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viernes, 4 de julio de 2008

La esencia, Teresa.

Hay miradas que a uno lo pueden transportar al infinito o a esferas que van más allá de lo comprensible. Pero hay otras (las menos) que aparte de llevarlo a uno lejos, definitivamente lo matan, lo hacen replantearte este viaje llamado vida como un nuevo ser, como un iniciado. Cuando me enfrenté por primera vez a la mirada de Teresa Wilms, en esa preciada fotografía tomada en Buenos Aires en 1916, comprendí realmente lo que significaba conocer una mujer con esa clase de mirar, a una "mujer fatal". En ese momento pasaron a mi olvido voluntario mujeres como Matta Hari, Isadora Duncan, Anais Nin o las hembras de Gustav.
Pero esta mujer, tan poco conocida, pitonisa de las letras, generadora de tantas pasiones e incluso de un suicidio, ha sido una heroína olvidada por el pueblo chileno, como suelen decir acá, en la patria del sur: Ha recibido "el pago de Chile". Intentando resarcir, en parte mi olvido, de tantos años.Esta primigenia Marilyn Monroe, arquetipo verdadero de la mujer fatal, mito de la intelectual maldita y bohemia de los albores del siglo XX, que a larga su vida se convirtió en la joya para cualquier artista o profano del arte, cosa que finalmente detestó.
Su alma inquieta comenzó a manifestarse desde la cuna de ébano, sus ojos se paseaban por el paisaje dejando una estela de melancolía que la acompañó hasta su muerte, su mirada dejó en todos lados un rastro como el que dejan los focos de los faroles sobre los adoquines mojados por la lluvia. Sus días de infancia transcurrieron entre la literatura, el bordado, el cuestionamiento, los sueños, la elegancia, el aprendizaje para el matrimonio y el Santo Rosario. Al cuidado de severas institutrices extranjeras, entre las que se cuenta una antigua actriz francesa, de gran sensibilidad que, sin dudas, influyó en la personalidad de Teresa.
Los años fueron generosos con Teresa, la transformaron en una mujer de espolón de proa, en una mujer escultural y lozana, de gráciles movimientos y profundizaron su mirada nostálgica con una luminosidad desconocida hasta entonces para la raza humana. "Ella era un cóctel sanguíneo de Venus catalana y Elsa germánica, con la tristeza de las ciudades nórdicas en sus enormes ojos verdes". En esos ojos cayó Gustavo Balmaceda Valdés, con quien recorría el cielo hablando de literatura y de óperas, estos dos se casaron cuando Teresa tenía 17 años, sin el consentimiento de sus padres.

Santiago bullía por la celebración de los 100 años de la independencia de Chile, pero la muerte de su pariente don Pedro Montt, Presidente de la República, estuvo a punto de suspender todas las actividades, pero el ánimo fiestero y nuestra idiosincrasia se impuso: primero fiesta, después lloramos un rato. La capital del Reino se transformó rápidamente en la "ciudad luz" del fin del mundo: en las plazas destellaban las bombillas. Se organizaron actividades para el vulgo; hubo tómbolas populares, funciones nocturnas del biógrafo en la calle, concursos de cachacascán y de canto, juegos deportivos en general, y por cierto, de fútbol. El vino hacía olas por las calles capitalinas, los intelectuales veían que su ambiente nocturno se poblaba cada día más de herejes, parapetándose en tertulias y ateneos privados. Ese fue el ambiente que encontró Teresa, comenzó a frecuentar la bohemia artística, esa tan pesada a veces y tan leve en otras; ese mismo hecho hizo que su dualidad se convirtiera en unidad y comenzó a sentirse plena, la noche fue suya, el alcohol también. Se mezcló con músicos, literatos, artistas plásticos e intelectuales locos, por primera vez no se sintió sola en el mundo, pensó que habían más de su especie. Craso error.
La bestia que llevaba en su interior se potenció en estas tertulias, los intelectuales se hipnotizaron y descontrolaron a raíz de sus sobrenaturales encantos; le dedicaban escritos, versos, canciones, melodías, pinturas, dibujos... Las mujeres envidiosas no tenían la altura moral siquiera de maldecir a una virgen. Balmaceda, su marido, comenzó a incomodarle la situación, sumando además que los comentarios sobre la bella mujer, rápidamente recorrieron las calles de la urbe como una mala noticia; y de todos lados venían los hombres, mujeres y niños a contemplar en directo a la musa-vate-diosa-heroína. Para Balmaceda ya no era divertido ver a los hombres y a algunas mujeres perder la cabeza por ella, así comenzaron las discusiones, los celos, los excesos de alcohol que derivaron en golpizas que lo único que hicieron fue mantener firme el espíritu libertario de esta mujer.
Gustavo, mientras tanto, se entrega de lleno al alcohol y a la literatura.

Hoy, como hace bastante tiempo no puedo dejar de pensar en ella, recuerdo esas fotos que vi, esas hechas en Buenos Aires en 1916 y me avergüenzo algunas veces de ser hombre, de verla como un premio, como un regalo, como una presa, como un símbolo sexual y sensual, como una virgen deseada; así como todos los hombres de su tiempo, que fueron incapaces de amarla como ella hubiese deseado, alguien que la mirara a los ojos y no cayera en su embrujo, alguien que no la tratase como la mujer más importante que haya pisado la tierra, sino como la única de la historia.




GUSTAB... Amores que matan.