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Gemidos...

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Susurrando mis dedos abren las puertas del templo para apoderarse de él. Encendidas las mejillas van rosando los tibios muslos que se abren a mi paso, bebo, muero para renacer en su placer, y voy alimentando mi deseo bebiendo del templo que quiero volver a poseer. Limpias las manos buscan la presencia distante, gime a cada abatida, tiembla cercenando sus recuerdos, muere para volver a nacer entre mis palabras. Gustab (Dedicada a mis amantes de la blogosfera)

Humillado por el deseo.

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Los callejones del puerto eran muy oscuros y peligrosos los días de lluvia. En la sombra, muchos pervertidos sometían las atrocidades más horrendas que la mente humana podrían imaginar. Esa noche llovía torrencialmente en el puerto, y yo a paso acelerado trataba de correr sobre los resbalosos adoquines buscando refugio. Bajo el portal de una vieja casa por fin encontré refugio, hacia el fondo se dibujaba un oscuro callejón, y entre las sombras cómplices de la noche pude distinguir dos cuerpos de fuerte contextura tironeando las ropas de una delgada mujer. Entre las sombras y la oscuridad pude distinguir la silueta de Yamilet, la prostituta que recorría las calles de noche buscando algún desconsolado amante en la noche. Ella gritaba sus groserías con fuerza pidiendo ayuda. Pero nadie la escucharía, sólo yo estaba cerca, y sin ayudar, me quede ahí viendo lo que pasaba. Su desnudez me excitaba tanto como la situación que ella estaba viviendo, pude ver como las bocas de aquellos hombres m...

La verdad...

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Años después me enteré que mi abuelo había contratado a esta mujer para que me hiciera hombre, bendita frase. Esa tarde pasé a la vieja peluquería donde don Peyo, sentí la navaja rasurar mi cuello hasta cortar mi piel. Le conté lo que me había pasado esa mañana, y ahí, como sentencia de muerte me contó lo que mi abuelo había rebuscado en el puerto para encontrar a esa mujer que cumpliría con tan ingrata tarea, aunque siempre pareció disfrutarlo mucho. Lo que ella me enseñó no podría negarlo, pues cada piel que a gozado mi cuerpo, cada caricia que he hecho a alguna mujer, tiene la firma de aquellas que me enseñó " la Nana" en el viejo catre de bronce. Nunca había entendido porqué mi abuela no había dicho nada después de vernos a los dos desnudos en la pieza. Muchas veces creí que era por vergüenza, por pudor, pero estaba equivocado, mi abuela sólo había comprobado que ella cumpliera con el trato y nada más.Nunca pude olvidar sus rosadas carnes, su olor salvaje, su tupido sex...

Recuerdos de Gustab.

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Era rara la sensación con la que había amanecido ese día, la cama estaba tibia, sin embargo al abrir las sabanas, el frío del departamento penetraba mis huesos. No se porque, mi cuerpo estaba excitado, algún sueño que no recordaba con claridad, me había echo retroceder a mi adolescencia, donde la imagen de la empleada de mis abuelos entraba y salia de mi cabeza. Acurrucado entre las sabanas, deje mi mente divagar, no tenia ganas de levantarme, el frío del departamento me congelaba.Con la sabana hasta el cuello, recordé un día en la casona del abuelo. Me acuerdo que ese día, me había despertado orinado hasta el cuello, tenia miedo de levantarme de la cama por miedo al castigo. Tendría unos trece o catorce años, y el miedo y la vergüenza, me congelaban en la cama como hoy, en eso entro la nana en la habitación, y abriendo de par en par las cortinas, me alentó a recorrer el día hermoso que amanecía afuera. Desistí con la cabeza, mientras ella se abalanzaba sobre mi llenándome de cosquill...

La noche...

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Si, el bar estaba lleno, el cigarro se metía impregnando la ropa, las voces ensordecían, y la música retumbaba en mis oídos. Los gritos de las fulanas me chillaban en los oídos. Salí del bar como a las 4:oo am buscando en la noche fría y húmeda algo que me limpiara del olor a tabaco barato y perfumes comprados a algún marino de algún viejo mercante. Los cristales se cerraron tras de mi, me escabullí en las sombras de la nublada noche. Los adoquines relucían por la luz de los faroles, y camine camine camine. Sentada en un escaño, una mujer solitaria miraba a los faroles buscando quizás alguna respuesta de la soledad... me acerque, su rostro me perecía familiar, y su forma de vestir no le acompañaba en la oscuridad, parecía la chica del tango, aquella que alguna vez me sedujo y se fue sin decir palabra. Me detuve delante de ella, me miró, sus ojos tristes y llorosos, gemían nostalgia, y la brisa de la noche mojaba sus vestidos. Simplemente tomó mi mano, y me llevó al viejo hotel del fin...

La mujer de la ventana..

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Que podía esperar, llevaba horas caminando sobre los desordenados adoquines, las puntas desencajadas se clavaban en las suelas de mis zapatos, eran las cuatro de la mañana. El bar del inglés había cerrado de una vez. La lluvia no permitía que el puerto se movilizara. Las calles vacías me hacían ver en la soledad que me encontraba. El aire marino calaba los huesos y el frío no lo podía detener el inmenso abrigo que me cubría. Era tan largo , que el chapoteo en el agua mojaba el corte donde no se podía colocar una basta. Las rodillas molestaban más que nunca, miles de alfileres se clavaban entre los gastados huesos. Los faroles iluminaban de una manera tenue, perecía que el petróleo que los alimentaba, no dibujaba la energía que los hacía funcionar. Las puertas cerradas de los locales. Las botillerías que se mantenían abiertas, parecían invitar a que el viento entrara como Pedro por su casa. Los viejos botilleros cubrían sus espaldas con improvisados y gastados mantos de lanas Tomé. Roí...

Extraña mujer...

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Caminaba por los oscuras callejas del puerto, para variar contaba adoquines a mi paso cansino. La soledad de la noche me cubría del frío que sentía en mis carnes. Una silueta envuelta en sedas y ropajes extraños se cruzó en mi camino, un escalofrío recorrió mi cuerpo, tras el pañuelo que cubría su rostro, dos verdes ojos me miraron fijamente, parecían reconocerme. Eran dos faros que iluminaban mi camino, parecían faros que impedirían que este barco encalara Eran tan hermosos como el mar, tan profundo como el caspio, y tan transparentes como las aguas del caribe. No pude evitar detener mis pasos y levantar la vista, esos ojos me envolvían como el musgo a la roca, sin dejarme respirar. Nuestras miradas se congelaron por unos instantes, sus dedos bajaron rápidamente a la túnica que cubría sus hermosas facciones, la extraña mujer hizo que mis ojos se cerraran y volaran junto con mis pensamientos. De pronto ella estaba afirmada el en el viejo muro cubierto de grafitis, y su falda dejaba ve...