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martes, 24 de febrero de 2009

El Seminario...

Todos tenemos un secreto muy guardado, quizás hasta olvidado, pero hoy ante la pregunta de una seguidora les voy a contar el mío, pues alguna vez se me ocurrió contarle a alguien que jamás supo guardarlo.
Egresé joven de un colegio cristiano, de raíces hispanas, tenía apenas 16 años. Como buena familia de ese origen, todos guardaban un hijo para la iglesia, o soñaban con entregarle un hijo.
Mi vocación empezó un día lluvioso de julio, y durante meses lo oculté a mi familia, pues no era precisamente el perfil de un religioso. Pero antes de que terminara el año conversé con un sacerdote, que como complice, se aseguró que postulara a mis deseos.
Entré un verano caluroso ante la negativa de mi padre, y una madre que no sabía que pensar. Me trasladaron a provincia, muy cerca del mar, Melipilla, y junto con algunos jóvenes algo mayores que yo, entre un 15 de diciembre. Durante meses me aboqué a tareas de la vocación, encerrado entre cuatro murallas frías y sin calefacción, mucha oración y algunos deberes que se me habían asignado.
Tras estas envejecidas murallas se fue generando una historia que hoy voy a contar. Estas eran grises, propias de la vida en claustro, una solitaria y desnuda cruz, adornaba este ambiente de vocación, y el techo era muy blanco, pero muy mal pintado, pues la pintura se había englobado con el pasar de los años. En verano, era muy caluroso, y en invierno, el frío te penetraba sin compasión. Ahí pasé un año, tratando de no pensar en nada que me distrajera de mis labores, pero con un rincón de mi mente que se disparaba en sueños típicos de la libertad. Y llegó un verano más, el calor se apodero de las hasta entonces frías murallas de adobe. Un día desperté desnudo sobre mi cama con una erección que dolía de lo hinchada que estaba. Mi mente dibujaba el cuerpo de una mujer que había visto revoloteando por el seminario, una mujer que recogía moras y luego de la cosecha se retiraba al río para bañarse desnuda, María, se llamaba esta mujer que hoy aparecía ante mis ojos ensoñados en el día más caluroso de mi vida. Nombre bíblico; santo y pecador a la vez.
Algunas veces me la topé en el camino que me llevaba al pueblo, donde compraba los víveres del mes, harina, vino, etc.etc. Ahí estaba, como siempre, con sus manos moradas por el jugo de los frutos, y sus labios color purpura de alguna que otra que no caía en el canasto, sino los dedos la desviaban a la boca. Era muy niña, pero en el campo, la mujer se ve diferente a la ciudad, ella representaba unos veintitantos, cuando sólo alcanzaba los quince o dieciséis. Siempre con el mismo saludo... Hola padre Cristo, como amaneció hoy...- yo trataba de guardar el recato y contestaba, buenos días hija... y continuaba mi camino... Me decían padre Cristo en el seminario, aunque estaba lejos de serlo. El nombre venía de una extraña arruga que se formaba en mi frente cuando fruncía el seño. Y no era nada regular, parecía una cruz, con una vena que al arrugarse formaba algo parecido a un Cristo crucificado.
Ese día del que les hablaba, el calor hacía lo suyo, y la desnudez lo de ella, no quería entender nada, solamente corrí por el campo hacia el río, y como hacíamos con nuestros compañeros encendí un cigarrillo lejos de los ojos del padre Pío, sin antes rodar por una pendiente que me llevaba directamente al río, donde las raíces que sobresalían de la tierra, fueron cortando mi espalda seguidamente. Cuando logré calmarme, y dejar de correr, me senté en una roca mirando las aguas correr de un lado a otro con extraña calma. Ese ruido me tranquilizaba, y el silencio del lugar prendía paz en mi alma. A pocos pasos de ahí sentí chapoteos en el agua, era María. Se bañaba desnuda flotando en el agua a la deriva. Pareció que mi corazón se detenía para siempre, al parecer ella no me había visto, pero luego descubriría lo contrario. En silencio disfruté la vista del pecaminoso cuerpo que flotaba en el río. Su dorado cuerpo acusaba una gran exposición al sol por años, y sus cálidas formas me decían que aunque pareciera una niña, su cuerpo era el de una mujer. Sus senos eran como dos duraznos endurecidos, su cintura era delgada y su columna muy espigada, Larga ... interminablemente hermosa, la que terminaba en unas carnosas nalgas tan morenas como su piel. Creía yo que no me vería si me acercaba un poco más, su nariz respingona y gruesa golpeada por las ínfimas olas que formaba el río, se habrían una y otra vez tratando de mantener fuera el agua. Algo la hizo voltear, y repitió como siempre,- Buenos días padre Cristo, como amaneció hoy?...