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domingo, 30 de septiembre de 2007

"Ella sabía"....

"Ella sabia que no debía pero cada noche volvía a ese mismo lugar ella sabia que no debía pero cada vez lo deseaba mas ella sabia que él seria su perdición aquel hombre que le había sido predecido hace un par de años atrás aquel que romperia con su cordura, con su compostura y la convertiría en la hembra que siempre ha llevado por dentro. Ella sabia que debía alejarse de él ya que una vez probado aquel manjar volvería por el a saciar su hambre a saciar su sed... Ella sabia pero no quería dejar de sentirlo entre sus piernas, en su piel y en su corazón, ya era tarde el hombre la había embrujado, la convirtió en parte de su piel."

Cada vez que caía la noche ella hojeaba mis libros, y me fui convirtiendo en su obsesión. Mis letras encendían la noche su cuerpo, cada rincón de su piel se erizaba, su única manera de sobrevivir al vacío que había en ella era hojear una y otra vez esos libros que alguna vez había escrito. Uno especialmente particular, "Dos escorpiones en la noche", un libro que habíamos llenado juntos, donde hablaba de dos amantes que hacían suya la noche en un viejo cuarto arrendado, ahí, a orillas del mar... cada hoja plasmaba encuentros amorosos que se vivían sin pudor ni vergüenza, donde todo era posible, y así hojeando las hojas de ese libro nos hicimos amantes. Cada noche nos juntábamos a amarnos sin ojos vigilantes, sin vidas reales, sólo encuentros con una promesa, placer, si darnos placer mutuamente y cumplir nuestras fantasías que nos hacían temblar y gemir, que hacían que sus manos cada vez que me leía se escurrieran por su cuerpo, buscaran entre sus muslos un acercamiento más a éste amante que sólo estaba en su mente para hacer o dejar hacer lo que su mente creara. Así de los sueños se creó una pasión defenfrenada, Katty sólo sabía que tenía que pensar en ese amante lejano, y él aparecería sin pedir explicaciones, y sin exigirle nada a cambio, me gustaba entrar en sus noches, soplar sobre su rostro y sentir como despertaba su piel, no era difícil seguir con el libro, las letras se iban escribiendo solas noche tras noche, gemido tras gemido, orgasmo tras orgasmo. En el auricular de mi teléfono, esa amante gemía a lo lejos como si mis dedos la estuvieran tocando, sus gemidos se apagaban a la distancia, su cuerpo temblaba a cada susurrante palabra de ese amante que sabía que decir, y cual era el momento preciso en que ella debía explotar, así, y aunque ella sabía, volvía a abrir el libro para leer noche a noche un nuevo capitulo del ajado libro.

Un libro que marcaba su vida a cada paso que ella daba, y ese libro se convirtió en el amante que siempre una mujer quiso tener.


Gustab... a tí.