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martes, 27 de enero de 2009

La dama del tranvía...

No recuerdo cuando dejé de ser feliz, no recuerdo cuando fue la última vez que le alcance las nalgas a una mujer sólo para probar cual sería su reacción. Y aunque las he tocado toda mi vida, esas que tocaba antes por deporte, ahora, siempre actúo a la segura.
No recuerdo cuando deje de seducir con mis palabras y crear en las mujeres ese deseo oculto que esconden todas. Ellas que siempre se sonrojaban y luego soltaban una cachetada para decir que no, pero que luego se cruzaban en tu camino para que las volvieras a pellizcar.
Eso volvió a ser. Hoy se cruzó una de estas señoras en mi camino, mayor, tan mayor como seductora.
Las delgadas telas de su vestido me animaron como en esos tiempos. Al subir al tranvía, la vi del principio del vagón. Tan señora y compuesta como su facha. Me acerqué para mirarla de lejos, su delgada blusa oscura delataba la piel desnuda al otro lado de la costura. Ahí me quedé, fijos mis ojos en el escote de su vestido, y esos pezones que acusaban una excitación por esa mirada. A cada frenada del carro, sus senos temblaban como gelatinas, pero no perdían su hidalga figura. Carnosos y redondos como dos balones de basket. Era tan exquisita esa imagen que no tarde en caer en trance, mientras otros empujaban atrás para abrir espacio en el carro. Su cuerpo se fue acercando al mío produciendo temblores en mis manos, hasta que estuvo al alcance de mis manos. Sudadas por la imagen de esa mujer, deje que estas cayeran hacia abajo quedando al alcance de sus nalgas. Lo demás es sabido. No demoraron en perder la tranquilidad y se posaron delicadamente sobre sus carnes duras pero blandas a la vez, o debo decir firmes. Pude sentir como su piel se acomodaba a la forma de mis inquietas extremidades, y las dejé ser. Posada sobre el delgado vestido, la diestra fue recorriendo sus voluptuosas formas, y sin apartarse, dejo sus glúteos descansar en ella. Sentí como sus nalgas se habrían entre mis dedos, nada había entre ellas. Desnudas bajo el oscuro vestido, se dejaron acariciar eternamente, hasta que una frenada del brusco carro, dejó que estas se apretaran contra mis genitales haciéndolo crecer como aisberg que emerge del artico mar. Sentí el roce de su carne que envolvía deliciosamente el erguido miembro oculto, también desnudo tras las telas, moda que había adquirido en Buenos Aires cercano al mar del plata, de turistas europeos que alivianaban sus maletas para recorrer el mundo de la forma más liviana y menos trabajosa. Este tiritaba entre sus nalgas, que curiosamente, como ventosas, envolvían mi sexo hasta sentir el calor de su piel. Nada demoró en tomar un curioso vaivén la compuesta dama. Las frotaciones se fueron intensificando sobre mi verga como una segunda piel, mientras mis manos distraídas iban levantando sus faldas entre el congestionado carro del tranvía. Su perfume entraba por mis fosas nasales hipnotizando mi mente que se dejaba llevar por los acontecimientos. Cada roce era una provocación para seguir adelante. Por un momento parecía que perdía el conocimiento. Y no resistí más. Mis manos se dejaron llevar, deslizándose por su ligero rozando suavemente su piel, y recorriendo sus caderas alcancé sus senos, para estrujarlos entre mis manos. Ella se apretó a mí, y sin inmutarse, llevó sus manos hasta alcanzar mi sexo embrutecido, y bajando el cierre, se introdujeron, para con ligeros apretones y caricias , hacerlo explotar en sus manos. Luego limpió el resultado en el interior de mi pantalón, hasta que unos curiosos ojos de una colegiala se clavaron en sus senos, que eran recorridos descaradamente por mis manos sin vergüenza. No demoró en voltear para soltar su mano desocupada sobre mi rostro, al momento que mi sorprendida mano se agarraba entre sus piernas para no caer, y tan bien agarrada quedó, que su cuerpo se estremeció, para soltar con sorpresa, un chorro que corrió por sus piernas.
Lo sub-realista de la imagen en el tranvía, hizo que las otras damas que iban en el carro, gritaran como locas escapando del manicomio, a la vez que sobre mí, caían una lluvia de manotazos de los supuestos caballeros que nos rodeaban, hasta dejarme caer peligrosamente sobre la loza del paradero.
Todo fue muy loco, pero la adrenalina que liberé, fue tan agradable como la sensación de haber tocado esa piel lozana de mujer llena de experiencia y seducción. Me pregunto ahora, ¿ qué estará sintiendo en estos momentos esta señora?....