- y se hundió en el río para voltear y mirarme chispeantemente a los ojos emergiendo del agua. Se quedó con los pechos desnudos flotando con el agua, mientras sus pezones se mostraban duros y jóvenes saliendo una y otra vez. No respondí, estaba paralizado por el miedo, y ella continuó...- ¿ qué son esos nudos que lleva atados a su cordel? ¿ esos, los que afirman la sotana...?...- respondí con temblorosa voz..- no son nudos, son votos, promesas, que no debo olvidar... castidad, pobreza, ... no..no lo entenderías.-y guardé silencio otra vez. - Hay sangre en su sotana.- corría la sangre producto de los golpes que me había dado, quise que se olvidara, pero insistió en curarme. Bajé la sotana hasta la cintura, y dejé que me curara después de mucho ella insistir.
Mojó su calzón para pasarlo por mis heridas, eso dolía, ardía como si cortaran una vez más la piel. Mientras temblaba de dolor ella repetía..- Hay padrecito, que piel más suave tiene...- hasta que sentí como su lengua limpiaba mis heridas...tibia y juguetona, las recorría una y otra vez, y sin resistir la tentación, me dejé caer sobre sus piernas desnudas...hasta que sus labios se posaron sobre los míos...... mi cabeza ardía, mi corazón latía sin control y mi sexo... mi sexo... Más cerca del infierno que del cielo, mi cuerpo dejaba escapar el alma, para dejarse llevar por la carne y sucumbir al pecado... Los rostros de miles de personas pasaron por mi mente, pero ya ardía en el fuego y dejé que mi alma se perdiera entre sus caricias, besé, bebí y comí de su cuerpo por mucho tiempo, hasta que sentí como sus piernas se habrían para dejarme beber de su cáliz, mientras ella bebía del mío...
Perdón por el caliente relato, pero si no lo cuento así, no sabrán porqué renuncié a mis votos, para llegar a convertirme en el escritor que hoy les cuenta este secreto...
El sabor que soltaba su sexo se convertía en el más sabroso de los bocados, en el elixir sagrado, en el secreto pecado. Sus caricias encendían cada retazo de piel sana que había quedado, mi sexo pulsaba como el demonio mismo, mientras sus gruesos labios sacaban toda la pasión contenida, hasta que se desíso entre sus dedos botando todo aquello que hasta ese día conocía y además creía, como aquella primera vez en casa de mis abuelos. Luego vinieron sus gemidos cortando el silencio con encantadora precisión, mientras los ruidos del agua y el piar de las aves, desaparecían para llenarlo todo de bramidos salvajes. Su boca soltaba el aire entre pequeños gritos, mientras yo seguía bebiendo de ella, hasta que sus manos cayeron al suelo apoyando el desvanecimiento que se hacia inminente. Entre resoplidos fue a caer a mi lado, mudándose quieta sin decir palabra alguna. Luego de un rato de escuchar al río, le pedí que se montara sobre mí, y mientras observaba sus bellas caderas moverse cadenciosas sobre las mías, mis manos recogían sus senos con extraño placer hasta ese día desconocido, para deleitarse con sus redondeadas y carnosas formas, mientras mis labios recogían esas gotitas de néctar biscozo que salía de ellas. Durante unos instantes se movió con tranquila ligereza, hasta que el demonio le entró en el cuerpo enterrándose en mí, hasta que mi cuerpo soltó con fuerza una vez más todo el jugo de la vida, para llenar cada rincón en su interior con precisión absoluta, jadeando sin control una y otra vez, y quedamos vacíos y sin sueños, sin vida espiritual alguna, pero con un inmenso placer que me alejaría para siempre de las palabras y juramentos que alguna vez había dicho o hecho.
De vuelta en el cuarto de oración, sentí que ya nada era lo mismo, que las oraciones no tenían sentido, y que el perdón no era algo que ocurría por ser un religioso, sino que por ser un ser humano, y valga la redundancia, un ser humano.
Me saqué y doble la sotana con delicadeza, besé los cordones y desaté los nudos con cuidado, y me alejé de ese lugar para siempre renunciando a todo por un largo tiempo. Mientras me miraba al espejo y tocaba las arrugas de mi frente, me preguntaba porqué...

