Inesperados secretos de los días grises


Mi historia de hoy empieza en una gris lavandería de hospital, en un gris día de tormenta de una gris habitación, donde al entrar, tomé una bata blanca del cesto de los doctores y se me ocurrió la gris idea que podía pasar consulta nocturna con todo lo aprendido y mis años de hospitalización.
Mi objetivo era la paciente paciente de la planta 4, celda 12: La pieza de Erótika, una mujer que afirmaba estar embarazada de un piano de cola.
Aquella noche, la tensión sexual se mascaba. Entré a la gris celda arrastrando los pies y vestido únicamente con la bata abierta, unos calcetines de flores rojas de fondo gris y un estetoscopio hecho con una medalla del Corazón de María y un cable de teléfono gris.
Erótika me esperaba sentada en el suelo gris, completamente desnuda, excepto por un sombrero de la cruz roja. Al verme entrar, sus pupilas se dilataron grises como dos yemas de huevo abriéndose agitadas.
—Doctor —jadeó como lija mojada—. Siento un calor endógeno e intrínseco en el hipotálamo. Mi colchón está cantando ópera en arameo y solo su saliva refrescando mi vulva puede acallarlo.
Sintiendo que la libido se me subía a la glándula pínea, me acerqué a ella con paso de tigre asmático. Me arrodillé a su lado y, con una delicadeza quirúrgica, comencé a lamerle el lóbulo de la oreja, mientras recitaba de memoria los grises compases de la marcha fúnebre de Chopin.
—Oh, Erótika -susurré con la respiración entrecortada por el esfuerzo gris de mantener el equilibrio.-. Tu piel tiene la textura gris de una camisa de fuerza. Siento que mis neuronas quieren hacer un salto sin malla a tu fosa común.- y así lo hice cayendo entre sus piernas que sudaban delirio
Erótika soltó un gemido que despertó a tres enfermeras en el ala oeste. Con un movimiento felino y torpe, agarró mis testículos y comenzó a esparcirlos por sus grises pechos dibujando con sus dedos, un mapa abstracto de las líneas meridionales. El contacto de los testículos templados contra su piel, desató un frenesí descomunal en mi cabeza.
Nos entrelazamos en un abrazo frenético sobre el suelo de cerámico gris. Nuestros cuerpos chocaban con el sonido rítmico de un aplauso bajo el agua. Yo buscaba sus labios con la urgencia de quien busca un destornillador de estrella en un apagón, mientras ella me mordisqueaba el pirineo gimiendo teoremas de Pitágoras inventados por su loca cabeza.
En el clímax, justo cuando sentía que mi cordura gris se evaporaba como el alcohol , la puerta gris de la celda se abrió de golpe con estrépito.
Era la enfermera jefe, una mujer con bigote gris y dientes  grises que sostenía una bandeja con dos vasitos de plástico llenos de pastillas de colores. Miró la escena, el estetoscopio, el sudor y los calcetines de flores rojas en fondo gris, y dijo con total indiferencia:
—Gustab, te hemos dicho cien veces que el juego de médico y paciente se hace en la sala de manualidades, no en las celdas de aislamiento. Limpia eso, que se pega al piso y luego no hay quien lo quite, ¡¡Que asco.!!
Miré a Erótika, ella miró al techo, y ambos comprendimos que el deseo verdadero solo existe cuando compartes el mismo diagnóstico gris, de un día gris, en una celda gris, de un gris sanatorio gris.

Gustab.

De extravagancias e historias locas

Comentarios

  1. Una pequeña locura con calcetines de flores y bastante encanto. Me gusta esa sensualidad tan solemne entremedio del absurdo, donde hasta el deseo parece haber perdido el juicio… y aun así conserva cierto encanto.

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  2. Juego de médico y paciente.
    Una interesante actividad para practicar.
    Saludos.

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