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lunes, 4 de febrero de 2008

La mujer que huele a deseo.




Al cruzar el portal de la vieja puerta el olor a hembra golpeó mis narices.... parecía que llevaba muchos días haciendo el amor. Patricia no concebía la idea de pasar un día con alguien entre sus piernas, sus deseos eran su gran prisión. Golpee muchas veces a su puerta, pero nadie abrió, y al empujar la roída puerta esta se abrió gruñiendo entre sus visagras. Caminé por el largo pasillo, el entrar a su dormitorio, su cuerpo desnudo y apacible dormía en su escamoso colchón. Me detuve en el dintel de la puerta para apreciar su belleza. Las piernas entre abiertas exhibían un pubis espeso, su olor fuerte ocupaba todos los rincones de la habitación, en el velador una vela dejaba de lanzar destellos para extinguirse en la oscuridad. Abrí las persianas para que los rayos del sol dibujaran las sinuosas curvas de sus caderas, maternas y anchas, acunaban cada noche los deseos de algún joven amante. Su bata entreabierta, sujetaba sus senos para dejarlos caer a cualquier movimiento, hasta que por fin la luz del sol lo hizo. Al girar su cuerpo, uno de sus senos cayó hacia un costado, sus pezones emergieron entre los encajes, maduros como cerezas. Su rojizo color me hacía recordar los brotes de azahares al empezar la primavera. Estuve tentado a dejar que mis dedos se dieran un festín, pero su cuerpo estaba tan tranquilo, que me senté para apreciar su desvergonzada belleza. Nunca despertó, pero vi como su cuerpo se regosijaba entre las sabanas, cada linea, cada pliegue de su cuerpo se transformó en un paseo por la sensualidad de la más bella de las mujeres. Me perdí entre las visiones que de ahí surgieron, más allá de mis sentidos, más allá de mis deseos, más allá de la razón. En un momento vi como su cuerpo giraba para evitar la luz, en eses cadencioso movimiento sus nalgas se expusieron como arrancando de las suaves telas que la envolvían, por un instante quise despertarla para por fin conocerla y preguntarle, su historia puesta entre tapas duras se convertiría en un Best seller, pero no, nunca la toque, nunca la desperté, y aunque estuve observandola por horas, conformé mi cabeza con la idea de escribir ese libro sin hablar con ella, pues lo que ella inspiraba podía verse distorsionada con sus palabras. Ella simplemente sería Patricia, la mujer que huele a deseo.
Gustab.