EL abejorro carpintero


El macho es el carpintero que se hizo aire. No lleva madera, lleva territorio. Elige un claro de sol en el bosque, a la altura de tus ojos, y lo declara suyo. Y ahí empieza a tallar. No con mandíbulas, sino con alas. Traza círculos perfectos, como si estuviera lijando el viento. Va y viene, pendular, terco, hipnótico. Es un vigilante suspendido. Un helicóptero de obsidiana que zumba grave, tan grave que parece que hace vibrar la luz. Cada pasada es una frase repetida: "aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy". Espera.
Ella llega como una bala de terciopelo. La hembra no vuela, irrumpe. Más grande, más pesada, negra con reflejos de petróleo bajo el sol. No busca flores en ese momento, busca esa vibración. Cuando entra en el taller invisible del macho, el aire cambia de densidad. Entonces ocurre la danza. Él la detecta y se lanza. No es una persecución delicada, es una colisión pactada. Dos carpinteros que por fin dejan de construir casas, construyen naturaleza
Ella es la arquitecta de espacios. Le gusta la madera blanda, la que cede, la que guarda calor. Y trabajó en una cámara perfecta, como si un taladro hubiese entrado con precisión en la corteza de la madera vieja, incansablemente, hasta crear su nido para iniciar el vuelo del apareo porque así le dictaba la naturaleza.
Él no construía, custodiaba. Se instaló en el borde de su verano y empezó a volar en círculos perfectos. No con palabras, sino con presencia. Un zumbido grave cada vez que ella pasaba. Un ir y venir constante, marcando territorio, haciéndole saber: aquí estoy.
Ella lo observó durante días. Vio su fuerza, su insistencia sin agresión. No era el que más brillaba, era el que más permanecía.
Una tarde, ella entró en su territorio. No hubo caza. Hubo encuentro. Él la interceptó en el aire, no para atraparla, sino para encontrarse a mitad de camino. Fue breve y total. Como el choque de dos vibraciones que por fin coinciden. Y se unieron en un vuelo de éxtasis total; breve, pero suficiente. Cayeron unidos al vacío después de un intenso vuelo de miel y al topar tierra sus cuerpos aún tibios y llenos, se separaron para siempre.
Después, cada uno a lo suyo, pero ya no igual. Ella volvió a su madera. Y empezó a tallar. No por necesidad, por instinto creador. Cada golpe de sus manos era una memoria de ese zumbido. Ahuecó, pulió, preparó una cámara pequeña donde depositaría el resultado cálido de un vuelo mágico, dándole paso a la infinita naturaleza, donde la misión era continuar con la especie...

Gustab


Comentarios

Entradas populares