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viernes, 23 de septiembre de 2016

El balcón de Eros..


Empezé a notar el sudor bajo la ropa y miré hacia la ventana para asegurarme que entraba el máximo aire posible.
Desde el almacén, en el quinto piso, me mostraba la calle y toda la fachada del hotel “Reina Victoria”. Me acerco para abrirla un poco más cuando mis ojos se detuvieron en uno de los balcones del tercer piso. Desde allí, podía ver con detalle a una mujer de cabello oscuro totalmente desnuda apoyada en la barandilla. 
El cuerpo de la mujer me recordaba al de las pinturas de Renoir, carnosas, pechos generosos y rosados…Todo en proporción. La única diferencia, era el vello negro que le cubría el pubis y del que su dueña parecía estar orgullosa, pues lo estaba exhibiendo a toda la ciudad, vellos que solián desaparecer en los de Renoir. No obstante, tenía la sensación de que era el único que observaba.
Cuando volví a la ventana, una segunda mujer se unía, con tanto vello como la otra. Era mucho más delgada y tenía el pelo enmarañado como si recién saliera de la cama. Parecía mucho mayor que la otra. Pensé que le sacaría por lo menos veinte años, 
Estaría bien que las espiara en vez de trabajar?. Lo cierto era que no podía apartar la mirada de ese balcón. La escena me excitaba, desde luego, le añadía un punto de emoción a la rutina de la máquina de escribir, del trabajo que necesitaba, para no volver a mis obsesiones.
La mayor azotó a la otra en la nalga, haciendo que se volviera con una sonrisa en los labios. Se fundieron en un beso largo y apasionado. De pronto todo era una erección, intentando sentir algo parecido a la morena de pubis negro. ¿Qué estarían sintiendo una y otra? ¿Serían amantes o desconocidas que acababan de acostarse por primera vez?... en el puerto arisco y a veces lúgubre, todo podía suceder sin que nadie se escandalizara, los adoquines acostumbraban a ver esas noches de locura y perversión. La mayor dijo algo, se miraron a los ojos… y la mujer morena desapareció. 
Pero entonces, la morena volvió al balcón con algo morado en las manos. No se veía de qué se trataba hasta que se puso a lamerlo,
revelando una forma fálica, Era enorme, y bastante grueso. Quedé agazapado y quieto, cuando la mayor perdió su vista en las ventanas de mi departamento, como si presintiera mi mirada. ¿De verdad iba a meterle eso?
Sosteniendo la impaciente mirada de su compañera. La segunda asintió y separó las piernas apoyándose en el pasamanos de bronce verde enmohecido por la sal del mar. Abandonándose al juego, dejó que la morena introdujera la cosa apoyándola ligeramente entre sus nalgas, y balanceando su cuerpo a la estocada . Debía de estar empapada, porque la joven esbozó una sonrisa burlona mientras le metía todo aquello sin ningún tipo de esfuerzo, la otra, levantó la cabeza , para dejarla caer mientras le penetraba, mientras sus cabellos se movían salvajes tras un viento, que parecía entumirla por algunos instantes.
Un gemido me hizo volver a la realidad, el mio. Apreté la boca por acto reflejo y noté un golpe eléctrico que bajaba por mi cuerpo. Volví al escritorio y trate de escribir, sin poder dejar de pensar en ellas.
Esperé unos minutos, para luego acercarme a la ventana otra vez con sigilo. Cuando miro al balcón,, habían cambiado posiciones. La morena sentada en la mesa de la terraza, con las piernas abiertas, recibiendo, una y otra vez. La otra la embestía con fuerza.
La espalda de la que estaba siendo penetrada se arqueó, y azotó la cabeza contra el respaldo de la silla de metal oxidada, varias veces. Observaba las manos de la mayor, que agarraban las caderas de la morena con ansi; así como los pechos turgentes de la segunda, danzaban de un lado a otro con cada embestida.
Mis dedos se colaron por la bragueta y viajaron hasta agarrarme el endurecido sexo que sólo pensaba ya, en ser liberado. Quise recrear las atenciones de la mujer mayor y me sorprendí retorciéndome hasta la angustia, por la fuerza que agarraba mi sexo. En aquel gesto encontré un placer insólito. Siguió con los huevos. Aquello me producía placer y dolor, es más, producía escalofríos que me obligaban a cerrar los ojos y seguir.
El roce era eléctrico; jamás había sentido esa sensación tan extraña, era un fisgón embrutecido. Aproveché aquella sensación para seguir acariciándome, despacio. Enseguida dejé de percibir la corriente que había sentido antes y aumenté la fuerza y la velocidad de los jugueteos en mi sexo. Eché la cabeza hacia atrás, con los ojos abiertos descubriendo el abismo entre las ventanas, En la mente sólo estaba el rostro de la mayor colgando del pasamanos agitando la cabeza como una histérica del hospital, y la morena con las piernas abiertas a más no poder,
azotando la cabeza, mientras el juguete entraba y salía, iba de una a la otra y se lo metían tan duro, rápido, fuerte que temía que si paraban, la electricidad en mi sexo desaparecería. Me detuve un segundo para mirar al balcón y me desilusioné al verlo completamente vacío. Pero eso no hizo que me detuviera. No las necesitaba para mi placer, notaba el sudor que ya, a estas alturas, corría por todo mi cuerpo, el viento que aparecía de improviso por la ventana, entumeció mi piel. pero estaba a punto, había trabajado para mi orgasmo, hasta que del balcón del frente, sentí un grito, la mayor gemía desbocada y volvía a tomarse de los viejos fierros para aguantar como la penetraban, hasta caer de rodillas; mientras mis manos sentían el resultado de mi esfuerzo… todo se oscureció de pronto, sentí perder el sentido ..
Al salir de la inconciencia, la morena me miraba fijamente y sonreía , mientras la madura seguía temblando y golpeando su cabeza contra los barrotes sin dejar espasmos sin gemidos... Yo no tenía fuerzas para separarme ni esconderme tras las cortinas, dejando que ella disfrutara de lo que yo había disfrutado segundos antes, ella agitada no dejaba de jadear y disfrutar de ambos espectáculos.
Abajo, tras los tranvías y trolebuses, empezaba a apagarse del bullicio del día, las sirenas anunciaban sus idas y venidas, y el olor de la refinería de harina de pescado, perfumaba el puerto, el sol se apagaba en el mar y el frío de la costa , obligaba a cerrar los balcones y ventanas para esperar un nuevo día en Valparaíso.

Gustab, vuelve a escribir después de un tiempo de sequía literaria.