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La proposición...

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Se hacía tarde, esa noche el frío no dejaba estar en la calle, el bar estaba vacío, sólo un parroquiano dormía su borrachera sobre la barra. Serían como las 3:00 de la mañana cuando salí en dirección a mi departamento, al cruzar la calle. Al abrir el portalón note que no tenía llave, alguien lo había dejado abierto, no se, también podría ser la humedad, la cosa es que nadie se había preocupado. Al enfrentar la escala de granito, y el oscuro pasillo del hall, sentí a lo lejos, detrás de la puerta de mi departamento, un golpeteo monótono de una de las teclas de la vieja Royal. Subí procurando no hacer ruido, en la medida que me acercaba se hacía más intenso, el moho de las murallas soltaba su particular olor, la sensación de fierro oxidado al tomarme de las barandas de la fría escalera, me hacía tiritar. Cuando por fin llegué al departamento y pude mirar hacia adentro, logre descifrar la oscura figura de una extraña mujer sentada sobre el viejo y roto sofá. La silueta destacaba del fondo...

El Gato Viudo.

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Al final de la calle había un cabaret, " El gato Viudo", ahí solía pasar las noches frías cuando la excitación me sobrepasaba.Me acuerdo de haber contado una y otra vez los adoquines que separaban mi departamento del cabaret, 780 adoquines separaban la soledad del placer, al entrar todo era distinto. El mundo se iluminaba, las sensaciones se agolpaban en mi cabeza, y mis manos acariciaban las más bellas y cuidadas pieles. La Marjorie, la Vanessa, la Penelope.... todas ellas formaban el ramo de flores más afrodisiaco que podría desear un hombre, ellas inspiraban muchas de mis historias. Los finos corsé, las medias caladas y el aroma a tabaco, hacían respirar mis memorias... los dulces y abultados escotes me hacían renacer entre perlas y perfumes. Así ahogaba la noche, hasta que la inspiración brotaba en mi cabeza. Luego corría para escribir en la vieja royal. Sus atavíos de seda y encaje, seducían mis manos, las hacían transpirar. Estas, mojadas por el calor de los focos, se a...

Noche de LLuvia

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Cerré el paraguas y deje que la lluvia me mojara, podía sentir el agua entrar por la suela de mis zapatos, y fui entregándome a lo que quisieran decirme los Adoquines, los mismos que me vieron crecer, los que había pisado tantas veces como horas de existencia tengo. Hace mucho frío, el abrigo largo envuelve mi cuerpo, el viejo sombrero cubre mi cabeza.  Cada paso que doy es acompañado por el sonido de las llaves en mi bolsillo, el humo del cigarrillo es traspasado por la luz tenue, dando un aire de soledad. El frió se hace más intenso, el sonido de los tacos de alguna mujer solitaria me persigue, puedo sentir su miedo, el olor lo trae el frío viento que sopla sin medir su temperatura. A lo lejos, el letrero del viejo bar se refleja en los mojados adoquines, intento recordar, pero el frío no me deja, ni el nerviosos y apurado taconeo de la mujer. Volteo para mirarla, los pasos se detienen, y la silueta del vestido mojado de la mujer, y la transparencia de su corta enagua se dibuja a...