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miércoles, 31 de diciembre de 2008

Crisis económica...

El mundo se encontraba en jaque, wall street caía irremediablemente, las bolsas europeas seguían de lejos los movimientos que se daban en USA, y aquí la cosa no era distinta, los políticos anunciaban nuevas medidas para detener la caída, pero los empresarios locales no esperaban.
El desempleo hizo crisis, y yo no lejos de esa realidad dejaba el diario El magazim el día 31 de Diciembre, como para esperar un muy buen año nuevo. Reducción de personal fue la escusa, noble a mi personalidad, no dije ni discutí nada, entregué mi puesto y me encamine hacia las escalinatas. Ya era tarde, el sol se perdía en la linea del horizonte, y las luces del puerto empezaban a titilar a lo lejos, como un inmenso árbol de pascua se encendían los faroles uno a uno, cumpliendo la trágica frecuencia.
Entré al bar sin decir palabra, pedí un vaso de aguardiente y me dejé llevar por la circunstancia del momento. Al final de la barra había una mujer cabizbaja, un anís mojaba sus labios haciéndolos brillar por el dulce néctar. Mi mirada se perdía y aislaba de los demás parroquianos sin notar que hubiese más gente presente. La vida se venía encima, tendría que pensar como sobrevivir a este momento sin cargar una bala en el viejo colt heredado del abuelo. Ella hizo el intento de levantarse, pero la fila de vasos que se alineaban en el mesón no la dejaron, yo ya llevaba unos cuántos en el cuerpo. Me acerqué a ella y la levanté de un brazo, le pregunté donde vivía y salimos del bar sin rumbo fijo, una botella de ron se escondía en mis bolsillos. Caminamos cerro arriba buscando un lugar donde sentarnos. Caminamos largo rato hasta que enfrentamos la puerta de un viejo hotel, el Riviera, conocido por los revolcones de marineros y prostitutas de la ciudad.
Al entrar, el olor a encierro se pegó a nuestras narices, el portalón de madera y lata, nos presentaba una vista desordenada, la cama estaba aún desecha, nos tiramos en ella mirando el oscuro cielo del cuarto, donde en los rincones las telarañas adornaban la vieja pintura enmohecida, y con rasgos de hongos por la humedad.
El ron salió rápido de mi bolsillo, lo abrí para sorber un trago, el cuerpo de ella estaba tirado a todo su largo sobre las brazadas, y sus vestidos enrollados por la dura y descentrada caída en la cama, dejaba sus enaguas a la vista, mientras sus muslos separados mostraban su sensual secreto escondido entre costuras corridas por la incomoda posición.
Mis manos no se detuvieron ante el espectáculo, y se deslizaron bajo su falda para sentir la suavidad de su piel. Hasta alcanzar las bombachas de delicada seda. Las yemas de mis dedos pudieron sentir como sus vellos se escondían bajo la delicada tela, crespos y enredados, fueron escapándose al roce de mis manos, mientras mis manos despejaban los elásticos para ver su moreno color. Mis uñas se enredaban entre los cabellos rizados de su intimidad, hasta sentir la piel viva dejando escapar el jugo de su interior. Bajé la delicada tela para hundirme en su humedad, y sorber del interior el fuerte sabor. Sus gemidos se perdían entre las cuatro viejas murallas del cuarto. Luego ya desnudos ambos y borrachos por el alcohol, nos dejamos amar libremente. Su rozada piel era como la seda de oriente, tan suave como el aceite de miel que cubría su piel para mantenerla joven. Los sabores y la fragancia, nos hicieron olvidar lo patético del lugar. Los cuerpos enredados por la pasión y el sexo se fueron prendiendo en fuego , hasta enterrarse en uno dentro del otro, las manos urgaban entre sus plieges haciendo brotar de sus labios gritos de placer, y desenfrenada, engullía con su boca cada pedazo de prendida carne que erguida entre mis piernas clamaba ser devorada por sus labios. Volví a enterrarme entre sus carnes para saciar mi fuerte apetito sexual, hasta que los jugos del intenso momento lo inundaron todo para caer rendidos sobre las rasgadas sabanas del hotel.
Esa noche se volvió eterna, no había mejor manera de pasar la depresión, los vaivenes de nuestros cuerpos incendiaron de calor la fría habitación, y los gemidos y sútiles quejas acompañaban el silencio del lugar. De pronto las luces de los fuegos artificiales iluminaron el oscuro y nublado cielo del puerto, para convertir esa noche en la última del año.
Al despertar el puerto ya escondía otra historia más de amantes desconocidos, que ni siquiera, el nombre de cada uno conocían.




Gustab, sin trabajo y en depresión.