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domingo, 25 de mayo de 2008

Humillado por el deseo.

Los callejones del puerto eran muy oscuros y peligrosos los días de lluvia. En la sombra, muchos pervertidos sometían las atrocidades más horrendas que la mente humana podrían imaginar.
Esa noche llovía torrencialmente en el puerto, y yo a paso acelerado trataba de correr sobre los resbalosos adoquines buscando refugio. Bajo el portal de una vieja casa por fin encontré refugio, hacia el fondo se dibujaba un oscuro callejón, y entre las sombras cómplices de la noche pude distinguir dos cuerpos de fuerte contectura tironeando las ropas de una delgada mujer. Entre las sombras y la oscuridad pude distinguir la silueta de Yamilet, la prostituta que recorría las calles de noche buscando algún desconsolado amante en la noche. Ella gritaba sus groserías con fuerza pidiendo ayuda. Pero nadie la escucharía, sólo yo estaba cerca, y sin ayudar, me quede ahí viendo lo que pasaba. Su desnudez me excitaba tanto como la situación que ella estaba viviendo, pude ver como las bocas de aquellos hombres mordían a placer sus senos haciendo escapar angustiados gritos, mientras sus manos rasgaban las telas del delicado calzón que la cubría para enterrarse en ella, uno por delante, apoyado en unos cajones mientras el otro habría sus nalgas para poseerla por atrás. La chica gritaba, mientras yo excitado por lo que veía, abría mi pantalón sosteniendo la verga hinchada que reclamaba excitada bajo mi pantalón. Las embestidas de ambos sujetos me hacían sentir placeres extraños, culpables, pero placenteros a la vez, sus gritos me excitaban, hasta que sentí, la fría hoja de una cortaplumas enterrándose bajo mis costillas.....
-Tranquilo, te gusta lo que ves?- dijo suave, la ronca voz de una mujer, mientras otra parecía reírse tras de ella oculta por la poca luz del farol.- hmmmmmmmm, ta rico... me dejás tocar?
Mientras una de sus manos apretaba el cuchillo contra mis costillas, la otra tomó mi sexo con fuerza. -Durito.... caliente e mierda, sácate la ropita- me decía susurrante, mientras a lo lejos se escuchaban los gritos de la mujer, donde parecía que la estuvieran partiendo. El horror se apoderó de mi.
- Te gusta mirar eh?!!! bajate los pantalones y acuestate ahì.- me ordeno mientras la otra tiraba de mi cinturón hasta desnudarme.
-Sácale toa la plata a este wueòn, maricón no más, ahora vay a saber lo que es Wueno.-
Mientras la otra vaciaba mis pantalones, ella subió sus faldas, y abriendo las piernas, se poso sobre mi cara....
- chupa carajo, chupa... y su cuchillo empezó a rasgar mi piel bajo las costillas, la mujer gemía de placer- que riicoo, anda chupa mà..- y se enterraba en mi boca ahogando los gritos que no podía
soltar. Sus caderas se movían como si fuera el mismo demonio, mientras el sabor agrio de su sexo emborrachaba mis labios ....- chupa carajo, chupa... y voh... no vay a querer nà?- le gritó a la otra mujer, la que al escuchar la invitación, arremango sus faldas, y se deslizó clavandose en mi sexo. Ambas gozaron de mis caricias obligadas por un buen rato, haciendome eyacular una y otra vez. El doloroso sexo oral que se turnaban para hacer, la fricción de sus dientes, y el cuchillo que se clavaba a cada movimiento de sus cuerpos, fueron causando un gran dolor hasta hacer que mis sentidos no respondieran y cayendo inconciente perdí la noción de lo que pasaba....
Después de muchas horas desperté tirado sobre los duros adoquines, mojado y sangrando, mientras una mujer me miraba a los ojos tiernamente...
-Pobrecito mi poeta.... también abusaron de usté....- Humillado por la situación, avergonzado por mi cobardía, trate de pararme. Aquella mujer me apoyó sobre sus hombros, la sangre no dejaba de salir bajo mis costillas... desperté nuevamente tirado en una cama, mi cintura estaba vendada, mientras la Yamilet disfrutaba haciéndo sexo oral...
- No se preocupe mi poeta, la Yamilet le va a ayudar a olvidar....
Me dejé llevar, y sólo al día siguiente pude regresar a mi frío apartamento, con algo para escribir, pero destruido en mi interior... corrí el rodillo de la vieja royal para iniciar lo que sería mi nuevo libro, y sin encontrar como titularlo, empecé a teclear.
Gustab.

sábado, 17 de mayo de 2008

La verdad...

