Le Chat Noir.
Por mis frutos me conoceréis, todo árbol bueno da frutos buenos. El que beba del agua que yo le daré, no tendrá jamás sed: Mi nombre, os hará recordar todo lo que yo os he dicho, y os lo hará entender.
Yo llevo su nombre y sabor entre mis labios que le han dado la vida...
Gustab.
Los adoquines reflejaban la luz de los neones de la Rue Victor Massé, mientras la lluvia corría por anteojos mostrándome que el puerto no perdonaba las noches de juerga a los que me tenía acostumbrado. El frío atravesaba las telas de mi abrigo del corte ingles. Le Chat Noir, cabaret del puerto maullaba con atractivo sonsonete la música habanera que atraía con sus amargos compases del desamor de bolero.
Al entrar, la morocha del puerto, salía al escenario con salvaje ademán de cazadora. El calor de los braseros, repartían el calor desde los rincones ahogando mis pulmones al entrar. Al verla con sus cortos plumajes de seda, cómo el Junco al río, me entregué al baile de la vedette; Su entrepierna de aguas someras de bordes pantanosos, me mueven entre la gente libremente, calentando mi cuerpo al entrar. Tolerante a la humedad en suelos ligeramente salinos y al guiño erótico de sus ojos, nazco de las aguas tranquilas, mientras mis raíces sumergidas, muy cerca del agua, convierten en el vaivén la rama en tronco recto.
Aunque suelo temblar con el viento y sus gemidos. Mis raíces parecen penetrar bajo su ombligo junto a la corriente de sudor que se deja ver entre sus piernas, no temo el calor del verano, pero el de esa mujer y el follaje que se escapa de sus telas, mantiene erecta mi obsesión; No me angustia el tiempo, ni dejo que su mirada me electrifique y me dirijo a ella para dejar que mis manos la hagan temblar en medio del baile, como reclamando su piel. Diecinueve besos descendiendo por donde la piel deja de ser piel convirtiéndose en agua, donde el caudal no puede ser detenido, sino bebido entre los juncos que se vuelven rivera, los cristianos del bar, ríen ruidosamente mientras me refugio entre sus piernas.
Ella se deja caer sobre las tablas separando sus piernas, para devorarme con su mirada, me reconoce, aunque he pasado meses sin salir del sanatorio, pero esa noche mi boca había devuelto la pastilla en la boca de la enfermera tras su apasionado beso. Abrí los nenúfares palustres con mi lengua, que mojados, reclamaban la orilla húmeda y poco profunda; Me arrodillo estabilizando el suelo, mientras temblaba mi cordura y me perdí habitando su suelo inundado.
Sus pétalos se mecen pálidos invitando al junco, que estremecido por su fragancia, donde el agua murmura en voz baja , se entrega a sus juegos; La luna llena de espacios, se abre ofreciendo su brillo a mi boca. La humedad, susurra secretos y el estanque refleja una estrella, mientras la corriente dibuja su cauce tejiendo la noche bella de locura.
Gustab; "No hay pastillas que calmen mi sed".



Esos químicos nunca son buenos, la música que nos acompaña es ideal para el texto .
ResponderEliminarUn buen texto,donde ese mundo de fondos bajos son reflejados en tus letras.