes de bronce se perfilaba como una cárcel dorada, tan dorada como la sensación que dejaba dentro de sus cuerpos luego de hacer el amor. Las que no se acercaban, dejaban resbalar sus dedos entre los nudos capilares de sus sexos, y maullaban como gata en celo tras los ventanales que las separaban de su figura. Ellas parecían presentir sus pasos cuando sus tacos golpeaban el sonido hueco que soltaban los adoquines.

Esa noche lluviosa, tras las cortinas del bar, ella lo observaba de lejos, y sin mediar causa alguna se acercó a la oscura figura, y dejó que sus labios la llevaran al laberinto sin retorno, posó sus labios sobre los de él, y ahogó su deseo entre los brazos del desconocido. Las manos atrapadas en sus bolsillos, buscaron por abajo de su falda la calidez de sus nalgas desnudas, y empujando el deseoso cuerpo a la oscuridad de un callejón, le hundió su sexo en una sesión tan rápida y fugaz como los deseos de la satinada rubia que había salido del Bar Montebello. Sólo la lluvia desbordante lograba ocultar los gemidos de una más de las favorecidas por las manos delicadas del Ángel. Al alejarse la mujer por las calles, su figura aparecía dibujada por el agua del copioso aluvión, y por dentro una sensación tibia que quedaba atrapada, la bendición del angél corría por sus muslos alborotados, mientras la mujer dejaba bailar sus nalgas carnosas a cada paso que daba.


Gustab.

viernes, 19 de octubre de 2007

Los demonios.




Corrí por el puerto buscando refugio, ellos me perseguían, si me detenía ellos se vendrían encima. morderían mi cuerpo, extraerían la poca sangre que quedaba en mi cuerpo. Los adoquines se levantaban a mi paso, como explosiones lunares se venían sobre mi rostro.Los demonios no se detenían, pisaban mis huellas, las iban cubriendo de sangre.



Al pasar frente al bar, la figura delgada de madama Ibón se cruzó en mi camino, de bruces calló sobre las piedras mojadas, pero no me podía detener, sería el último paso que daría en mi vida, sin detenerme seguí corriendo, los perros me perseguían cuando pasaba por su lado, los gatos saltaban de los basureros sorprendiendo y llenan do de bullicio los callejones. Todo se volvía confuso, a ratos parecía que los demonios desaparecían, pero no, al mirar atrás las adoquinadas calles se seguían levantando, un poste se cruzó en mi camino, la cabeza azoto el pavimento de las veredas, mi rostro se cubría de un liquido rojo, espeso, negro.....



Mis ojos se cerraron, mis labios gritaban, los demonios me alcanzaron. Mis brazos cazaban el aire tratando de alejar los demonios, pero volvían a desaparecer, cuando creía que se había alejado, las sombras empezaron a golpearme en la cara. Sangraba, sangraba.... una sirena se escuchó a lo lejos, como eco en el espacio desapareció tal cual como había aparecido, las luces rojas no me dejaban ver, me enceguecían... todo se volvió negro, al despertar del silencio, en medio de la oscuridad, descubrí mi estado de inconsciencia, nunca supe lo que había bebido, ni que sabor tenía, mis labios estaban secos, mi ropa era un asco y el olor me alejaba de mi espíritu.



Al instalarme bajo el chorro de la ducha, sentí que los demonios se alejaban, el agua corría por mi cuerpo lavando mis pecados de inconsciencia. Luego al salir de ella me tire sobre el viejo catre de bronce, y entre temblores cerré mis ojos esperando que el sol de la mañana que entraba por la ventana me cubriera de calor.
Gustab

martes, 16 de octubre de 2007

Los tres deseos.