Años después me enteré que mi abuelo había contratado a esta mujer para que me hiciera hombre, bendita frase.
Esa tarde pasé a la vieja peluquería donde don Peyo, sentí la navaja rasurar mi cuello hasta cortar mi piel. Le conté lo que me había pasado esa mañana, y ahí, como sentencia de muerte me contó lo que mi abuelo había rebuscado en el puerto para encontrar a esa mujer que cumpliría con tan ingrata tarea, aunque siempre pareció disfrutarlo mucho. Lo que ella me enseñó no podría negarlo, pues cada piel que a gozado mi cuerpo, cada caricia que he hecho a alguna mujer, tiene la firma de aquellas que me enseñó " la Nana" en el viejo catre de bronce.
Nunca había entendido porqué mi abuela no había dicho nada después de vernos a los dos desnudos en la pieza. Muchas veces creí que era por vergüenza, por pudor, pero estaba equivocado, mi abuela sólo había comprobado que ella cumpliera con el trato y nada más.Nunca pude olvidar sus rosadas carnes, su olor salvaje, su tupido sexo y la maravilla de sabor que escondían sus senos. La suave textura de su piel, sus sinuosas curvas, y cada rincón salado por el que pasé mi boca. Sus enardecidos besos me hacían erectar cada vez que rozaba mis mejillas, era una mujer sabrosa, tan sabrosa con el más salvaje de los frutos y la fragancia más eterna que ha quedado en mis recuerdos. Su olor esta en todas partes, en cada rincón de la casa vieja de mi abuelo, impregnado en las murallas y cortinas de su habitación, el sólo entrar a ese cuarto me hace evocar, y tirándome en la cama, suelo jugar con la tortuosa dureza de mi sexo hasta explotar.
Ya era tarde cuando salí del bar, la humedad se apoderaba de las piedras que tapizaban mi camino, y los faroles reflejaban su luz, en brillosas chispas que parecían florecer del suelo mojado. El agua ardiente calentaba mis costillas, y a pesar del frío, mi sexo se mantenía erguido bajo el pantalón, lastimado por las costuras, bajé la bragueta de mi pantalón y justo en ese instante,. una voz suave me susurró a mis espaldas. La Yamilet, la prostituta de las calles del puerto pasaba a mis espaldas abanicando sus faldas para mí. Su sexo estaba desnudo, y sin preguntar el precio, la tomé de las caderas empujándola hacia la pared, y deslizándome entre sus muslos, le hice el amor, tan violentamente, como las palabras de Don Peyo cuando me contó lo que mi abuelo había hecho. Cuando por fin el orgasmo llegó a mis sentidos, y lo pude sentir como buscaba la salida, me aferré a ese cuerpo semi desnudo que había recogido en mis pensamientos, para desatar la más explosiva de mis reacciones dentro de él, bañando todo su interior de espeso reposo, hasta caer de rodillas extenuado, mojado por la brisa marina de la niebla que cubría todo, mojado en mi orgullo, mientras el agua corría por su piel. El vestido mojado, los muslos tibios y el intenso sabor de su piel, me mostraban como un hombre puede morir de deseo por el cuerpo de una mujer.
Solté las chauchas que cobraba. Ellos también estaban mojados, pero bien valían la pena para calmar este cuerpo que no dejaba de recordar su olor. Ese olor que despertó al niño, que gracias a su abuelo, pudo cumplir la tradición.
Me quedé apoyado en mis espaldas, los fríos muros que habían sido testigos de lo que acababa de pasar, seguían mudos sin poder hablar. Ella se alejó guardando los billetes en su escote, luego de contarlos una y otra vez. No dijo nada, y se perdió en la niebla que no dejaba de caer.

Gustab

sábado, 10 de mayo de 2008

Recuerdos de Gustab.

