no dejes de leer.....

sábado, 14 de junio de 2008

La ventana del sanatorio...

La lluvia caía intensamente, las bajadas por las escalas de piedra eran verdaderas cataratas, sentía mis pasos inseguros. Me apegue a las murallas para no resbalar, y cuando pasaba frente a la ventana alguien golpeaba adentro. Su rostro detrás de los cristales era extraño, su mirada perdida en le lejanía me perturbo los sentidos. Sus ojos eran tristes, su mirada extraviada, sus gritos de auxilio pasaban los cristales.
No se que me hizo entrar, pero pidiendo resguardo a la lluvia, me introduje en un mundo muy extraño. Miles de caras se agolparon sobre mí. Sus cuerpos estaban desnudos, el frío parecía no existir ahí. La morfología que escondían estas murallas me transmutaron a otra dimensión, una dimensión que no me dejaría escapar dócilmente.

Una mujer mayor empezó a desnudarme, cuando traté de impedirlo, otros se vinieron encima, sin poder escapar, perdía la cordura entre rasgados trapos que apenas cubrían mi cuerpo.
Los ojos estaban puestos sobre mi, impúdico me paseé desnudo entre esos cuerpos amorfos y maltratados. Estiré mi mano a una mujer que trataba de cubrirse los ojos, mientras una de sus manos se aferraba firme a mi sexo, dejaba su estado de inconsciencia, y entre los dedos arrugados de la mujer tomaba dimensiones desvergonzadas. No podía negarlo, el extraño lugar producía morbo en mi. Otra mujer, gorda y desnuda metió una pastilla en mi boca. Mi mente se llenó de sensaciones, temblaba de frío, pero estaba excitado. Ya esos cuerpos me parecían tan familiares como cualquiera. Mis manos se detenían en los senos de las internas; chicas jóvenes, ancianas delgadas, los pezones de una gorda me invitaron a tirarlos sin misericordia, hasta hacerlos arrugar entre mis dedos.
Reía sin razón aparente, las figuras se desformaban a mis ojos, los rostros se borraban, hasta que caí sobre las rústicas piedras que hacían de piso. El suelo estaba helado, pronto sentí el roce de unas manos suaves sobre mi pecho, y otras que estiraban mi pene hasta hacerlo doler, pero no dolía con terror, era un dolor que quería y me gustaba sentir. La humedad de unos labios lo cubrieron, sentí como gozaba mi mente con eso. Mis manos se deslizaban por su piel gruesa, y se juntaban sobre la carne de unos generosos pechos que estaban coronados con grandes y llenos pezones.

Al bajar por su espalda, pude sentir las nalgas de la mujer, heladas por el frío, su carne cubierta por la piel de gallina, se sentía curiosamente exquisita. Al rato las piernas de una mujer, abiertas, se posaban sobre mi boca obligándome a lamer, mientras las fuertes manos de un hombre me inmovilizaban. Los rostros desgenerados por la pastilla me parecían lindos. La locura me atrapaba para no dejarme escapar de esa cárcel de piel que me apresaban. De pronto sentí correrme sin control, sentí labios y lenguas de muchas mujeres sobre mi cuerpo alimentándose de la lujuria oscura y fría del lugar.
Al día siguiente amanecí tirado sobre los mojados adoquines. Frío y medio desnudo, me levanté para volver a mi departamento.

Abrí la ducha tratando de pulir mi piel de una sensación que me asqueaba, pero no podía dejar de excitarme cada vez que pensaba en ella. Mis manos no dejaban de tirar mi sexo erecto, hasta sentir dolor.

El agua caliente fue lavando mi cuerpo, mis párpados pesados me llevaron hasta mi cama donde caí, para no despertar en muchas horas.


Hace frío, el sanatorio retumba en mis oídos como gritos desesperados, y la angustia se apodera una vez más de mi.




Gustab