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sábado, 17 de mayo de 2008

La verdad...

Años después me enteré que mi abuelo había contratado a esta mujer para que me hiciera hombre, bendita frase.
Esa tarde pasé a la vieja peluquería donde don Peyo, sentí la navaja rasurar mi cuello hasta cortar mi piel. Le conté lo que me había pasado esa mañana, y ahí, como sentencia de muerte me contó lo que mi abuelo había rebuscado en el puerto para encontrar a esa mujer que cumpliría con tan ingrata tarea, aunque siempre pareció disfrutarlo mucho. Lo que ella me enseñó no podría negarlo, pues cada piel que a gozado mi cuerpo, cada caricia que he hecho a alguna mujer, tiene la firma de aquellas que me enseñó " la Nana" en el viejo catre de bronce.
Nunca había entendido porqué mi abuela no había dicho nada después de vernos a los dos desnudos en la pieza. Muchas veces creí que era por vergüenza, por pudor, pero estaba equivocado, mi abuela sólo había comprobado que ella cumpliera con el trato y nada más.Nunca pude olvidar sus rosadas carnes, su olor salvaje, su tupido sexo y la maravilla de sabor que escondían sus senos. La suave textura de su piel, sus sinuosas curvas, y cada rincón salado por el que pasé mi boca. Sus enardecidos besos me hacían erectar cada vez que rozaba mis mejillas, era una mujer sabrosa, tan sabrosa con el más salvaje de los frutos y la fragancia más eterna que ha quedado en mis recuerdos. Su olor esta en todas partes, en cada rincón de la casa vieja de mi abuelo, impregnado en las murallas y cortinas de su habitación, el sólo entrar a ese cuarto me hace evocar, y tirándome en la cama, suelo jugar con la tortuosa dureza de mi sexo hasta explotar.
Ya era tarde cuando salí del bar, la humedad se apoderaba de las piedras que tapizaban mi camino, y los faroles reflejaban su luz, en brillosas chispas que parecían florecer del suelo mojado. El agua ardiente calentaba mis costillas, y a pesar del frío, mi sexo se mantenía erguido bajo el pantalón, lastimado por las costuras, bajé la bragueta de mi pantalón y justo en ese instante,. una voz suave me susurró a mis espaldas. La Yamilet, la prostituta de las calles del puerto pasaba a mis espaldas abanicando sus faldas para mí. Su sexo estaba desnudo, y sin preguntar el precio, la tomé de las caderas empujándola hacia la pared, y deslizándome entre sus muslos, le hice el amor, tan violentamente, como las palabras de Don Peyo cuando me contó lo que mi abuelo había hecho. Cuando por fin el orgasmo llegó a mis sentidos, y lo pude sentir como buscaba la salida, me aferré a ese cuerpo semi desnudo que había recogido en mis pensamientos, para desatar la más explosiva de mis reacciones dentro de él, bañando todo su interior de espeso reposo, hasta caer de rodillas extenuado, mojado por la brisa marina de la niebla que cubría todo, mojado en mi orgullo, mientras el agua corría por su piel. El vestido mojado, los muslos tibios y el intenso sabor de su piel, me mostraban como un hombre puede morir de deseo por el cuerpo de una mujer.
Solté las chauchas que cobraba. Ellos también estaban mojados, pero bien valían la pena para calmar este cuerpo que no dejaba de recordar su olor. Ese olor que despertó al niño, que gracias a su abuelo, pudo cumplir la tradición.
Me quedé apoyado en mis espaldas, los fríos muros que habían sido testigos de lo que acababa de pasar, seguían mudos sin poder hablar. Ella se alejó guardando los billetes en su escote, luego de contarlos una y otra vez. No dijo nada, y se perdió en la niebla que no dejaba de caer.

Gustab