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lunes, 9 de junio de 2008

La chica del tren...



Muchas veces había tomado el ferrocarril, generalmente este iba vacío hacia el interior. Ese día al subir me sentía acorralado entre mis sentimientos, debía escapar, de ese mundo que me aprisionaba.
En el último asiento, a un costado del baño una chica de ajustada falda blanca insistía en buscar entre los árboles que alcanzaba ver, algo... no se qué, su vista se perdía en la intencidad del paisaje, aquel que raudo pasaba frente a sus ojos. Era extraña. En un momento se paró de su asiento, y recorrió el largo pasillo, mis ojos la seguían. Tras la delicada falda se distinguía claramente su derriére dibujado, tan avesadamente redondo y delicado, como si la falda fuera su segunda piel. Entre los azotes contra los durmientes, y el banboléo del tren, sus nalgas se iban de un lado a otro, ella trataba de mantenerlo en equilibrio, y con delicados movimientos de cadera, hacía del espectáculo algo casi irreal.
Esas nalgas eran la perfección misma, Holiwoodences. Parecía la reencarnación de Marilyn Monroe. Mis ojos se cerraron imaginando que escondían esas caprichosas telas. Que tan blanca sería su piel, y de que manera estas se abrirían al tratar de alcanzar la hebilla del zapato de tacón que traía puesto al intentar
sujetar el dichoso tobillo tallado a mano. Como se vería al acomodar el ligero de las medias para prepararse a seducir. Por supuesto en estas imágenes aparecía en una delicada ropa interior. La imagen era tan fuerte, que podía ver a través de su vestido.
Esas nalgas tan platinadas como sus cabellos, esos vellos púbicos tan blancamente aclarados a fuerza de tintes. Era tal la belleza de esa mujer, que el sólo imaginarla desnuda, me hacía trasladarme en el tiempo y el espacio. Podía sentir las sabanas suaves de su cama de bronce, los delicados cojines de pluma de ganso, y su ropa interior cuidadosamente abierta sobre la cama para encontrar la perfecta combinación entre la seducción y la vulgaridad. Podía ver como sus manos recorrían desde los muslos hasta el tobillo intentando acomodar la sensual linea de sus medias estampadas en delicados lunares que parecían caer desde su sexo hasta alcanzar el suelo. Todo era cuidadosamente preparado para atrapar a un desprevenido amante forrado en dinero, o a algún productor de cine que recorriera la vida buscando nuevos rostros para los treintacinco milímetros.
Al abrir los ojos, observé como entraba al baño, y guiñando uno de sus ojos, me invitaba a vivir una aventura inesperada, sus dedos me indicaban para luego enroscar una visita fatal.
Nada demoré en colocarme el sombrero y aceptar su invitación. La puerta se cerró a mis espaldas, y haciéndome de sus caderas, me apreté a ella hasta sentir como sus pechos se clavaban en mi, mientras mis manos recorrían sus espaldas hasta alcanzar esas delicadas nalgas que hasta hace algún rato, sólo podía imaginar, y ahora se me estaban ofreciendo mientras levantaba sus faldas y ya podía sentir la suavidad de sus medias.
El tiempo se congeló, mis espaldas se enfriaban apoyadas en la metálica pared, mientras ella se deshacía entre gemidos.

Gustab