Esa tarde mi aspecto era triste, acongojado, las culpas por la vida que había elegido me perseguían. Esa tarde decidí que la mejor manera de salir de este estado era bajar a la playa de los pitucos. La lluvia torrencial que acompañaba mi soledad no era un impedimento para tirarme sobre la arena mojada y dejar que la lluvia terminara por lavar mi rostro envejecido por el abuso de estado de bohemia permanente que me perseguía.
Por abajo una arena mojada, por arriba una lluvia incesante que amenazaba con las penas del infierno. Sin embargo me tendí sin pensar las consecuencias, por dentro la cálida compañía de la soledad me mantenía vivo. Mi cumpleaños se acercaba, eran muchos años de divagar entre historias, y hasta ese momento me preguntaba que desearía para ese día. No esperaba compañía, el alejarme para escribir del mundo me había dejado abandonado, sin embargo mantenía, curiosamente, mis deseos latentes. Me preguntaba que pediría este año. El vaivén de las olas acompañaba mi intranquila existencia, miré al mar y reprochando la soledad tomé una vela entre mis manos y ejecute el único acontecimiento que acompañaría mi cumpleaños. Tres deseos, sólo tres. Total , en el pedir no hay engaño:
Mi primer deseo fue... La inmortalidad. Cosa que se veía imposible debido a la cajetilla que fumaba a diario, mi licenciada vida, y el compañero más fiel de la soledad, el alcohol.
Pero igual nació en mi mente ese profundo y oscuro deseo. Bueno en cierta manera este deseo sería concedido no como una promesa de vida eterna, pues mis letras inmortalizarían mi alma.
El segundo de los deseos fue ... la riqueza. Cosa que también se vería imposibilitada, pues mi vida no se caracterizaba por el ahorro precisamente, pues entre libro y libro, los tiempos de espera se hacían eternos, y había que sobrevivir mientras el siguiente golpe creativo llegaba a mi mente, que por mis tiempos de divagación no eran cortos. Pero pensaba que el día en que yo muriera, los derechos de autor quedarían en manos de alguien. No importa quién.
Y mi último deseo fue muy cursi, .... el amor. Cosa que tampoco se podría cumplir si seguía en mis andanzas de bohemio trasnochador. Si bien mi personalidad se vuelve atractiva para ciertas señoras de sociedad, ninguna de ellas buscaría unirse para toda la vida con un hombre como yo.
Pero aún esa cursilería tenía salvación. Pues muchas de mis amantes quedarían con esa semilla que había plantado en ellas, nadie podría satisfacer sus ególatras
sueños de snobismo, pues muchas se ofrecían sin mediar seducción alguna por una aventura con este escritor, que todos criticaban, pero que ninguna dejaba de leer. En ellas estaban guardadas las riquezas de aquellos comerciantes y empresarios enriquecidos con el sudor del pueblo, que no escatimaban en recursos ni esfuerzos para satisfacer los caprichos de tan bellas y sensuales mujeres de sociedad.
Los artistas solemos ser chics, al momento de vivir una aventura, y de publicitarlas en alguna peluquería o sauna de sociedad.
Al despertar de mis tres deseos, sólo miraba a mi alrededor, las olas seguían ahí, mi soledad seguía acompañando esa lluviosa tarde. Y sin pensarlo sople la vela. Aún sabiendo que esos deseos jamás se iban a cumplir.
Tomé la botella de licor que aún estaba en mi bolsillo, bebí de ella e hice un estruendoso ...¡ Salud!... Y mojado como Diuca tome las viejas calles para dirigirme al ascensor de los astilleros.
Al pasar frente a la Japonesita las chicas me saludaron....
- Gustab... mi amor cuando vienes por aquí, ....- y sin siquiera mirar a mi alrededor decidí que mi vida era muy similar a la de Madmoiselle Ibón.

Los adoquines se hacían resbalosos a cada paso, las luces se empezaban a despertar en el puerto, y los zorzales comenzaban a anunciar la hora de los amantes. Venessa me esperaba en el Gato Viudo, y su cuerpo envuelto en bata de seda, me anunciaba , que a pesar de todo, cumplir años no era tan grave, ni tanta era mi soledad, aunque costara algunas chauchas la noche.

GUSTAB

miércoles, 10 de octubre de 2007

mademoiselle Ibón

"Al entrar al bar, ya noche, al fondo de la barra, una bella mujer fumaba con una larga boquilla un cabaña, uno de esos cigarrillos que van dejando a su paso una gran estela de humo, denso, de olores fuertes.
Han pasado diez años, Madame Ibón, una francesa que vivía de sus recuerdos en el Beaudeville, una actriz de exuberante belleza, de platinados cabellos y unas ojeras, que de largas, se podían pisar, le conversaba al mozo de la barra de sus tiempos de estrella, delante de ella, las copas de ginebra llenaban el mesón.

Ibón era una francesa que venía de París. Cuando ya su fama se apagaba como los faroles de las viejas calles adoquinadas, decidió viajar y recorrer el mundo, hasta que su marcha se detuvo en este puerto lejano, lejos de su París, y lejos del Beaudeville, terminando en los espectáculos del viejo burdel, donde cantaba con su voz gastada, y vestida de viejas cedas y demás, quería revivir su época de oro en la ciudad luz, y entre borrachos se hacía escuchar acompañado de un viejo pianista de Jazz, tan negro y gastado como la voz de Ibón. Sus lastimeras canciones hablaban de los días de París, sus amores de aristocracia, hasta de un gigoló Argentino que con las promesas del cielo la convenció para que se fuera a Buenos Aires con él, donde ella volvería a renacer la estrella que era o había sido en el Moulin Rouge, de donde ya no la llamaban por sus gastadas cuerdas vocales que la hacían desafinar. Mademoiselle Ibón, se apagaba como su voz, y de la champagne ahora bebía ginebra en los bares de este triste puerto que la acogía para no dejarla morir, y entre copa y copa, entretenía a los cristianos contándole de su viejo París, y de lo famosa que era. Todos sabían que era la manera de mantenerla viva, hasta que un porteño argentino la recogía al despuntar el Alba, y se la llevaba entre vítores falsos de admiración.
Diez años habían pasado de ese día que abandono las iluminadas calles de París, por estas oscuras calles de adoquines que cuando se mojaban, el brillo de los viejos faroles, la hacían volver a su tierra y divagar....

