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martes, 18 de diciembre de 2007

Camino al cielo...

Venía de ver el mar, debía dirigirme a casa para escribir algo que me hiciera sentir vivo. Al enfrentar las escaleras, miré hacia arriba, era larga, eterna y cansadora.
Puse el pie en el primer escalón de piedra, como las suelas eran blandas, bajo mi pie se dibujaron las piedras, el dolor entró intenso por mis muslos, sentí el calor del día, y una gota que resbalaba entre mis testículos y la pierna, había olvidado que no me había puesto ropa interior. Mi boca se quebró en muecas, el dolor fue intenso, tan intenso como el placer de una eyaculación entre las piernas de una virgen. Me senté para esperar que el dolor se calmara, descubría como la edad hacía lo suyo a cada paso que daba, estaba cansado , y el cigarrillo se conservaba encendido, mire lo que creí que sería mi última mirada al mar. El dolor me traspasaba los huesos, pero mis ojos no dejaban de mirar las piernas, bajo las faldas de aquellas chicas que subían la escalera, hasta alcanzar las media lunas de sus nalgas, hasta una que apareció sin ropa interior, la vista se llegó a a nublar buscando el curioso vaivén de su sexo, donde el sudor y el calor del día lo hacía brillar, casi podía sentir la fragancia de su sexo respirando excitación, también el brillo viscoso de su sexo, hasta que la luz encegeció mis ojos y tube que retirar la vista de tan bello y sensual espectáculo. El erotismo de esa falda, me hacía recordar la primera vez que vi el sexo de una mujer desnuda, y cerrando los ojos divagué entre recuerdos y excitaciones de juventud. Que obra maravillosa la de Dios cuando pensó la forma que debía tener el sexo de una mujer, y lo cubrió de vellos para hacer más atractiva la búsqueda y el deseo que produce dejarse deslizar por un vientre desnudo hasta llegar a él y beberlo hasta que sus sabores y olores se impregnen en nuestros labios, dejando que el salado sabor del deseo nos alimente por minutos, horas o días dependiendo de que tan sólo se amen esos cuerpos.
Al sentir que el dolor se disipaba, volví a tomar las escaleras con el triste afán de alcanzar esas piernas para devorarlas entre las sabanas de alguna cama, entre almohadas de plumas y ahogarme en su sabor. Nunca las alcance, no sé que camino tomaron, pero el deseo de poseerla me llevó a seguir las escaleras hasta que me perdí entre la espesa niebla que iba cubriendo el puerto, las luces se encendieron, y el último tranvía hacía rechinar sus frenos tras de mi.
Desolado, me senté en el descanso de alguna escala de piedra de alguna ruta que jamás había tomado, las frías y húmedas piedras del cual estaba hecha, humedeció mis nalgas, encendí un cigarrillo y fumé hasta que ya no sentí mi cuerpo por el frío del viento helado que se dejaba caer sobre esa calle.
Gustab.