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martes, 24 de marzo de 2009

De Hormonas y Feromonas...( Entre Barrotes)


Había logrado de hacerme de la aguja de una jeringa como aquella vez, no podía dejar de escribir, y como necesitaba de tinta para escribir, no dude en cortar mis muñecas para que mi sangre ocupara su lugar... siempre había una hoja donde escribir... algo que contar, algo que decir...



Cada dos o tres días los cuerpos de los internos eran aseados por las enfermeras, y ese día era tiempo de sasonar los cuerpos de los enfermos porque era día de visita.

Durante el día, el caluroso verano no daba tregua y los cuerpos se empapaban en sudor. Yo amante del sol y de su alimento de vida, me tendía sobre las frías baldosas para refrescarme y recibir el sol que se colaba entre los barrotes, y el sol incansable, me alimentaba con sus rayos cayendo amorosamente en mi cuerpo, sus cálidas caricias me decían que aún estaba vivo. Por supuesto el sudor se apoderaba de mi piel mojándolo todo, y haciendo que las hormonas despertaran para llenarme de fragancias...

Sentí entrar a los guardias, quienes sin ni una delicadeza, me tomaban para atarme de pies y manos a los dorados barrotes del catre de bronce, dejándome atado de las muñecas a la cabecera de la cama y de los tobillos a sus pies. Aunque la posición no era cómoda, aún los rayos del sol bañaban mi cuerpo... el sudor empastaba mi cuerpo dejando atrapadas a las hormonas en mi piel, especialmente entre los pliegues que formaban naturalmente, pero estos se abrían al ser atados, sin embargo, mis testículos se mantenían como amantes pegados a los muslos sin dejar abierta la posibilidad de ventilación, y era justo ahí donde las hormonas hacían mejor su trabajo... sólo un delantal cubría mis presas, y el sol seguía calentando mis genitales.... para mi era un olor agradable, para otros, había ocasiones en que no tenía ninguna explicación ni excusa. Pero en este lugar no existían esas ocaciones, pues lo único que había que hacer, era estar detrás de estos barrotes esperando a que el tiempo se compadeciera de ti.
La puerta de fierro de abrió por segunda vez, y entraron dos enfermeras con palanganas entre sus manos , paños y algodones... llenaron el recipiente de agua y vertieron en el un liquido jabonoso que echaba mucha espuma, quizás hasta un liquido de yodo para desinfectar los cuerpo en aquellas llagas que se formaban cuando los cautivos se hacían daño profanando sus cuerpos con lo que encontraran a mano.

Una de ellas levantó el delantal para dejarme desnudo, y la otra inmediatamente dejó caer un chorro de la palangana sobre mi cuerpo, el agua busco las formas naturales del cuerpo y corrió sin rumbo cubriéndome de escalofríos, estaba fría como una noche de invierno. Ellas llenaron mi cuerpo de caricias de algodón, haciendo resbalar las fibras suaves sobre mi cuello y rostro, y fueron mojando cada rincón de mi alma... luego un trapo resbalo por mi vientre recogiendo el jabón... y aunque trataba de pensar en otras cosas, las sensaciones que surgían en mi piel no las podía controlar. Evitaban pasar sobre mis genitales, creía que era por pudor, pero luego descubriría que para ellas esto era un juego de sensaciones, y les divertía ver crecer los sexos de los pacientes entre sus dedos... Cuando creí que habían terminado, sentí como las manos de una enfermera rozaba el tronco de mis genitales, mientras la otra bajaba su cara para oler... si para oler, como lo escuchan, y podía sentir sobre la delicada piel su respiración exhalando las fragancias que éste despedía. Sus dedos se deslizaron por los pliegues que formaban mis muslos apegados a los genitales, acariciando cada milímetro de piel, y rodeando los testículos, fueron separando la piel del deseo de aquella que les impedía oler. Parecían extasiadas por el olor y transportadas en el espacio. Mi erección fue inevitable, estaba rendido ante sus caprichos, las ataduras no me dejarían escapar... y una de ellas baño el tronco con el liquido de la palangana mientras la otra posaba sus labios sobre él. El paño había caído de sus manos y eran ahora sus dedos los que agitaban mi sexo con delicadeza y pulcritud, la otra dejaba deslizar sus labios sobre mi piel gimiendo ordenes a la otra que apuraba los movimientos de sus dedos haciéndome retorcer de gusto y humillación... Les pedía en silencio que me soltaran, pero las agradables sensaciones no me dejaban hablar...y pude entender lo que habían descubierto algunos científicos, que se esmeraban en probar que eran las hormonas las que hacían que la atracción que los cuerpos ejercían, era por esta razón. Las enfermeras en su éxtasis, dejaron que sus dedos se liberaran, y una de ellas levantó el delantal de la otra metiendo sus dedos entre sus piernas, mientras la otra sin soltar mis genitales empezaba a gemir. Quise hablar, pero una de ellas puso el paño en mi boca y una tela adhesiva sobre él. Sin detenerse prosiguieron agitando mi sexo, y en ocaciones llevándola a sus bocas para degustarlo naciendo en mi las más variadas sensaciones, había momentos en que sentía que iba a explotar, pero ellas de detenían dejándolo pulsar entre sus dedos y reían en forma estruendosa, para luego de sentirlo calmado, retomar sus sucias jugarretas... Era agradable sentirlas jugar con mi cuerpo, pero angustiante encontrarme sometido a sus caprichos ... Cerré los ojos para concentrarme en el fuerte olor que salia de sus sexos, (lo que esos mismos científicos llamaban feromonas) mientras los dedos de una de ellas, hacía brotar gemidos en la boca de la otra, la que refregaba con delicadeza su vagina desnuda cubierta de vellos enredados entre sus dedos. El germen de sus caricias no demoró en brotar entre las piernas de la sometida, y mientras enjugaba sus dedos entre sus labios, agitó con fuerza y agilidad mi sexo desorientado hasta hacerlo explotar en los labios de su compañera, chupaba cada gota de razón que iba quedando en mi mente... luego ambas se besaron intercambiando el elixir que llenaba sus bocas, y todo delante de mis ojos desorientados y perdidos en el techo quebradizo de la habitación, donde las arañas tejían sus nidos que brillaban al caerles la luz...

Unos dedos regordetes pusieron una pastilla bajo mi lengua, y mientras termiban el aseo de mi cuerpo, mis ojos se fueron cerrando hasta perder la conciencia de lo que pasaba...




Gustab, entre sus dedos.