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sábado, 5 de julio de 2008

Los ojos de Teresa...

Melancólica tras la barra de un bar la vi por primera vez, el vaso del fuerte licor mantenía su mirada extraviada en algún punto lejano. Fijos, herejes, apasionados, rebeldes, extraviados, irreverentes, amenazantes, sugestivos, extraños, pero bellos sus ojos iluminaban el bar, no había nadie que no los hubiera notado. Teresa era así, tras sus pupilas se agolpaban las ideas más revolucionarias, su vanidosa personalidad la convertía en estrella donde iba. Los hombres y las mujeres solían enamorarse de ese ser luminoso que las seducía con esos verdes manantiales de infinita profundidad, hasta la languidez de su mirada ocupaba los sentidos que poseíamos, atrapaba cada uno de los ojos que revoloteaban a su alrededor.

Ese día Teresa tramaba algo, tras el humo del cigarrillo y los brillos del dorado licor, las ideas se iban dibujando en su mente, cada detalle parecía pensado con detención, las horas no pasaban por la pausada existencia de esta joven escritora. Sus ojos verdes dejaban entrever una profunda melancolía, parecía que el amor y su pasión por vida, por los hombres, y la seducción de los placeres terrenales, las llevaba por caminos desconocidos, abstractos, casi sin sentido para aquellos que la observaban desde lejos. Quizás por que temían al carácter de esta mujer tan irreverente, tan rebelde como la fuerza de la naturaleza, esa que fijaba sus propias reglas para enfrentar la vida, sin temor a las consecuencias que ella le trajera.
Me senté al otro lado de la barra, pedí un agua ardiente y encendí un cigarrillo. Mis ojos no dejaban de mirarla, como un deseo incontrolable. Al pasar mi vista a través del humo del espeso escenario, iba desnudando su cuerpo. El imaginar su piel blanca, sus nalgas carnosas, y la sublime forma de sus senos, la angustia se apoderaba de mi ser. Ella era magnifica, sus ojos embriagaban cada vez que se alejaban de la superficie del mesón, la intensidad de sus ojos llamaban a seducir a esa extraña mujer,, que sin modificar su postura, no dejaba escapar la mirada de un extraño que la intentase seducir. Ella jugaba con su belleza, encarcelaba la mirada de los don Juan que se quisiecen seducirla. Ella era un torbellino de pasiones desenfrenadas, de abismos interminables, ella era una marejada que se llevaba todo lo que iba encontrando a su paso. Ella era pura pasión.

En un momento me transmute a algún lugar donde era difícil escapar de sus caricias, sentía que mi alma se envolvía entre enredaderas, que unos barrotes me aprisionaban sin poder escapar. El agua ardiente me hacía volver a la realidad, la garganta se quemaba tras cada sorbo y despertaban mi onírica existencia. Aunque no estaba cerca de ella, nuestro dialogo parecía fluir, sus pensamientos me alcanzaban queriendo decir algo, que aunque no lograba deducir, me cubrían de gemidos y palabras susurradas a mis oídos. Podía sentir la caricia de sus labios, las tibias manos resbalando por mi rostro, y su sexo tan cerca, que no cabía ni una hoja de papel entre nosotros. Y estábamos lejos, tan lejos como nuestras miradas y nuestras vidas enajenadas por el alcohol y el opio que solíamos consumir antes de entrar en aquellas fiestas donde los cuerpos desnudos de hombres y mujeres se enredaban entre orgías. Saltábamos de un cuerpo a otro experimentando la pasión en todo su ámbito. Los sabores de las distintas pieles, la dulzura de los distintos labios , sus fragancias y sabores en cada rincón de la piel. El opio adormecía tu cuerpo reventando los sentidos haciendo que nuestros deseos se volvieran más intensos. Todos los cuerpos buscaban el placer y experimentar a fondo las sensaciones. Esas fiestas de opio y alcohol eran una moda fascinante. Todo era lujuria y placer. Luego corríamos a nuestros escritos para empezar una nueva historia o terminar algunas que iban quedando inconclusas, así nuestros nombres iban resaltantando en los círculos literarios.Eramos una estirpe sin nombre y sin identidad. Así terminó nuestro encuentro en aquel café, sin haber sentido en carne propia el rose de nuestra piel. Con una vaga sensación de soledad y de una vida sin rumbo ni final determinado. Teresa se levantó de su silla y desapareció en entre los cuerpos que seguían excitados por el bullicio del lugar. Mi cigarrillo se había consumido del todo junto con mi sueño de la imagen de Teresa. Los ojos verdes más brujos de la bohemia porteña.

Al salir, los adoquines me envolvían entre fríos pensamientos, y el alma comprimida por los sueños de soledad.

Gustab.