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martes, 16 de octubre de 2007

Los tres deseos.

Esa tarde mi aspecto era triste, acongojado, las culpas por la vida que había elegido me perseguían. Esa tarde decidí que la mejor manera de salir de este estado era bajar a la playa de los pitucos. La lluvia torrencial que acompañaba mi soledad no era un impedimento para tirarme sobre la arena mojada y dejar que la lluvia terminara por lavar mi rostro envejecido por el abuso de estado de bohemia permanente que me perseguía.
Por abajo una arena mojada, por arriba una lluvia incesante que amenazaba con las penas del infierno. Sin embargo me tendí sin pensar las consecuencias, por dentro la cálida compañía de la soledad me mantenía vivo. Mi cumpleaños se acercaba, eran muchos años de divagar entre historias, y hasta ese momento me preguntaba que desearía para ese día. No esperaba compañía, el alejarme para escribir del mundo me había dejado abandonado, sin embargo mantenía, curiosamente, mis deseos latentes. Me preguntaba que pediría este año. El vaivén de las olas acompañaba mi intranquila existencia, miré al mar y reprochando la soledad tomé una vela entre mis manos y ejecute el único acontecimiento que acompañaría mi cumpleaños. Tres deseos, sólo tres. Total , en el pedir no hay engaño:
Mi primer deseo fue... La inmortalidad. Cosa que se veía imposible debido a la cajetilla que fumaba a diario, mi licenciada vida, y el compañero más fiel de la soledad, el alcohol.
Pero igual nació en mi mente ese profundo y oscuro deseo. Bueno en cierta manera este deseo sería concedido no como una promesa de vida eterna, pues mis letras inmortalizarían mi alma.
El segundo de los deseos fue ... la riqueza. Cosa que también se vería imposibilitada, pues mi vida no se caracterizaba por el ahorro precisamente, pues entre libro y libro, los tiempos de espera se hacían eternos, y había que sobrevivir mientras el siguiente golpe creativo llegaba a mi mente, que por mis tiempos de divagación no eran cortos. Pero pensaba que el día en que yo muriera, los derechos de autor quedarían en manos de alguien. No importa quién.
Y mi último deseo fue muy cursi, .... el amor. Cosa que tampoco se podría cumplir si seguía en mis andanzas de bohemio trasnochador. Si bien mi personalidad se vuelve atractiva para ciertas señoras de sociedad, ninguna de ellas buscaría unirse para toda la vida con un hombre como yo.
Pero aún esa cursilería tenía salvación. Pues muchas de mis amantes quedarían con esa semilla que había plantado en ellas, nadie podría satisfacer sus ególatras
sueños de snobismo, pues muchas se ofrecían sin mediar seducción alguna por una aventura con este escritor, que todos criticaban, pero que ninguna dejaba de leer. En ellas estaban guardadas las riquezas de aquellos comerciantes y empresarios enriquecidos con el sudor del pueblo, que no escatimaban en recursos ni esfuerzos para satisfacer los caprichos de tan bellas y sensuales mujeres de sociedad.
Los artistas solemos ser chics, al momento de vivir una aventura, y de publicitarlas en alguna peluquería o sauna de sociedad.
Al despertar de mis tres deseos, sólo miraba a mi alrededor, las olas seguían ahí, mi soledad seguía acompañando esa lluviosa tarde. Y sin pensarlo sople la vela. Aún sabiendo que esos deseos jamás se iban a cumplir.
Tomé la botella de licor que aún estaba en mi bolsillo, bebí de ella e hice un estruendoso ...¡ Salud!... Y mojado como Diuca tome las viejas calles para dirigirme al ascensor de los astilleros.
Al pasar frente a la Japonesita las chicas me saludaron....
- Gustab... mi amor cuando vienes por aquí, ....- y sin siquiera mirar a mi alrededor decidí que mi vida era muy similar a la de Madmoiselle Ibón.

Los adoquines se hacían resbalosos a cada paso, las luces se empezaban a despertar en el puerto, y los zorzales comenzaban a anunciar la hora de los amantes. Venessa me esperaba en el Gato Viudo, y su cuerpo envuelto en bata de seda, me anunciaba , que a pesar de todo, cumplir años no era tan grave, ni tanta era mi soledad, aunque costara algunas chauchas la noche.

GUSTAB