Era rara la sensaciòn con la que habìa amanecido ese dìa, la cama estaba tibia, sin embargo al abrir las sabanas, el frìo del departamento penetraba mis huesos. No se porque, mi cuerpo estaba excitado, algùn sueño que no recordaba con claridad, me habìa echo retroceder a mi adolescencia, donde la imagen de la empleada de mis abuelos entraba y salìa de mi cabeza. Acurrucado entre las sabanas, deje mi mente divagar, no tenìa ganas de levantarme, el frìo del departamento me congelaba.Con la sabana hasta el cuello, recordè un dìa en la casona del abuelo.
Me acuerdo que ese dìa, me habìa despertado orinado hasta el cuello, tenìa miedo de levantarme de la cama por miedo al castigo. Tendrìa unos trece o catorce años, y el miedo y la vergüenza, me congelaban en la cama como hoy, en eso entrò la nana en la habitaciòn, y abriendo de par en par las cortinas, me alento a recorrer el dìa hermoso que amanecìa afuera. Desistì con la cabeza, mientras ella se abalanzaba sobre mi llenàndome de cosquillas jugeteando conmigo. Al tirar las sabanas hacia atràs, la humedad de la sabana empapò sus manos. Me mirò, y asintiendo con la cabeza, me dijo:
- A su tata no le va a gustar.- mi cara de vergüenza, y las lagrimas que soltaron mis ojos la ablandaron, y abrazandose a mi, me dijo que no temiera, que arreglarìamos esto entre nosotros.
El calor de su cuerpo, y el sentir sus senos sobre mi pecho, encendieron, yo creo que por primera vez mi cuerpo. Entre las telas de mi pantalon, mi sexo se endurecìa, sin poder hacer nada contra eso. De alguna manera ella lo presintiò, y al levantar la vista y mirar el bulto que florecìa, se abrieron sus ojos como si el diablo se apareciera entre las sombras.
Muchas veces la habìa espiado mirando por el ojo de la oxidada cerradura del portalon de su cuarto. Muchas veces entre la tenue luz de las velas que iluminaban su figura, y la estrechez de la cerradura, habìa logrado ver sus senos desnudos, dulcemente bondadosos, carnes que al liberarse del sosten que las atrapaban, se descolgaban sin pudor, hasta entre temblores calmar sus rebotes. Al moverse dentro del cuarto para buscar el grueso camizòn, lograba ver sus carnosas nalgas, como aquellos que habìa visto en los cuadros de algùn renacentista, como la maja desnuda, o la venus del espejo. Carnes blancas y palidas que al verlas, me hacìan sonrojar, era una bella mujer. Tan maternal, como no lo habìa sido nunca mi madre.
- Uf! el niño esta creciendo- me dijo- ya es todo un hombrecito....
Sus regordetas manos, partidas y agrietadas por los lavados de kilos de ropa de mis abuelos al frìo, se hacìan sentir cuando suavemente se deslizaban bajo la gruesa tela de mi viejo pantalon de franela, aùn mojado por la orina de la noche.
- hummm, que celientito esta el señorito, y que duro esta esto, hummmmmmmm.....
Y su gorda mano lo rodeo con tal delicadeza, que lo hizo temblar. Como pude, torpemente metì una de mis manos por su pronunciado escote, donde las blandas carnes me dejaron entrar. Como un tonto aprete sus senos, y tirè de sus botones, aquellos que coronaban su piel. Tirè tanto de la elàsticada tela, que sentì como se rasgaba entre mis manos.
- Tranquilo niño, no se apures en probar.....dejeme a mì.- me dijo entre risas, y tiro de un hilo, que sin esfuerzo alguno, liberò su pecho, hasta dejarlo que se posara sobre mi boca, y tomandome del mentòn, me repitiò...
- Tranquilo mi niño, no vayas a morder, deje que sus labios beban como los de un bebe...
Mientras yo chupaba sus rozados pesones, sus asperas manos tiraban del cuerito de mi sexo, que sin aguantar la maniobra, lo sentì explotar... como si me volviera a orinar. Ella apretò con fuerza, y sin dejar de tirar, lo agitò repetidas veces, hasta hacerlo endurecer nuevamente, ya el liquido habìa brotado caliente, e hizo que la caricia, fuera màs suave.. Yo enloquecido por la sensaciòn, metìa mis manos temblorosas y torpes entre sus piernas, mientras ella apretaba sus muslos tratando de impedir la defloraciòn de sus deseos, hasta que alcance a tocar sus crespos y cortos cabellos que cubrìan su pudor, y entre tibios y suaves liquidos que brotaban entre sus carnes, mis dedos fueron apresados por una suave, pero mojada piel, que no alcanzaba a imaginar como serìa. Resbalò por los bordes de la cama entre gemidos, separando el deseo de la razòn, y llevò a su boca mi sexo para hacerme caer en una sensaciòn que llenò de estrellas mi cabeza, hacièndome caer en un estado casi de inconciencia, para luego explotar una vez màs, mientras mi corazòn agitado se apretaba impidièndome respirar, y soltè entre quejidos, una grata sensaciòn, donde todos mis sentidos se confundieron creando uno sòlo general. Sus labios recogieron hasta la ùltima gota que brotò de èl. Me diò un beso a la altura del ombligo, y sin dejarme reaccionar, se levantò, para sacar unas sabanas del alto ropero, subièndose en una banca de madera que habìa en mi habitaciòn, donde agachàndome, vi como sus piernas brillaban con la humedad que escapaba de su viejo calzòn, que metido entre sus nalgas, dejaba escapar algunos rizados y negros vellos que brillaban al llegarles la luz.
- Ya puè, ya tubo suficiente por hoy, ahora vaya a preparar el agua para que se bañe, ligerito le traigo el agua....
Mi mano se quiso meter por entre sus piernas una vez màs, pero ella apretandolas, y golpeando mis manos con las suyas, me hicieron retroceder...
El sol que entraba por las ventanas de mi departamento, y el aroma que subìa del cafè que estaba justo abajo, me hicieron despertar de mis recuerdos, mientras mis manos humedecidas, soltaban mi miembro, para estirar mis brazos y levantarme con una gran sonrisa en mis labios.
Al mirar por la ventana, una mujer que pasaba por la calle, me hizo recordar, que en una de esas escapadas que hacìa a la pieza de mi nana, una vez mi abuela habìa entrado sin golpear, encontrando a su empleada desnuda en la habitaciòn, mientras yo infructuosamente me trataba de esconder bajo las asomagadas sabanas de el viejo catre de bronce, donde dormìa la mujer que me iniciò. Ese dìa, aunque habìa amanecido frìo, los recuerdos me habìan echo entrar en calor.
Gustab

