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jueves, 8 de mayo de 2008

La noche...

Si, el bar estaba lleno, el cigarro se metía impregnando la ropa, las voces ensordecían, y la música retumbaba en mis oídos. Los gritos de las fulanas me chillaban en los oídos.
Salí del bar como a las 4:oo am buscando en la noche fría y húmeda algo que me limpiara del olor a tabaco barato y perfumes comprados a algún marino de algún viejo mercante. Los cristales se cerraron tras de mi, me escabullí en las sombras de la nublada noche. Los adoquines relucían por la luz de los faroles, y camine camine camine. Sentada en un escaño, una mujer solitaria miraba a los faroles buscando quizás alguna respuesta de la soledad... me acerque, su rostro me perecía familiar, y su forma de vestir no le acompañaba en la oscuridad, parecía la chica del tango, aquella que alguna vez me sedujo y se fue sin decir palabra. Me detuve delante de ella, me miró, sus ojos tristes y llorosos, gemían nostalgia, y la brisa de la noche mojaba sus vestidos. Simplemente tomó mi mano, y me llevó al viejo hotel del final de la calle, "La casa roja". Abrió con unas viejas llaves la cerradura oxidada por los años, la pieza de olor asomagado y frías sabanas, aumentaban la angustia de su rostro. Se acercó a la ventana y sin decir palabra, encendió un trasnochado cigarrillo de mentolada fragancia. Sus manos desabrochaban la delicada blusa mojada, mientras sus senos, tímidos, se dejaban ver al trasluz de la noche. El humo formaba una espesa nube que dibujaba la lùz que entraba por la ventana. Seductora, pero triste, se acerco a mi. Mis manos acariciaron sus muslos desnudos y fríos, se sentía el frio en su piel, un delicado beso sello ese momento de tristeza. Sus labios tristes mostraban su fragilidad, el deseo no estaba, pero nos dejamos caer sobre las roídas sabanas para hacer el amor.
El silencio marco ese eterno momento de caricias y orgasmos lánguidos de un cuerpo que sólo necesitaba ternura y besos que entibiaran su cuerpo. Luego se durmió, la colilla dejaba ver la ceniza que congelada en el tiempo, no terminaba de caer, me puse el sombrero, y el grueso abrigo, me devolvió el calor perdido en la fría habitación. Tape su cuerpo desnudo y frío, deje que mis labios se posaran sobre los de ella.
Sin mirar atrás, baje por la oscura calle que, en silencio, se hacía complice de mi soledad.

Gustab