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martes, 6 de noviembre de 2007

El dolor y el deseo.

A la distancia, más allá de los almendros, entre los olivos, donde el mar baña con las olas del deseo, un cuerpo se agitaba en las arenas desnudo, desamparado y con las carnes trémulas. Su piel erizada por la brisa del puerto, acariciado por el aire marino, la soledad embargaba sus sueños. Sus ojos perdidos en el horizonte anunciaban la llegada de la soledad. El sol se escondía allá donde se pierde el mar. Unas manos recogían los senos hinchados por la pasión, los dedos de un extraño la acariciaban de lejos, su cuerpo se estremecía, temblaba, y el frio se apoderaba de todo. Sus sueños, sus padeceres, su soledad.
Ella no sabía que el amor y el deseo duelen, y ese dolor brota de lo hondo. El vientre arde desde su interior, la tranquilidad que fue creada para acoger a un niño se transforma en fuego, los músculos se contraen sin control enloquecido por los dedos que agitados buscan provocarlo, el torrente se desata, el sexo se lubrica con rapidez, mientras la imaginación va dibujando la cara del deseo. Ese amor que le fue esquivo hoy la atormenta creando sensaciones e ideas que no debían de despertar, lo que había empezado como un juego, hoy terminaba quemando desde adentro, las orejas ardían, los ojos se irritaban, los pezones se disparaban en frenética dureza, sus propios dedos los pillizcaban y giraban provocando agitadas sensaciones en su estomago.
Su cabeza no quería separar sus deseos de la realidad. Sus cabellos caían desordenados sobre su rostro, y ese fuego interior emergía hasta su cabeza haciendo estallar sus ideas, su vientre se contraía y caía fetalmente entre sus rodillas, la saliva resbalaba por sus labios cayendo a gotas sobre los sudados senos que escapaban de su compostura para ser batidos por el orgasmo que nacía desde su interior. Hasta caer jadeando su halo de vida y apagarse en llanto.
Las olas mojaban su cuerpo desnudo mientras la arena se iba introduciendo por todos aquellos lugares donde se había generado el deseo y la pasión. Las pequeñas piedrecillas insaciables buscaban el origen del descontrol, raspaban causando un dolor que parecía exquisito, pero que raspaba en su interior, agitando las últimas replicas de aquel terremoto que la había transportado a ese lugar y a aquellos brazos que no la podían alcanzar. Desde el malecón entre las rocas el rostro de un niño la miraba sin entender cual era la enfermedad de aquella mujer, que le causaba tanto dolor, que le hacía doblarse con tanta locura, y porque su cuerpo sudaba arena, porque esta se adhería al cuerpo, ni porque estaba desnuda. Sin entender, tomo el anillo de la vieja carreta, y agitándolo con un palo lo hizo girar cuesta arriba, mientras las escaleras se esforzaban en devolverla hacia la playa, pelo el ágil palo, no la dejaba volver. Dos viejas mujeres agitaban su cabeza en señal de rechazo, nadie sabía si era por la actitud de la mujer o la insistencia del niño.
¿En que iría pensando ese niño cuando subía por las escaleras del paseo peatonal?, mientras lo miraba subir pensaba en cuantas cosas yo habría hecho a su edad por ver lo que sus ojos recién descubrían, .... el deseo y la pasión.
Los adoquines se cerraban a la distancia, aunque yo sabía que nunca sus puntas se iban a juntar.

Gustab.