jueves, 8 de mayo de 2008

La noche...

Si, el bar estaba lleno, el cigarro se metía impregnando la ropa, las voces ensordecían, y la música retumbaba en mis oídos. Los gritos de las fulanas me chillaban en los oídos.
Salí del bar como a las 4:oo am buscando en la noche fría y húmeda algo que me limpiara del olor a tabaco barato y perfumes comprados a algún marino de algún viejo mercante. Los cristales se cerraron tras de mi, me escabullí en las sombras de la nublada noche. Los adoquines relucían por la luz de los faroles, y camine camine camine. Sentada en un escaño, una mujer solitaria miraba a los faroles buscando quizás alguna respuesta de la soledad... me acerque, su rostro me perecía familiar, y su forma de vestir no le acompañaba en la oscuridad, parecía la chica del tango, aquella que alguna vez me sedujo y se fue sin decir palabra. Me detuve delante de ella, me miró, sus ojos tristes y llorosos, gemían nostalgia, y la brisa de la noche mojaba sus vestidos. Simplemente tomó mi mano, y me llevó al viejo hotel del final de la calle, "La casa roja". Abrió con unas viejas llaves la cerradura oxidada por los años, la pieza de olor asomagado y frías sabanas, aumentaban la angustia de su rostro. Se acercó a la ventana y sin decir palabra, encendió un trasnochado cigarrillo de mentolada fragancia. Sus manos desabrochaban la delicada blusa mojada, mientras sus senos, tímidos, se dejaban ver al trasluz de la noche. El humo formaba una espesa nube que dibujaba la lùz que entraba por la ventana. Seductora, pero triste, se acerco a mi. Mis manos acariciaron sus muslos desnudos y fríos, se sentía el frio en su piel, un delicado beso sello ese momento de tristeza. Sus labios tristes mostraban su fragilidad, el deseo no estaba, pero nos dejamos caer sobre las roídas sabanas para hacer el amor.
El silencio marco ese eterno momento de caricias y orgasmos lánguidos de un cuerpo que sólo necesitaba ternura y besos que entibiaran su cuerpo. Luego se durmió, la colilla dejaba ver la ceniza que congelada en el tiempo, no terminaba de caer, me puse el sombrero, y el grueso abrigo, me devolvió el calor perdido en la fría habitación. Tape su cuerpo desnudo y frío, deje que mis labios se posaran sobre los de ella.
Sin mirar atrás, baje por la oscura calle que, en silencio, se hacía complice de mi soledad.

Gustab