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viernes, 14 de septiembre de 2012

Marginal

Hoy camino solitario entre callejuelas oscuras y mal olientes, los adoquines parecen más opacos que de costumbre, los tambores de aceite usados de basurero aromatizan la noche, sólo en algunos rincones se pueden ver ligeros brillos, pero son los orines de algún borracho que no pudo llegar a algún lugar donde fuera permisivo desaguar esas cervezas baratas que bebió en algún bar de mala muerte, pues de esos abundan en este puerto, donde no todos tiene un buen pasar para beber algo de más categoría.
 La noche esta fría, y en los rincones, lejos de las farolas, algunas muchachas de dudoso pasar, expelen bao de sus bocas calientes y cuerpos fríos. El invierno a sido duro, los clientes escasean, pero nunca falta algún marinero, que por algunos morlacos esta dispuesto a comprar un cuerpo tibio que le haga creer y sentirse amado, aunque este sentimiento dure, lo que su cuerpo sea capaz de resistir los embates de su amada, y finalmente eyacule entre embestidas contra la muralla, unos cuantos besos cuneteados y caricias olientes a pescado frito y sexo barato.
Las bombillas a kerosene titilan sin parar, las calles están más oscuras que nunca, sólo nubes que esconden la luz plateada de la luna, logran contar y volverse testigos de estas furtivas amantes, que por dinero, son capaces de hacerte sentir el hombre más bello y atractivo del paisaje. Sus almas vacías, sus cuerpos llenos de caldos espesos de muchos amantes y pocos amores. Lánguidas y tristes se esconden en los rincones queriendo ocultar su vergüenza, y atentas a esos hombrones que prometen hacer valer la noche, y rescatar desde su vergüenza, el costo que pagan por seguir sobreviviendo a las noches frías del callejón. A veces las veo acariciarse entre ellas para calentar sus cuerpos vestidos en cortas telas y profundos escotes que huelen a perfumes baratos comprados en el mercado de las pulgas que se instala cercano al muelle y escalando los cerros abarrotados de personajes lúgubres y marginales, que buscan entre sus baratijas, una razón para seguir viviendo y sintiéndose parte de una sociedad que los ignora, fantasmas sin cuerpo ni esencia.
Mientras recorro estas calles vacías y malolientes, rescato entre los adoquines algunos pasos sin sentido, pienso en algún contenido que haga que mis escritos vuelvan a tomar sentido, pero el frio no me deja pensar, la bufanda esta gastada, ya no abriga mi delgado cuello por falta de comida y exceso de aguardiente que va envejeciendo mi desafortunado cuerpo. Y este abrigo que algún día saque de un escaparate del corte ingles, cuando mis libros aún vendían ilusiones, y no narraciones gastadas y patéticas historias de puerto.
Mis años en el sanatorio, parecían haber congelado mis neuronas , transformándome en un vago más de la literatura, y frustrado escritor.Los medicamentos que embutían las enfermeras en mi boca para luego abusar de mi estado, y mi belleza loca empobrecida por el desgaste de la droga que acostumbraba fumar cuando me juntaba con la bohemia de las expresiones artísticas más envanecidas de la época; crak,  aquellos que nos considerábamos distintos y eramos mantenidos por amantes, que llenos de dinero y vacíos, necesitados del toque de la vara mágica e ilusoria de la educación y la cultura que ellos no tenían por tener que sostener su nivel social, preocupándose que sus maridos empresarios portuarios y mineros mantuvieran en sus lujosas casas las fiestas que mantendrían las relaciones comerciales para seguir viviendo en el lujo.A ellos no les importaba la labor de sus mujeres, ni sus entretenciones fuera del hogar, pues necesitaban de sus fiestas y correctas políticas de negociación.

Gustab, vagando por las calles del puerto.