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viernes, 24 de octubre de 2008

Mi cárcel de cristal...

Siento el ardor por dentro, siento como el fuego va quemando mis vísceras, mi cuerpo se encoge con gran dolor… quema… quema… hoy la sangre brota desde adentro, sin aviso, sin sentir, el púrpura cubre mis desechos, y siento como la angustia se apodera de mi. Mi alma sangra por dentro, mis ojos lloran angustias, pero al caer la noche , la brisa del mar me alcanza, la brisa del puerto entra fresca entre los barrotes, pareciera que las olas golpean bajo mi ventana. Al encaramarme sobre la ventana, veo las luces del puerto titilantes a lo lejos, los neones se reflejan en los adoquines mojados y una que otra mujer de cortas faldas y portaligas negros me miran, sus caras llenas de angustia reflejan su desazón, ellas quisieran liberarme, pero saben que estoy preso de mis sentimientos, ellas quisieran responder a mis gritos de auxilio, pero los gritos se van ahogando en la noche porteña. Sangro en silencio, y las caricias de aquellas manos suaves que me atienden, suelen recorrer mi pecho desnudo, y cada caricia se convierte en dolor. Adormecido por las pastillas siento como bailan los adoquines en la noche.
A lo lejos, la luz de boulevard sigue prendida, como esperando que ese grito de angustia se pierda entre sus murallas.
Mi piel sigue prendida, mi estomago vuelve a arder… las gotas color rubí no dejan de caer, una tras otra se llevan mi vida, y los tachos que han puesto para recogerla se desbordan cubriendo las baldosas blancas del lugar… las enfermeras escuchan tras de las paredes blancas, la luz el puerto se refleja en el cielo de mi celda de cristal.
Siento como las aldabas de mi puerta rechinan en la oscuridad, una pastilla más en la noche, luego unas manos que van recorriendo el velludo vientre que se quema por dentro, hasta alcanzar con increíble ternura mi sexo que empieza a crecer entre sus dedos. Muere mi cordura, y me dejo llevar sin poder detener el recorrido frenético de las suaves manos que no dejan de tocar. Luego la humedad rodea la delgada piel que lo cubre, y el vaivén de aquel cuerpo de prominentes caderas, y el dolor apaciguado por los besos tiernos de aquella que poco a poco me empieza a matar. Su cuerpo arde como el mío, pero no sangra, sólo gime en la oscuridad de mi celda de cristal.

Gustab , sangra mi vientre...Quema.