Quítame los años.
Te miro con hambre de piel, despacio, y al primer roce de mis dedos el silencio de tu cuerpo se rasga como un pliego de agua suspendida. No hay prisa. En esta habitación las horas han dejado de caer y flotan en el aire, redondas y transparentes, como burbujas de vidrio soplado. Mis ojos recorren un fuego fiel que camina por tus costillas sin quemarte; es una llama fría, de un azul nocturno, que va bebiéndose la geografía de tu vientre y dejando a su paso un rastro de arena de cuarzo y fósforo. —No respires tan fuerte, —murmuró ella, mientras una línea de hormigas de luz subía por su clavícula—. Si el aire se agita, la gravedad va a recordarnos que la cama existe, y todavía quiero seguir flotando en tus ojos. Bajo la luz esmerilada que se filtra por las grietas del techo, las sombras se niegan a tocarse. No hay tela que tape lo que hoy desnudas, porque tu desnudez no es la ausencia de ropa, sino la apertura de un paisaje. Al mirarte, tu mirada hambrienta me deja atado a tu pecho, donde ...