El tranvía se alejó golpeando los rieles, mientras que los duros adoquines enfriaban los golpes que sentía.


Gustab, atrevido.

martes, 20 de enero de 2009

Seducido por la muerte.



Son las 4:30 de la mañana, no he logrado pegar un ojo. Soñoliento me asomo por la ventana, el puerto esta en calma... Escucho algunos tacos golpear sobre los adoquines, van rápido, como huyendo de la oscuridad. tomo mi cuaderno y un lápiz, salgo de amanecida. Mis pasos se apuran en alcanzar las escaleras de piedra, no quiero mirar hacia atrás. Por los cerros busco el camino a los acantilados.
Hoy me siento tan débil, tan frágil... tan frágil, que un alfiler me quitaría la vida. Un simple alfiler. Estoy desnudo, hace frío, y el mar deja escapar su estruendoso vozarrón golpeando las rocas abajo, como si quisiera llevarlas mar adentro. Desnudo, si,... porque uno se viste cuando tiene que cargar algo en los bolsillos, yo no tengo nada que cargar. La soledad me acoge, si, muchos otros en estos momentos quisieran estar con sus padres, o algún ser querido, yo no. Me siento tan sólo Dios mío, hay tanta rabia en mi corazón, tanta frustración, tanta soledad. Vacío, si vacio..
Al acercarme a los acantilados, siento como el viento penetra mi piel. Silva sin compasión,... o con pasión... no sé. Me siento en una húmeda roca bañada por el rocío del mar, aquel que sueltan las olas cuando golpean y se levantan más allá de tu imaginación. Voraz, el mar esta voraz, ruge con fuerza bajo mis pies... el silencio de la mañana me embarga, más las olas no dejan escuchar nada más. El mar seduce, abajo los remolinos se tornan verde profundo, gris, y la espuma lo cubre todo.
¡¡¡Dios, que soledad!!! ... que triste soledad.
Se levanta niebla a lo lejos, en los cerros, allá, donde el acantilado cambia de nombre. Algo camina hacia mí, una silueta hermosa. Entre nubes la logro distinguir, es una mujer morena.
Viste un neglillé negro, su pelo negro flota en el aire, el viento la peina y despeina, sus redondas caderas, sus grandes senos, su piel salpicada de gotas , rizada por el frío. Sus grandes ojos negros, y las pestañas que los cubren. Sus rojos labios brillantes, su apagada voz.
El viento silva, y va levantando las telas delante de sus piernas, dejando entrever los vellos pubianos, su escondido sexo.
Majestuosa soledad,... y yo desnudo sentado en estas mojadas rocas,heladas, frías como la nevera del viejo café.
Al llegar a mi, se detiene, mientras el viento, sigue jugando con su vestido negro. Sus traslúcidas telas dejan ver los endurecidos pezones, sus firmes senos, y su delicado vientre moreno. El viento la dibuja como un pincel, y sus labios vaginales se asoman tras las jugarretas del viento. él trae su aroma hasta mis narices, mientras mis dedos se deslizan por sus pantorrillas tratando de alcanzar su sexo. Al llegar a sus muslos, puedo sentir la tibieza que arranca de su interior.
El mar me llama, me acerco a los acantilados, ella me toma de la mano y me invita a saltar. Puedo sentir el agua bajo mis pies fríos, ella sonríe... no siento mis genitales... mil rostros saltan a mi mente, mis dedos se cierran, siento como mis uñas se clavan en mi piel. Algo nace en mi vientre,sube por mi cuerpo agolpándose en mis pulmones, mi garganta no lo deja salir.... de pronto mis labios se abren y un grito quiebra el silencio...........
Estoy sólo, sólo... vuelvo a los acantilados ... miro el mar... abro mis brazos, y vuelvo a gritar... siento como mi cuerpo tambalea, se mece con el viento...siento la sal entrar por mis poros y el frío por mis huesos...tomo vuelo y me voy hacia el vacío.... mi cuerpo se moja tirándome hacia atrás y un golpe cierra mis ojos, mientras mis labios guardan silencio, todo es oscuro, todo silencio... ya no hay frío, no hay dolor............
No siento mis genitales....no, no los siento... sin embargo puedo sentir que a lo lejos, ellos están tibios.... y un gemido los acompaña.
Escucho algo, si, dos palabras... que es...que...

-Estuvo cerca.
Vuelvo a sentir tibio mi cuerpo después de un tiempo indeterminado... mis genitales vuelven a latir, una suave caricia lo despierta...una mano suave lo calienta, unos dedos largos los dibujan.
Mis ojos se cierran... sólo puedo escuchar los latidos de mi corazón.


Gustab, seducido por la muerte.