Madame Ibón, aquella bella mujer, aquella platinada que en sus buenos tiempos hacía suspirar al hombre que se le cruzara en su camino, aquella que enamoraba con sus viejas historias, aquella de escotados vestidos, donde mostraba sus senos que marcaban el paso cruel del tiempo. Aquellos tajos en el vestido, que iban enmarcando las viejas columnas que la sostenían en pie, esos tajos que algún parroquiano aprovechaba para acariciar soslayadamente su tersa piel, que aunque el tiempo pasara, no dejaba de excitar. Cuantas manos habían aprovechado ese estado etílico y aquellas vanidades de mujer, para manosear sin pudor, para luego esconderse en el baño para masturbar sus ahogados deseos de aprovechar...Madame Ibón, madame Ibón.
La lástima me había llenado de nostalgia, y salí del bar medio asqueado y porqué no decirlo, excitado, por aquella imagen que me hacía recordar mis pasos que alguna vez, recorrieron París. Ya no es la flor de París, es la rusia francesa del ginebra y gastada voz. Los adoquines se me hacían difíciles de esquibar, el agua ardiente no me dejaba coordinar, la vieja puerta de mi edificio no había manera que se quedara quieta para poder apuntarle a la gastada chapa dorada, aquella que en honor a la Francesa, la llamaban Mademoiselle Ibón. Cansado de intentar abrir el portalón, me dejé caer pesadamente sobre los escalones de la entrada, y cerrándo mis ojos, la imagen de la madame, acunó mis pesados ojos hasta caer dormido, esperando que algún parroquiano me ayudara a entrar."
Gustab

domingo, 7 de octubre de 2007

Libertad.......

" Ella estaba obcesionada por él, maldijo tantas veces su belleza y seducción, que se alejó de todos sus principios, la moral se había derrumbado, el deseo había superado todas sus creencias, casi para renunciar a su vida, y darle todo a él, más la sombra cubrió el camino a su corazón, y escuchando el cerrojo que salía de su pecho, quedó vacía, y aún así seguía viviendo por él."


" Ella se apoderaba de todo lo que palpitaba en él, su atracción por aquél desconocido no la dejaba pensar, lo quería todo, pero él había nacido libre, y quería escribir, nada era más importante para él, de sus atractivas letras nacían las atracciones que sentían por él, pero cuando quería hablar, se convertía en uno más de sus personajes, y escondiendo su deseo y personalidad, se dejaba querer, sólo el temor y la adrenalina lo llevaban al orgasmo, el seguiría seduciendo no importaba si por ese hecho algún día tendría que morir."

"luego al entrar nuevamente a su cuarto daba vuelta el tintero sobre la hoja de papel, la que guardaba celosamente entre ajadas hojas de algún viejo libro de política internacional."

Gustab.......

jueves, 4 de octubre de 2007

Caos en el puerto.

Entre ojos verdes y pañuelos artesanales,Entre voces sensuales que liberaba el auricular, Gustab divaga día a día, Tan lejos y tan cerca.Venus siempre se presenta en su vida extasiando la mente lujuriosa del escritor.
"Hoy la hoja enquistada fluye.
En la vieja casona de Arturo Prat, Las cintas amarillas no dejan entrar, Las balizas invitan a los mirones a alejarse del lugar.
El descendiente de los Belmar sigue escondido tras las puertas de prostíbulos y bares de baja monta.
Las gitanas del puerto tiran las cartas tratando de averiguar que paso con el extraño de vista perdida, de ojos divagadores.
Los enrojecidos ojos del poeta maldito delatan su locura, y su propia maldición."
Gustab se pierde entre las teclas de la vieja Royal.
El tranvía hace rechinar los rieles que están incrustados en los adoquines, el café no deja pensar, los Músicos del Gato viudo no dejan escuchar, las prostitutas de aguzados tacos golpean sobre las piedras de la vieja calzada, los burdeles cierran sus puertas para recibir una vez más a los marineros de los viejos petroleros de Panamá, los barcos han dejado caer las anclas, las faenas de las harineras están en paro, vuelve a sentirse el olor del mar, húmedo y mojado, rocía los viejos adoquines mojados por la sal, las calles se van llenando de vidrios de botellas que dejaron caer algunos borrachos, el olor a ron, agua ardiente y sudor, se mezcla con la brisa que al fin dejó escapar el mar, las faenas están en paro, el puerto es un caos, los ascensores no dejan de subir a los desocupados de la ciudad.
A pesar de l terror por el sicópata del puerto, este no detiene su andar.

Gustab trata de escribir sus mejores lineas, un libro que Hablará de los gitanos, " Cuentos de gitanos" lo titulará.