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miércoles, 10 de octubre de 2007

mademoiselle Ibón

"Al entrar al bar, ya noche, al fondo de la barra, una bella mujer fumaba con una larga boquilla un cabaña, uno de esos cigarrillos que van dejando a su paso una gran estela de humo, denso, de olores fuertes.
Han pasado diez años, Madame Ibón, una francesa que vivía de sus recuerdos en el Beaudeville, una actriz de exuberante belleza, de platinados cabellos y unas ojeras, que de largas, se podían pisar, le conversaba al mozo de la barra de sus tiempos de estrella, delante de ella, las copas de ginebra llenaban el mesón.

Ibón era una francesa que venía de París. Cuando ya su fama se apagaba como los faroles de las viejas calles adoquinadas, decidió viajar y recorrer el mundo, hasta que su marcha se detuvo en este puerto lejano, lejos de su París, y lejos del Beaudeville, terminando en los espectáculos del viejo burdel, donde cantaba con su voz gastada, y vestida de viejas cedas y demás, quería revivir su época de oro en la ciudad luz, y entre borrachos se hacía escuchar acompañado de un viejo pianista de Jazz, tan negro y gastado como la voz de Ibón. Sus lastimeras canciones hablaban de los días de París, sus amores de aristocracia, hasta de un gigoló Argentino que con las promesas del cielo la convenció para que se fuera a Buenos Aires con él, donde ella volvería a renacer la estrella que era o había sido en el Moulin Rouge, de donde ya no la llamaban por sus gastadas cuerdas vocales que la hacían desafinar. Mademoiselle Ibón, se apagaba como su voz, y de la champagne ahora bebía ginebra en los bares de este triste puerto que la acogía para no dejarla morir, y entre copa y copa, entretenía a los cristianos contándole de su viejo París, y de lo famosa que era. Todos sabían que era la manera de mantenerla viva, hasta que un porteño argentino la recogía al despuntar el Alba, y se la llevaba entre vítores falsos de admiración.
Diez años habían pasado de ese día que abandono las iluminadas calles de París, por estas oscuras calles de adoquines que cuando se mojaban, el brillo de los viejos faroles, la hacían volver a su tierra y divagar....

Madame Ibón, aquella bella mujer, aquella platinada que en sus buenos tiempos hacía suspirar al hombre que se le cruzara en su camino, aquella que enamoraba con sus viejas historias, aquella de escotados vestidos, donde mostraba sus senos que marcaban el paso cruel del tiempo. Aquellos tajos en el vestido, que iban enmarcando las viejas columnas que la sostenían en pie, esos tajos que algún parroquiano aprovechaba para acariciar soslayadamente su tersa piel, que aunque el tiempo pasara, no dejaba de excitar. Cuantas manos habían aprovechado ese estado etílico y aquellas vanidades de mujer, para manosear sin pudor, para luego esconderse en el baño para masturbar sus ahogados deseos de aprovechar...Madame Ibón, madame Ibón.
La lástima me había llenado de nostalgia, y salí del bar medio asqueado y porqué no decirlo, excitado, por aquella imagen que me hacía recordar mis pasos que alguna vez, recorrieron París. Ya no es la flor de París, es la rusia francesa del ginebra y gastada voz. Los adoquines se me hacían difíciles de esquibar, el agua ardiente no me dejaba coordinar, la vieja puerta de mi edificio no había manera que se quedara quieta para poder apuntarle a la gastada chapa dorada, aquella que en honor a la Francesa, la llamaban Mademoiselle Ibón. Cansado de intentar abrir el portalón, me dejé caer pesadamente sobre los escalones de la entrada, y cerrándo mis ojos, la imagen de la madame, acunó mis pesados ojos hasta caer dormido, esperando que algún parroquiano me ayudara a entrar."
Gustab