Gustab, En reconciliación.

sábado, 21 de febrero de 2009

Morena.




Había descubierto su soledad. Cada mañana subía a la asotea, se quitaba la ropa, y miraba al puerto. Su cuerpo ya no era el de una adolecente, pero mantenía intacta sus facciones de mujer, y aunque ya nada estaba en el mismo lugar, no dejaba de seducir a una simple mirada.


Sólo me acerqué, no estaba sorprendida de verme, y su cuerpo despedía un fuerte aroma. Sus ojos cabisbajos no dejaban de mirarme, mientras su piel se desprendía en granos al sentir la brisa del viento en su cuerpo, la sal se prendía en su cuerpo, el sudor de la noche anterior, aún permanecía en su piel, el sol seguía quemando su figura morena, y sus cabellos se mecían con el viento. Oscuros sus ojos, no dejaban de mirar al mar, el puerto la saludaba con las sirenas de los barcos en esa fría mañana de neblina. Las gotas de humedad se iban adhiriendo a su cuerpo frío.


Respiré profundamente y me acerqué para rozar su piel, la que agitada por el roce de mis dedos, parecía desprender un aroma aún más fuerte. Olía a sexo, profundo, voraz. Hormonas les llaman, pero ese lenguaje técnico, no le hace honor a ese aroma. Mis dedos subieron desde su vientre hasta sus senos disparados y duros. Levantó su cabeza y miró a mis ojos. Mirada permisiva, candente y deseosa. Sonrió, mientras mis dedos volvían a bajar para recorrer su exquisito vientre, éste serpenteaba a cada desliz de mis dedos, hasta que se perdieron entre sus bellos púbicos, los que se enredaban entre mis dedos. Luego como un gran equipo se unieron todos para bajar entre sus muslos humedecidos por el rocío de la mañana y el espeso néctar que fluía desde su interior, excitada, impúdicamente atractiva, hasta hundirse entre sus labios hinchados. Empalagosa sensación, resbalosa, lúdica, suave como la miel y resbaloza como el aceite. Luego busque la primorosa cabeza que asomaba entumecida. Ahí estaba, asumida como un atractivo cuerpo de mujer. Fueron mis dedos los que hicieron que sus rodillas temblaran mientras se escondían en la tupida y salvaje selva de sexo y deseo. Gemidos bañaron la soledad de la asotea, y sus cuerpo empezó a moverse al ritmo cadencioso que le inyectaban mis dedos. Su boca babeaba de placer hasta que sus piernas no resistieron el peso de su propia humanidad y cayendo de rodillas ante mi, dejó que su boca se apoyara sobre mi sexo. Sus manos no tardaron en buscar mi desnudez, y desabrochando mi pantalón, dejó que éste cayera, para tenderse de espaldas en el frío cemento de la construcción. Me acercó tomándome de las caderas para que mi cuerpo se enterrara en ella. De ahí sus manos hicieron todo el trabajo. Aferradas a mis nalgas me insinuaban el movimiento que ella quería, mientras sus labios sólo se dedicaban a gemir palabras de deseo. Deliciosa sensación, ese cuerpo sabía exactamente lo que quería, y mi cadera giraba produciendo contracciones en sus muslos que no dejaban de aferrarse a mi espalda. Sin darme cuenta de como pasaba el tiempo, me dejé llevar....


Las convulciones no demoraron en llegar, su interior fue bañado entre sabrosos quejidos de mi boca, mientras mi vientre convulcionaba a cada pequeño movimiento que ella producía, y no dejé de convulcionar hasta sentir como sus piernas me ataban para no dejarme escapar de sus deseos y en ese momento me apreté a sus sexo dejando salir todo aquello que le aprisionaba su corazón, y temblando entre jadeos, nos fundimos como una pieza de metal forjada a fuego vivo.


No quise levantarme cuando ella se fue, ahí desnudo en el frío suelo, la vi salir del lugar, mientras sus muslos iban dejando escapar un suave néctar que goteaba entre sus carnes y sus nalgas se remecían a cada paso que daba. Al verla como se agachaba a recoger su ropa, no pude dejar de mirar el brillo que tenían sus vellos al caer el sol que emergía para iluminarlos, morenos, crespos y deliciosos. Me miró, sonrió y desapareció por la pequeña puerta de la asotea.

Gustab.