Quítame los años.


Te miro con hambre de piel, despacio, y al primer roce de mis dedos el silencio de tu cuerpo se rasga como un pliego de agua suspendida. No hay prisa. En esta habitación las horas han dejado de caer y flotan en el aire, redondas y transparentes, como burbujas de vidrio soplado. Mis ojos recorren un fuego fiel que camina por tus costillas sin quemarte; es una llama fría, de un azul nocturno, que va bebiéndose la geografía de tu vientre y dejando a su paso un rastro de arena de cuarzo y fósforo.
—No respires tan fuerte, —murmuró ella, mientras una línea de hormigas de luz subía por su clavícula—. Si el aire se agita, la gravedad va a recordarnos que la cama existe, y todavía quiero seguir flotando en tus ojos.
Bajo la luz esmerilada que se filtra por las grietas del techo, las sombras se niegan a tocarse. No hay tela que tape lo que hoy desnudas, porque tu desnudez no es la ausencia de ropa, sino la apertura de un paisaje. Al mirarte, tu mirada hambrienta me deja atado a tu pecho, donde un rostro hecho de dudas y neblina parpadea suavemente cada vez que tu corazón late.
Ella sonrió, y de su boca escapó un murmullo con sabor a menta y lluvia vieja:
—Entonces déjame perdida. No me busques en la cordura. Quítame los años, quítame el nombre, déjame sola con mis pezones erectos en las colinas, y este fuego frío que sembraste en mis caderas. ¿Sientes eso?
—Tus ojos ya me bebieron, — gemí con una voz que sonaba al crujido de la madera vieja cuando el sol la calienta—. Siento tu geografía entera moviéndose debajo de mis párpados. Cada vez que parpadeo, cambio el mapa de tu espalda.
De pronto, el tiempo retrocede en las esquinas. Las esquivas leyes del almanaque le quitan años con el viento de las ansias. La luz no se refleja en la piel: se resbala físicamente por sus colinas de agudeza ternura, goteando desde sus senos hasta el suelo de madera, instantáneamente brotan orquídeas eléctricas y raíces aéreas que buscan sus tobillos. Sus ojos devoran la distancia que los separa, y en cada centímetro que recorren va sembrando chispas en los cuerpos divinos, pequeños relámpagos domésticos que iluminan sus venas como ríos de plata líquida. Apoyé el oído directamente sobre su pecho, justo donde el cristal de su torso translúcido dejaba ver el latido del milagro. Lo que escuché no fue un corazón humano:
—Suena a engranaje húmedo y a mar, —susurré, asombrado—. Tu pecho murmura el sonido de las piedras rompiéndose en el fondo del océano.
—Es el orgasmo ciego de la tierra, — me susurró ella al oído , y su aliento dejó una capa delgada de escarcha dorada en el lóbulo de mi oreja—. No hables de prisa. Las palabras lineales matan la noche. Háblame en círculos o no digas nada.
Qué hermosa la noche que cede al cuerpo doblándose sobre sí misma como un gato de terciopelo. Afuera, la luna se vuelve torpe ante tantas ganas; se ha quedado inmóvil en el cielo, avergonzada de su propia palidez, incapaz de competir con la marea viva que sube por sus muslos.
La miro desnuda, suspendida a unos centímetros de la cama, y al fin despierto del largo sueño de la cordura. Estoy perdido en su piel de brava húmeda, un territorio sagrado donde los cuerpos ya no son de carne, sino de imanes, milagros y viento entregados al orgasmo ciego de las piedras que, en el fondo de la tierra, también han comenzado a latir. No contestó con palabras... Dejó caer un suspiro pesado sobre su vientre. El suspiro se materializó en una frase física, escrita con letras de fósforo que corrieron sobre la piel de ella antes de apagarse la noche:
—Qué torpe la luna ante tantas ganas... —
—Déjala que mire, —murmuró ella, entrelazando sus dedos de viento con los míos—. La luna es solo un ojo de tiza que olvidó cómo se siente arder.— ella apagó el tiempo con su último jadeo.


Gustab

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